Reflexiones sobre la ‘ley Sinde’

Había una vez un trovador que iba de castillo en castillo cantando sus composiciones entreteniendo al conde y a su corte. Era un buen trovador y le daban alojo y comida, además de unas monedas. Cuando el conde había ya oído el repertorio un par de veces, el trovador marchaba a otro condado. Estaba contento; vivía mucho mejor que el resto de congéneres de su clase social, que pasaban el día cultivando el campo, apacentando rebaños, o construyendo viviendas.

Con los años, apareció una tecnología que permitió que las canciones del trovador se empaquetaran en un trozo de plástico, de tal suerte que quien lo tuviera podría reproducir las canciones del trovador para siempre sin que él estuviera presente. Ello permitió que algunos trovadores se hicieran muy famosos, ya que todo el mundo podía oír sus canciones simultáneamente a cualquier hora; solo era necesario comprar un trozo de plástico. Alrededor de este invento se construyó una gran industria dedicada a buscar trovadores, construir su imagen, poner sus canciones en plástico, y venderlo a un precio del que el trovador percibía alrededor del 10%. Muchos trovadores famosos dejaron de ir asiduamente a castillos y se ganaban muy bien la vida con las comisiones de las ventas de sus contenidos.

Desafortunadamente para la industria, pasados unos años más, apareció otra tecnología que permitía a cualquiera almacenar la música, no en un plástico especializado, sino en cualquier aparato capaz de guardar información. Y más aún, estos aparatos podían intercambiar información a gran velocidad, independientemente de su tipo, música incluida.

Con ello, la posibilidad de cobrar por el plástico con música desapareció, y los trovadores tuvieron que volver a ir de castillo en castillo. De hecho, algunos trovadores van a castillos muy grandes: en el 2010, según la revista Billboard, el líder de los trovadores fue Bon Jovi, quien con su Circle tour llenó 69 estadios con 1,6 millones de personas y venta de entradas por valor de 146 millones de dólares, de los que el grupo se queda alrededor de la mitad. En comparación, el disco de Bon Jovi más vendido de la historia es de 1986 (Slippery when wet) con 28 millones de copias vendidas desde entonces, lo que representa para el grupo un ingreso estimado desde su publicación de 30 millones de dólares. El álbum The Circle, que da nombre al tour del 2010, es uno de los más descargados de la red, con lo que sus ventas se resienten, pero es un reclamo enorme para los conciertos. Otros trovadores no van a castillos tan grandes, pero siguen comiendo y consiguiendo alojamiento en castillos más pequeños.

El negocio del plástico ha muerto; la capacidad de capturar valor mediante el cobro cuando un soporte físico pasa de la estantería de una tienda de discos a las manos del consumidor ha desaparecido porque el soporte ya no existe. Las tecnologías cambian modelos de negocio y crean y destruyen industrias. Nadie vende forraje para caballos en las postas; ahora se vende gasolina en las gasolineras. Podemos intentar prohibir que existan coches porque contaminan, porque la gente tiene accidentes o porque han destruido la industria del arriero, pero no llegaremos muy lejos. También se prohibió en su momento decir que la tierra era redonda. Hay que buscar soluciones para que el valor creado por los músicos y las empresas que crean su imagen, y les gestionan, sean capaces de capturarlo. Pero hay que hacerlo dentro de lo que es técnicamente factible y manteniendo un mínimo de seguridad jurídica.

Es un despropósito tecnológico prohibir sitios web, porque se irán fuera de España y los usuarios terminarán por acceder con direcciones de internet falseadas. Y todo ello, debido a una ley que abre la puerta a que por procedimientos administrativos se pueda observar el tráfico de datos que los españoles realizamos desde nuestras casas. Si no se pueden escuchar las conversaciones telefónicas que hacemos en casa sin una autorización judicial, ¿por qué se ha de poder intervenir una línea de datos?

Al conde y a la corte les gusta pagar por ver al trovador y disfrutar de su música, tanto que los precios de las entradas a los castillos se han multiplicado por 10 en los últimos años. Habrá que pensar si el hecho de que las canciones cambien de manos libremente no es una buena herramienta de márketing viral en lugar de un delito. Por otro lado, si el precio es percibido como justo por el servicio recibido, los consumidores están dispuestos a pagar. Modelos de negocio como Spotify o Pandora, que proporcionan música a un precio muy razonable, pueden estar marcando el camino de la monetización de los contenidos digitales. Las últimas cifras publicadas demuestran que el negocio de la música, sumando ventas físicas, digitales, entradas a conciertos y reproductores portátiles, ha aumentado. La nueva industria sigue creando valor, solo cambian los protagonistas que lo capturan. Y si no, que le pregunten a Apple y a Live Nation, la promotora de conciertos líder mundial.

Por Josep Valor, profesor de IESE. Universidad de Navarra.

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