Refundación conservadora en EEUU

Las primarias y caucus que están teniendo lugar estos meses en EEUU en las filas republicanas han demostrado no sólo un perfil bajo de los distintos candidatos del Partido del elefante en el intento por capitalizar la victoria relativa de las legislativas de 2010 frente a Obama sino, sobre todo, una gran pobreza en las ideas y propuestas de esta presumida refundación conservadora.

La pelea respecto a quién insulta más alto y mejor a Obama para demostrar al electorado la mayor distancia posible respecto al denostado y vilipendiado -según dicen- «sistema proteccionista público socialista» en sanidad, educación y protección social semejante al de sus «amigos los europeos», está ocupando el centro del debate. La serie de encuentros entre los principales candidatos, televisados a todo el mundo, han avergonzado a la inteligencia política. Y todo ello en el mejor escenario electoral posible: con una crisis económica golpeando fuertemente a las clases medias estadounidenses -las que ponen y quitan presidentes allí-, un Gobierno condenado a un consenso legislativo inevitable y un comandante en jefe que se debate en permanentes dudas hamletianas respecto a las políticas necesarias.

Por otro lado, el Tea Party no ha logrado romper el corsé de las estructuras partidistas de los sectores tradicionales republicanos para que, sentada a su mesa, la familia conservadora pudiera compartir el Appel Pie, ese símbolo nacional que ellos consideran en serio riesgo por culpa del presidente.

Sin embargo, los que consideran que esta Revuelta Conservadora está fracasada probablemente se equivocan. El verdadero debate refundador en el momento actual no viene de las ideas de Romney, Santorum o Gingrich. Por el contrario, los argumentos de mayor peso se pueden encontrar de forma progresiva en ese mal denominado idealismo conservador y, especialmente, de la mano de ese grupo autodenominado Intelectuales de la Defensa, incorporados todos ellos en el American Enterprise Institute.

Algunos denominamos a esta camarilla el Club del Cohete por su permanente tendencia, casi obsesiva, a vincular la seguridad nacional estadounidense con la superioridad militar indiscutible por cielo, espacio e, incluso, hiperespacio, si es que existiera: «Hacia el infinito y más allá…». Ese mismo grupo fue el origen del movimiento neocon y del realismo preventivo que brindó soporte ideológico a la política del vale todo durante la anterior Administración del presidente George W. Bush.

Muchos artículos nacidos de los think tanks neoconservadores reivindican la necesidad de mantener a toda costa una supremacía militar en el espacio como base de una seguridad nacional puesta en peligro por la actual Administración de Obama, al que acusan de realizar «seguidismo del código de conducta que quieren establecer en la Unión Europea». Señalan, además, con preocupación la necesaria precaución preventiva «en una guerra con China que podría destruir nuestros satélites y reducir a cero nuestras capacidades GPS (Global Positioning System)». Su conclusión apunta a una más que probable idea matriz de la apuesta internacional conservadora anti y/o post Obama: «La seguridad de EEUU no debe ser sacrificada por una falsa promesa de la gobernanza global; los estrategas militares y de inteligencia comprenden los riesgos que esos límites pueden suponer para nuestra seguridad nacional».

Este grupo, fuertemente influenciado por las ideas de Norman Podhoretz, politólogo y teórico central del neoconservadurismo desde la Administración de Reagan, siempre ha preconizado una nueva y completa estrategia para dominar el mundo, incluso antes de las guerras en Afganistán e Irak. Muchos de sus miembros habían trabajado en anteriores gobiernos republicanos, y cuando George W. Bush alcanzó la Presidencia, la mayoría de ellos fueron nombrados para ocupar puestos de responsabilidad vinculados al diseño de la política de seguridad.

La perfecta conjunción entre la producción intelectual, teórica y práctica que llevó al realismo preventivo a ser el centro de la Doctrina de Seguridad fue posible con el nombramiento de Donald Rumsfeld como secretario de Defensa, siendo vicepresidente Dick Cheney. En resumen, esos años que probablemente fueron los más oscuros de la vinculación de Estados Unidos con el resto del mundo.

Es claro que el nuevo Contrato con América ofrecido por este lobby en el momento actual, las denominadas nuevas revoluciones -como ha ocurrido habitualmente dentro de estas filas- se basan en la combinación de viejos y nuevos planteamientos conservadores (George H. Nash, The conservative intellectual movement in America since 1945). Inspirados en Irving Kristol, el auténtico godfather del realismo preventivo, estos grupos preconizan que, frente a la nueva visión multilateralista y «cobarde» de la Administración Obama, es necesaria una nueva Doctrina de Seguridad Nacional que encuentre la raíz del comportamiento exterior de Estados Unidos en una fuerza interior (revolucionaria), para desde ahí combatir el riesgo que supone para el sistema internacional algunas potencias y procesos en claro desorden.

Éste es el orden de un discurso en boga que viene facilitado también por la inevitable referencia al enemigo que siempre ha caracterizado la política exterior, de seguridad y defensa de Estados Unidos. La identificación de estos nuevos adversarios, que no son otros que -en la batalla interna- la tentación estatalista, la «dictadura de lo público» y el intervencionismo gubernamental; y -en la externa- China, Irán, Rusia, los países árabes menos controlados, e incluso los aliados europeos que desean imponer un sistema de gobernanza mundial peligroso para la seguridad nacional.

Desde este planteamiento, ante al desarme moral y militar de Obama, la nueva Doctrina tiene, de forma inevitable, que llevar consigo una activación sustancial de las transferencias de armas y otros programas militares que permita una superioridad indiscutible con una tecnología que propicie la utilización rápida y efectiva de la fuerza en cualquier situación y frente a cualquier riesgo y/o peligro en el mundo; ya sea por tierra, mar, aire o espacio ultraterrestre.

El peligro de esta nueva Doctrina neomilitarista es que puede ser un recurso seductor para el crítico momento actual: propiciar una activación de la economía interior apostando por un motor productivo militar potente -como siempre fue en EEUU- dentro de un nuevo dinamismo industrial y tecnológico como el que necesita Estados Unidos. Verdaderamente tentador, incluso para Obama si estuviera en una tesitura exterior valorada de gran riesgo, de agotamiento de las opciones diplomáticas y con un incremento de la tensión que puede darse en cualquier momento, sin ir más lejos, con Irán.

Gustavo Palomares Lerma es presidente del Instituto de Altos Estudios Europeos (IAEE), catedrático europeo en la UNED y profesor de Política Exterior de Estados Unidos en la Escuela Diplomática de España.

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