Reflexiones sobre la «Grande Musique»

Hay veces en que un idioma acierta a encapsular en una o dos palabras un significado al que otras lenguas solo llegan a través de una larga explicación. Esos aciertos tienen particular valor cuando no se limitan a reflejar un matiz idiosincrático, sino que ofrecen un concepto de validez universal. Así ocurre cuando en francés se habla de la «grande musique». «Música clásica» es la forma menos mala de traducir esa expresión al español. Y es que «grande musique» es ese segmento de la historia de la música que empieza con el barroco, atraviesa la música clásica propiamente dicha y termina con el romanticismo.

¿Qué decir hoy de esta «gran música» europea? ¡Qué difícil es escribir sobre música! Viene a la memoria lo que Eugenio D’Ors decía de sí mismo antes de adquirir una buena formación musicológica: «Me recreaba en los conciertos, como pudiera recrearme en los crepúsculos. Hacía versos a Bach, admiraba a Mozart, prefería Ravel a Debussy, pasaba por Salzburgo, como puede Ortega y Gasset pasar por el Museo del Prado, sin dar una, más que por chamba». Es verdad que, en materia musical, a veces se diría que, o se escribe en el pentagrama, o lo mejor es oír y callar.

Pero sigamos adelante, aventurando dos definiciones de la «grande musique», a la que a partir de ahora, y para entendernos, llamaremos «música clásica». Una primera definición irá dirigida a acotar temporalmente el ciclo de producción de la música clásica. El segundo intento definitorio tratará de dar cuenta de esa realidad social contemporánea que es la interpretación pública de la música clásica. Históricamente, podríamos decir que la música empieza a hacerse grande en torno a 1685, año del nacimiento de Bach y de Haendel, y que a partir de la muerte de Richard Strauss en 1949 sigue caminos que la van apartando de la corriente principal de los aficionados. Por otra parte, en la actualidad la música clásica proporciona la inmensa mayoría de las piezas que grandes orquestas internacionales, compuestas por músicos profesionales, académicamente formados y solemnemente trajeados, interpretan en auditorios y salas de conciertos de todo el mundo.

Contemplada la música clásica a la luz de estas dos definiciones, resulta un producto cultural verdaderamente notable. Desde el punto de vista histórico, se diría que la música clásica europea ha sido un brillante y fugaz meteoro en el devenir de la Humanidad. Ni las bellas artes ni la literatura presentan en su larga historia un episodio parecido a ese auténtico «big bang» que experimentó la música durante los siglos XVIII y XIX. La pintura egipcia, la escultura griega, las odas de Horacio y las catedrales góticas se aprecian inmediatamente por la sensibilidad contemporánea, sin necesidad de introducción ni de formación previa. La música, en cambio, parece haber tenido un desarrollo mucho más lento, de modo que las composiciones premodernas no han conseguido integrarse en la corriente principal de la experiencia musical contemporánea. Así, la voz poética de Fray Luis de León («El aire se serena / Y viste de hermosura y luz no usada / Salinas, cuando suena / La música extremada / Por vuestra sabia mano gobernada») sirve para expresar las emociones musicales de nuestro siglo, pero, en cambio, puede que aquella «música extremada», con todo su mérito, no bastara hoy para despertar esas emociones, como no fuera en espíritus musicalmente muy formados.

Ese nacimiento histórico que casi podría llamarse súbito y su contemporánea quiescencia convierten a la música clásica en un fenómeno cultural misteriosamente circunscrito en el tiempo. También el origen geográfico de la música clásica se limita a unos pocos países europeos, entre los que predominan los de lengua alemana, seguidos de cerca por Italia. Todo ello da lugar a un producto cultural singularmente acabado, de perfiles muy nítidos, que cabe en un catálogo prácticamente cerrado de compositores y obras musicales. La homogeneidad del conjunto aumenta por la universalidad de las reglas a que responde la interpretación pública de la música clásica y la admirable profesionalidad y disciplina de las orquestas que se encargan de llevarla a cabo. Es importante subrayar que la globalización no solo no ha distorsionado esas características de la música clásica, sino que las ha reforzado mediante su difusión planetaria.

En este sentido, no es exagerado decir que hay tres sistemas culturales que Europa ha transmitido a la sociedad internacional y que, cada uno en su ámbito, contribuyen a darle unidad, en cuanto que se encuentran en todo el mundo con relativamente escasas variaciones locales. Se trata del Derecho internacional, la lengua inglesa y la música clásica, que probablemente constituyen los elementos más ampliamente compartidos del patrimonio cultural de la Humanidad. Por lo demás, todo indica que su permanencia está asegurada, es decir, que esos tres elementos seguirán estando presentes sea cual sea la evolución de la comunidad internacional en el futuro previsible.

Esa permanencia de la «grande musique», por lo demás característica de toda forma artística clásica, es por supuesto compatible con la enorme importancia que la música popular, en sus distintas e innumerables clases, tiene en las sociedades contemporáneas. En realidad, la música clásica y la música popular siempre han convivido bien, con influencias recíprocas mutuamente beneficiosas. Lo mejor de esta simbiosis tuvo lugar durante el romanticismo. Pero entonces la música popular era distinta, según reflejan estas palabras de un novelista alemán de la época, que tanto le gustaban al gran jurista, pedagogo y melómano que fue don Ursicino Álvarez: «Las canciones populares no se han hecho; crecen, caen del aire, vuelan sobre el campo como hilos brillantes aquí y allá, y se cantan al mismo tiempo en cientos de lugares; nuestras más íntimas obras y penas las encontramos en estas canciones, es como si todos nosotros hubiésemos contribuido a crearlas».

Aquella música popular anónima tenía una permanencia parecida a la de la música clásica, aunque su carácter nacional fuera mucho más fuerte. Hoy la «música pop», lejos de ser anónima, está profundamente vinculada a la personalidad de los artistas que la componen y la interpretan. Esta estrecha vinculación de la música popular con el periplo vital de sus intérpretes trae consigo inevitablemente un menor grado de permanencia de las obras musicales, cuyo ciclo puede no extenderse más allá de un par de generaciones. De este modo, el panorama que parece dibujarse es el de una música clásica dotada de una gran estabilidad, que va acompañada de una música popular generacional y cambiante, y sin que entre ellas exista más colaboración que la que suena en las bandas musicales de algunas películas.

De lo hasta aquí expuesto se deduce al menos una conclusión de orden práctico, y es que en estos tiempos de globalización la música clásica es un valor en el que merece la pena invertir, dados la fuerza y el arraigo que tiene como uno de los pocos denominadores comunes culturales de toda la Humanidad. Si a eso se añade que, como intuyeron los franceses al acuñar la expresión con la que empezaba este artículo, la música clásica es algo verdaderamente grande, con una capacidad insuperable de elevar el espíritu y tonificar la voluntad, ¿a qué esperamos para darle en la educación y en la sociedad españolas el puesto que le corresponde y nunca ha tenido?

Leopoldo Calvo-Sotelo Ibáñez-Martín, abogado.

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