“Refugees welcome”

Cualquier ciudadano que se pasee por Barcelona o por Madrid se topará, en alguno de sus edificios emblemáticos, con un cartelón de grandes dimensiones, con la inscripción “Refugees welcome”. Pese a que los refugiados, a los que pretendidamente se quiere dar la bienvenida, sirios y afganos no son de lengua inglesa, parece que se ha escogido ese idioma porque hoy es, como el latín en la Europa renacentista, el más universal. De ahí se colige que aunque uno tenga como lengua materna el árabe, el urdu, el chino mandarín o cualquier otra, ha aprendido algunos rudimentos de inglés. Unos rudimentos que los que huyen de las guerras, antes de jugarse la vida en una barcaza o en una caminata imposible, atravesando media África, necesitan conocer, de lo contrario serán incapaces de entender y de agradecer, claro está, esa enorme bienvenida –según el tipo de letra– que las autoridades europeas les ofrecen.

En España, sin embargo, a juzgar por el número de refugiados que hemos acogido, 18 desde finales del 2015 frente a los 16.000 que el Gobierno se comprometió a aceptar, cabe imaginar que eso de “Refugees welcome” no tiene que ver con ellos, con los venidos de fuera, sino con nosotros, los autóctonos. Habrá que tomarlo, pues, como una contribución, imagino que institucional, gratuita y altruista al aprendizaje del inglés por parte de la ciudadanía, poco ducha en la materia. Tanto es así que el gran Adolfo Marsillach definía a los españoles como gentes que se pasaban la vida aprendiendo inglés sin conseguirlo. En este sentido es loable que se nos ofrezca la posibilidad de que nos entre reiteradamente por los ojos la ortografía de dos palabras, recordándonos que el inglés, complicado de suyo, pues se escribe una cosa y se pronuncia otra bien distinta, necesita de esos apoyos visuales. De ese modo, de una manera clara y sin esfuerzo podremos almacenar dos palabras más de modo correcto, junto a muchas otras que pronunciamos casi de continuo pero cuya ortografía ignoramos, como selfi (selfie), brek (break), lait (light), etcétera.

Además, cuando finalmente lleguen los refugiados que la Unión Europea nos asignó, podremos darles esa bienvenida que los carteles proclaman e incluso reproducirla sin faltas en grafitis, octavillas o banderolas, si se diera el caso, como si saliéramos de la cinta de Bienvenido Mister Marshall, la estupenda película de Berlanga.

Valgan las anteriores ironías para insistir en la vergüenza que supone el hecho de que el Gobierno de España, por muy en funciones que esté, siga mareando la perdiz con el asunto de los refugiados y mire para otro lado cuando desde las más variadas instancias, desde las diversas oenegés de ayuda a los refugiados, pasando por los medios de comunicación y llegando a los gobiernos de diversas autonomías, entre ellas la catalana, se le insta a que ofrezca soluciones rápidas a un problema de envergadura dramática. Es más, algunas autonomías han ofrecido hacerse cargo ya de un determinado número de refugiados. Puigdemont, en un gesto que le honra, ha ofrecido al comisario europeo de Migración, Dimitris Avramopulos, acoger a 4.500 refugiados y el comisario europeo ha recordado a su vez al Gobierno estatal en funciones que sus compromisos de acogida no se cumplen. Los ciudadanos no dejamos de preguntarnos las razones de ese incumplimiento. Es cierto que, según los pactos con Europa, España tiene todavía el plazo de un año y medio para traer a esos refugiados, pero no es menos cierto que todos ellos esperan, en condiciones infrahumanas en los campos, la mayoría en el de Indomeni, de donde nos llegan imágenes terribles de desamparo y desolación, patentes incluso en los ojos de los niños más pequeños.

Frente a la ejecutiva buena voluntad del papa Francisco, que se llevó puestos, tras su visita a Lesbos, a una docena de personas, nuestro Gobierno en funciones parece empecinado, instalado en su limbo particular, en retrasar todo lo posible el cumplimiento de los compromisos adquiridos, quizá a la espera de no tener que asumirlos. Tal vez el cambio de rumbo de la Unión Europea en cuestiones migratorias permita compartir la vergüenza de devolver a Turquía a los refugiados, previo pago por la acogida y no tener que traerlos hasta aquí. El presidente Rajoy cada vez que ha sido preguntado sobre la cuestión ha achacado a las dificultades de coordinación con la Unión Europea –o lo que viene a ser lo mismo a la burocracia– la demora de la llegada de “nuestros refugiados”. No cabe duda de que la excesiva burocratización de las instituciones europeas es un lastre pero cuando se trata de que esa burocratización impida salvaguardar los derechos humanos hay que poner toda la carne en el asador para agilizarla.

Por todo eso me gustaría proponer a los partidos políticos que dentro de nada –¡horror!– iniciarán sus campañas electorales que clarifiquen en sus programas la cuestión de los refugiados y su compromiso de tomar medidas eficaces, las hay, para traerlos ya. Sólo entonces, cuando estén aquí, tendrán sentido los cartelones de bienvenida.

Carme Riera, escritora.

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