Reformas constitucionales

Por Juan Carlos Rodríguez Ibarra, ex presidente de la Junta de Extremadura (EL PAÍS, 24/01/09):

Cuando se inventó la televisión y los ciudadanos nos fuimos familiarizando con el receptor, la televisión era en blanco y negro, y cuando se pensaba en televisión se pensaba en esos dos colores. Tiempo después se comenzó a saber que ese invento también podía verse en más colores y aparecieron los primeros aparatos capaces de transmitir la señal en color. Los anuncios de entonces nos hablaban de televisor en color, como una forma de singularizarse y llamar la atención, porque la televisión de siempre había sido y seguía siendo en blanco y negro.

Hoy, unas décadas después, cuando alguna emisión, películas sobre todo, se va a emitir en esos dos colores, se anuncia como una excepción, porque, hoy la televisión es en color y la excepción es el blanco y negro.

Cuando hace 30 años alguien le decía a otra persona que le iba a enviar un correo, nadie dudaba de que se estaba refiriendo a un correo postal, es decir, a la típica carta enviada en un sobre con su correspondiente sello que el servicio postal se encargaba de transportar y llevar a su destinatario por cualquier medio, ya fuera por tierra, mar o aire. Hoy, si se dice “te envío un correo”, nadie duda de que se está refiriendo a un e-mail, a un correo digital.

Si, en aquellos tiempos, te llamaban por teléfono, lo más lógico era que no te encontraran en casa si la hora de la llamada coincidía con el horario laboral o con el tiempo de ocio o de paseo. Nadie se extrañaba por la circunstancia de que alguien no contestara a la llamada; si no se hacía era porque no se podía.

Hoy, con la existencia de los teléfonos móviles, cuando alguien te llama y no contestas no es porque no puedes, sino porque no quieres.

En ese tiempo pasado, la información que proporcionaban los medios de comunicación era unidireccional, funcionando el “uno para todos”; hoy, con la existencia de los modernos medios digitales, la información ya es reelaborada entre todos, habiéndose pasado al “todos para todos”, dándole a la información un carácter participativo que sólo ha sido posible gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación.

En definitiva, cuando hace 30 años los españoles aprobamos la Constitución de 1978, la única realidad que existía era la realidad física, la que se podía tocar, mientras que hoy, la realidad ha cambiado sustancialmente; ya no es sólo física sino que también es virtual, hasta el punto de que este artículo y todo el periódico que tiene el lector en sus manos se ha hecho física y virtualmente. Buena parte de nuestros jóvenes se mueven en esa digitalización como pez en el agua; su mundo es virtual; el salón de casa ha quedado para los muy mayores; por muy grandes y planas que hagan las televisiones, el salón de televisión de cada casa se ha ido vaciando de jóvenes, adolescentes y niños que, o bien se marchan a su habitación cuando terminan de comerse el postre del almuerzo y de la cena para enredar en sus aparatos digitales, o bien juegan a los bolos, al tenis, al golf o boxean virtualmente a través de la Wii.

Las redes sociales han sustituido la forma de relación, aunque todavía haya padres y educadores que no comprendan esa nueva forma de amistad y de conocimiento. Durante toda la semana de celebración del aniversario de la Constitución se habló mucho de la reforma de dicho texto, concluyéndose por los partidos mayoritarios del arco parlamentario que el ambiente no parece estar propicio para ese posible cambio. Muchos estarán de acuerdo con esa formulación si sólo se piensa en la reforma constitucional teniendo en cuenta la realidad física, pero es absolutamente necesario proceder a la modificación si, en lugar de mirar al pasado, nos atrevemos a encarar el futuro y contemplar en el texto constitucional la realidad virtual, que en nuestra Constitución brilla por su ausencia. Es seguro que si nos ponemos a discutir sobre conceptos del pasado, tal vez pasemos los próximos 30 años discutiendo y no llegaremos a ningún acuerdo, pero es muy probable que si nos ponemos a analizar nuestro texto máximo teniendo en cuenta la realidad virtual, quizás fuéramos capaces de articular acuerdos e introducir la nueva realidad que nos hará variar algunos conceptos que se recogen en la Constitución, pero que necesitan ser adaptados a la nueva situación.

Conceptos como el de propiedad, fronteras, territorios, identidad, abundancia y escasez, necesitan ser redefinidos teniendo en cuenta que en la sociedad en la que nos movemos, dos personas ya no tienen la misma identidad si hablan la misma lengua, nacieron en el mismo territorio y reciben los mismos influjos culturales. Dos personas que apuestan decididamente por la digitalización y por las posibilidades que ofrece son de la misma identidad, independientemente de que uno hable catalán o vascuence y otro castellano o portugués.

Las fronteras ya no son las cicatrices que dejó la historia sobre los países, sino la raya que separa a los que están conectados o no. La economía tradicional se basaba en la escasez como factor que añadía valor a las cosas; los diamantes son caros porque son escasos, mientras que ahora es la sobreabundancia la que añade valor al producto (cuanto más teléfonos móviles existan en el mundo, más valor tiene el móvil que cada uno de nosotros tenemos en el bolsillo). Todos esos conceptos, junto con el de privacidad, derecho al honor, libertad de expresión, etcétera, necesitan ser incorporados a la Constitución teniendo en cuenta la nueva sociedad virtual que no existía cuando se elaboró ese texto, pero que hoy es necesario contemplarlos, definirlos y protegerlos.

Los jóvenes de hoy no andan preocupados por el funcionamiento del Senado o por la prevalencia en el orden de sucesión en la Monarquía española; ni siquiera les interesa saber si la Constitución debe cerrar o no el sistema autonómico o si las Diputaciones son instituciones obsoletas o no. Su preocupación se orienta por el camino que deben seguir en una sociedad que los sigue considerando analógicos, cuando ellos se identifican como componentes de una nueva sociedad donde el futuro ya no es lo que era, exigiendo una preparación capaz de responder a los retos de ese futuro que cada día llega de golpe, sin avisar y traicioneramente.

Un joven debería salir de su formación académica o profesional sabiendo, no cómo se envía un currículum para que alguien le contrate, entrando en competición con los de otros muchos que diariamente se reciben en oficinas y despachos y que se amontonan en una mesa junto al de otros miles de jóvenes que también lo enviaron, sino sabiendo cómo se envía una idea que capte la atención del empleador o del financiero, para que la innovación por fin se abra paso en nuestro país.

La crisis económica está poniendo al descubierto que el modelo está agotado, que se acabó el trabajo individual para pasar a un trabajo mucho más colectivo, que ya no son útiles para responder a los retos las multinacionales sino las multicorporaciones mundiales. Eso hoy es posible teniendo en cuenta que la digitalización, la Red, favorece el contacto y el trabajo en equipo independientemente de donde esté cada uno físicamente.

La Constitución española no puede seguir ignorando que, entre los derechos de nuestros alumnos, el derecho a estar conectados a la Red en sus centros escolares es fundamental si de verdad aspiramos a ganar el futuro, imaginando e innovando.