Reforzar, sobornar y marcharse

Las medidas impulsadas en Afganistán por la Administración Obama el año pasado han recibido la sanción internacional gracias al guión seguido en la conferencia internacional sobre Afganistán que se celebró en Londres. La estrategia en cuestión se resume en tres palabras: reforzar, sobornar y marcharse.

Obama ha concebido sus dos refuerzos de tropas en aquel país no para aplastar militarmente a los talibanes, sino para alcanzar un acuerdo político con el enemigo desde una postura de fuerza. Como ha reconocido el general Stanley McChrystal, el comandante en jefe estadounidense en Afganistán, el objetivo de estos refuerzos de tropas es llevar a los talibanes a la mesa de negociación y no en hacer retroceder a la insurgencia en el campo de batalla. Sin un acuerdo con los líderes talibanes, Estados Unidos no puede llevar a la práctica la última parte del plan, la de marcharse.

El enfoque de Obama ha sido muy claro: si no es posible derrotarlos, cómprenlos. Tras fracasar en su intento de aplastar a los talibanes, Washington ha sostenido conversaciones indirectas con el consejo de tribus (shura)afgano, cuyos miembros se ocultan en Qetta, capital de la descontrolada provincia pakistaní de Beluchistán, incluyendo al mulá tuerto Mohamed Omar. Tales conversaciones se han mantenido con la intermediación de los servicios de inteligencia pakistaníes, saudíes y afganos.

Resulta paradójico que Obama trate de aplicar en Afganistán el modelo impulsado en Iraq por su predecesor George W. Bush, que empleó el refuerzo de tropas como demostración de fuerza para sobornar a los líderes tribales suníes y otros jefes tribales. Pero Afganistán no es Iraq y resulta discutible que funcione la misma estrategia, sobre todo teniendo en cuenta que Obama no ha ocultado su propósito de poner punto final a este conflicto bélico estadounidense antes de optar a su reelección en el 2012. De hecho, ha reiterado que el inicio del programa de la gradual retirada militar se prevé para julio del 2011. En un país de larga tradición en la humillación de ejércitos foráneos, no es probable que los sobornos puedan comprar la paz. Lo único que han de hacer los talibanes respaldados por Pakistán es volver a convencerse de que tienen todo el tiempo del mundo para contemplar una retirada estadounidense. Además, el apoyo a la guerra afgana ha decaído considerablemente en EE. UU., al tiempo que otros países con tropas en Afganistán están cansados de la guerra.

Si se conviene en que la reinsurgencia talibán se halla actualmente a la ofensiva – y que el 2008 y el 2009 han sido los años más fatídicos para las fuerzas estadounidenses desde su intervención en el 2001-,tal cuestión obedece a dos razones principales: el apoyo que los talibanes aún reciben de Pakistán y la creciente reacción de los pastunes contra la intervención extranjera. El liderazgo talibán se crece gracias a la existencia de un refugio confortable en Pakistán y a una compleja infraestructura engrasada por los petrodólares de los jeques árabes y por los ingresos del opio.

Un símil puede ayudar a entender esta situación. Engendrados por los servicios de inteligencia pakistaníes (Inter-Services Intelligence, ISI) y alumbrados por la CIA estadounidense, los talibanes emergieron rápidamente a imagen y semejanza del monstruo de Frankenstein. Sin embargo, la administración Clinton consintió que los talibanes accedieran al poder en Kabul en 1996 y miró hacia otro lado mientras esta banda de matones, en connivencia con los servicios de inteligencia pakistaníes, promovía el narcoterrorismo y engrosaba las filas de los pupilos de la guerra afgana, librando una guerra transnacional. Al producirse el 11-S pudieron saborear una amarga medicina. Al declarar la guerra contra los talibanes en octubre del 2001, la política estadounidense volvió al punto de partida.

En la actualidad la política estadounidense regresa nuevamente al punto de partida, al tiempo que Washington pregona su disposición a llegar a acuerdos con talibanes “moderados” (si es que caben moderados en una milicia islamista que aplica normas y costumbres medievales).

Las fuerzas armadas y servicios de inteligencia estadounidenses no han llevado a cabo ningún ataque – ya sea mediante fuerza aérea convencional, aparatos no tripulados o comandos terrestres-contra los líderes talibanes afganos en Beluchistán, al sur de Waziristán. La CIA y el ISI trabajan de nuevo conjuntamente e incluso protegen a los miembros del citado consejo de tribus afgano con vistas a facilitar la consecución de un acuerdo.

La estrategia afgana de Obama es una estrategia miope que parece se esfuerza en repetir inadvertidamente los mismos errores de la política estadounidense en Afganistán y Pakistán durante los últimos treinta años, errores que han llegado a atormentar a los servicios de seguridad estadounidenses y del resto del mundo libre. Washington da muestras de que no ha aprendido ninguna lección de sus políticas anteriores que dieron lugar a monstruos como Bin Laden y el mulá Omar.

Para justificar el proyectado pacto con el diablo con los talibanes, la Administración Obama establece una distinción engañosa entre Al Qaeda y los talibanes, tratando de diferenciar (de modo ilusorio) entre talibanes “moderados” (los buenos terroristas) y los que rechazan un acuerdo (los malos terroristas). No es posible detener el azote del terrorismo transnacional si se procede a tales distinciones engañosas. India sufrirá probablemente el mayor impacto de las consecuencias no esperadas derivadas de la estrategia de Obama con relación a Afganistán y Pakistán, como ya se halló bajo asedio terrorista como consecuencia de las políticas estadounidenses de la era Reagan en esta zona.

Los talibanes, Al Qaeda y grupos como Lashkar-e-Taiba forman una amalgama de almas gemelas difícil de separar y que conforman la yihad islámica. La única diferencia estriba en que los efectivos de Al Qaeda salen de sus escondrijos montañosos de Pakistán, mientras que los talibanes y Lashkar-e-Taiba actúan abiertamente en las zonas fronterizas oriental y occidental de Pakistán.

Un Afganistán estable no puede prosperar sin que se desmantelen los refugios terroristas y la infraestructura de los talibanes afganos en Pakistán, con la correspondiente decapitación de su centro de mando en Beluchistán. Como señaló el embajador estadounidense Kart Eikenberry, “el aumento de tropas no acabará con la insurgencia mientras sigan en su sitio los refugios terroristas en Pakistán”. En lugar de aislar a los talibanes y privarles de todo apoyo, EE. UU. ha optado por trabajar conjuntamente con las fuerzas armadas pakistaníes para ganárselos… Y, como incentivo, ha aumentado la ayuda anual a Pakistán – a partir del próximo año fiscal-a 3.200 millones de dólares, una cifra récord histórica.

Aunque la Administración Obama consiguiera mitigar la violencia en Afganistán con la conclusión de un acuerdo con los talibanes, este factor sólo reforzaría su causa. Esta ventaja táctica entrañaría un elevado coste en términos de seguridad regional e internacional, al mantener la región como epicentro de un azote creciente de terrorismo transnacional que además afectaría a la reconstrucción de Afganistán, donde India consta como uno de los principales donantes de ayuda bilateral. Por desgracia, la Administración Obama es víctima de una prolongada debilidad de la política estadounidense: la persecución de objetivos de reducidas miras sin prestar demasiada atención a los intereses de países amigos, de modo que parece resuelta a salvar las apariencias aunque, en definitiva, Estados Unidos pierda la guerra afgana.

Brahma Chellaney, profesor de Estudios Estratégicos del Centro de Investigación en Ciencia Política, Nueva Delhi. Traducción: José María Puig de la Bellacasa.