Reforma Política: de la Ley a la Ley

HARAKIRI POLÍTICO. Adolfo Suárez logró sacar adelante el Proyecto de ley para la Reforma Política en noviembre de 1976, en una sesión parlamentaria en la que el franquismo quedó supultado para siempre. EFE
HARAKIRI POLÍTICO. Adolfo Suárez logró sacar adelante el Proyecto de ley para la Reforma Política en noviembre de 1976, en una sesión parlamentaria en la que el franquismo quedó supultado para siempre. EFE

«Pedimos el sí porque queremos construir una España sin tópicos ni complejos». Así se expresó Suárez al cierre de la campaña del Referéndum sobre la Ley para la Reforma Política. Los españoles votaron el miércoles 15 de diciembre de 1976. Cinco artículos, tres disposiciones transitorias y una final para pergeñar la democracia: monarquía parlamentaria, bicameralismo, propósito constituyente, tramitación de las leyes y regulación básica del referéndum; convocatoria de elecciones -sistema proporcional-, funcionamiento de las Cortes y transitoriedad del reglamento franquista. La LRP adquirió rango de Ley Fundamental. Fue la última que aprobaron las Cortes franquistas; con ella se hicieron el harakiri, feliz expresión de la época. Entró en vigor el 4 de enero de 1977 y fue derogada en diciembre de 1978. Constituyó el pivote de la Transición. La votó el 77,8% del censo. El 94,2% lo hizo a favor.

Como cuenta el periodista Juan Fernández Miranda en El guionista de la Transición, cuando Torcuato Fernández Miranda entregó su borrador a Suárez, le dijo: «Aquí tienes esto y no tiene padre». El 10 de septiembre de 1976 el Gobierno aprobó el texto definitivo; las cortes lo hicieron el 19 de noviembre. Suárez lo presentó en televisión: «He dicho la palabra elecciones y esta es la clave del proyecto». Los padres fundadores consiguieron reconstruir una España sin tópicos ni complejos, pero no desterrarlos.

Fraga a punto de romper la pipa

RAÚL DEL POZO

Hay muchas versiones de la cena en la que se rompió la pipa de la Transición en casa de Boyer unos meses después de la muerte de Franco. Fraga dijo que el relato de la cena fue una obra de ficción. Según José Luis Gutiérrez en su biografía de Boyer, los comensales eran: el anfitrión, Fraga (vicepresidente y ministro del Interior en el Gobierno Arias), Felipe González, Gómez Llorente, Otero Novas y Carlos Aragonés. Fraga, con la cólera en la cuchara, comentó: «Si vuelve a España Pasionaria no voy a tener policías suficientes para evitar que la maten». A continuación se manifestó partidario de aplicar la pena de muerte a los terroristas; Gómez Llorente contestó diciendo que la pena de muerte repugnaba a los demócratas. Fraga tronó: «Pues si cojo a los que mataron a Berazadi los cuelgo de los cojones y a usted le rompo la pipa esa que está chupando». Felipe González salió al quite en plan lidiador sevillano y dijo: «A que no se la rompe». Unos meses después el Rey se quitó de en medio a Arias – el continuismo- que presentó su dimisión de forma protocolaria y Juan Carlos se la aceptó. Apareció el ungido, del que Emilio Romero dijo: «Es Adolfo Suárez, un milagro de Santa Teresa. Venir del ombligo de Carrero y acercar su corazón a Felipe González es la maravilla del siglo». El búnker consideró al fundador de nuestra democracia como un franquista puro convertido. Las señoras de la Zona Nacional le negaban la paz en la misas. Pero con su empaque de tahúr legalizó el PCE, decretó la amnistía, desactivó pieza a pieza la Dictadura y la transformó en una Monarquía parlamentaria, urdiendo junto a Torcuato y Osorio la Ley de la Reforma Política. Torcuato, lector de Jovellanos, fue el preceptor-áulico-pigmalión del Príncipe. Dijo: «No soy frío ni distante, soy asturiano». Fingieron que cortaron sin cortar y las Cortes franquistas se suicidaron como una banda de elefantes. «Una vez más -escribió Tierno-, la ironía de la Historia se presentaba descarnada. En otros pueblos europeos, la ironía de la Historia se exhibe como una sonrisa. Aquí aparece como en las danzas de la muerte, como un esqueleto que enseña, en aparente carcajada, el hueco vacío de la boca». En un molino abandonado de Guadalajara, Santiago Carrillo dijo que votaría sí por la reforma política. «Pero si votamos sí, la posición del PCE quedaría rara». Es decir, apostó por la Transición, no por la Ruptura. Y ahí seguimos.

El traidor de la comedia

LUIS MARÍA ANSON

Se lo dijo Girón a García Carrés, el mismo 4 de julio de 1976: «Juanito ha elegido al traidor de la comedia, al mequetrefe ese de Suárez. Y nos la van a meter doblada». El nuevo Rey, Juan Carlos I, proyectaba construir la Monarquía parlamentaria, la Monarquía de todos, defendida contra la dictadura, a lo largo de un interminable exilio, por su padre Juan III. Pero no quería pasar a la Historia como perjuro. Torcuato Fernández-Miranda artículó la inteligente maniobra «de la ley a la ley», con el fin de satisfacer la honradez del Monarca. Antes había engañado a Girón, deslizando a Suárez en la terna propuesta por el Consejo del Reino para sustituir a Arias Navarro. El veterano falangista apoyó a Federico Silva, que se alzó con el total de los diecisiete votos del Consejo. Pero el Rey eligió al que menos apoyo tenía, que era el tapado Adolfo Suárez. Fue una jugada maestra. El nuevo presidente demostró extraordinaria eficacia en la traición al Movimiento Nacional. Prometió a casi todos los procuradores en Cortes que los mantendría en sus puestos y en sus mamandurrias. Les aseguró que era necesario aprobar la Ley de Reforma Política para que no cambiase nada. Girón no se tragó el anzuelo y votó que no. Pinilla, que era el mayor gironista, votó que sí, porque Suárez le prometió que seguiría al frente de Campsa. El 18 de noviembre de 1976, la dictadura franquista se suicidó. De la mano sabia del «traidor de la comedia», según la expresión de Girón, se hizo el harakiri, al votar abrumadoramente en las Cortes de la dictadura, la Ley de Reforma Política. Juan Carlos I respiró satisfecho. Había despejado el camino para devolver al pueblo español la soberanía nacional, secuestrada en 1939 por el Ejército vencedor de la guerra incivil. Y con la soberanía nacional, la democracia plena, la libertad sin ira y la prosperidad. Al contemplar el radiante espectáculo eutanásico de la voladura del Régimen, Pedro Sainz Rodríguez me dijo: «No sé si sabes que el consejero ese que informa a Girón, y del que habla todo el mundo, tiene dos hijos: uno es político, el otro también es medio tonto».

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