Refundar el PSOE

El PSOE ha sufrido la debacle que el partido temía y que muchos auguraban, pero hará bien en no empecinarse en los mismos contenidos programáticos, y sobre todo estructuras de poder, con la disculpa de que todo se habría debido a la confluencia de la crisis con el normal cambio de ciclo, y en no aferrarse al discurso de que facilitar la alternancia, al fin y al cabo, es la mayor virtud de la democracia, y a la vista de lo que ofrece la oposición, más bien antes que después, se recuperarán las posiciones perdidas.

Para la cúspide del partido la cuestión más urgente es solventar la sucesión de modo que no se produzcan sorpresas desagradables. Al haber sido obligado a salir de la “ambigüedad calculada” que, como otras tantas cosas, aceptándolas o rechazándolas, ha tomado de Felipe González, Zapatero ha perdido la capacidad de designar en un último momento a su sucesor, bien en un comité federal, bien en un congreso extraordinario, sin otra opción que convocar primarias. Aunque encajen mejor en un proyecto de renovación, para los que le han forzado a cambiar los tiempos con el fin fallido de achicar la derrota, no deja de ser un regalo envenenado.

El tema crucial de los próximos meses es cómo manejar las primarias para que causen el menor estropicio a los que controlan el partido. Para legitimarse no queda otro remedio que apelar a la democracia, pero los de arriba saben que, si funciona, los hace muy frágiles. Ya fue lo bastante dramática la experiencia del 35º Congreso que eligió a Zapatero. Al no poder evitar que Rosa Díez se presentase fuera de juego, hubo que admitir al final cuatro candidatos con la incertidumbre que esto comporta. Por una serie de carambolas resultó vencedor un desconocido que, apelando a la continuidad del felipismo, descolgó del poder al aparato felipista al completo con la sola excepción de Manuel Chaves. Peor recuerdo se guarda aún de las primarias que Almunia convocó para legitimarse, al haber sido impuesto por Felipe González en el anterior Congreso.

No cabe la menor duda de que se intentará impedir las primarias, logrando que haya solo un candidato previamente acordado. Empero, parece altamente improbable que en momentos tan críticos no salte al ruedo un espontáneo que obligue a presentarse a los que tienen los mayores apoyos. Por lo menos hasta ahora se cuenta con Alfredo Pérez Rubalcaba y Carme Chacón, aunque no haya que descartar que, si descubre algún resquicio para colarse, lo haga también José Bono. El primero es el político mejor valorado, pero justamente por la intuición política de que siempre ha hecho gala es posible que no acepte el envite. De hacerlo significaríavolver a la generación felipista que desplazó Zapatero, con todos sus aciertos, pero también con su carga negativa (corrupción, los GAL) que la derecha ya se encargaría de poner de relieve.

Para preservar el zapaterismo, no tanto en sus contenidos ideológicos, como en la misma generación, a la candidata propuesta favorece, no tanto dotes y capacidades, como el ser mujer y catalana, aunque está por ver que sea así. Por lo pronto, Chacón no cuenta con el apoyo mayoritario, ni siquiera del PSC, dividido en el afán de recalcar su catalanismo, marcando mayores distancias con el PSOE. Para esta fracción, que va en aumento, nada más inconveniente que una catalana como candidata a presidenta. Pero tampoco está nada claro que la sociedad española esté dispuesta a votar mayoritariamente a una mujer. En suma, por muchos que sean los esfuerzos por controlar el proceso, la sucesión se presenta cargada de incertidumbres y, aunque nunca quepa eliminarlas por completo, resultan inaceptables cuando se acumulan en exceso.

Entre militantes del PSOE -una minoría aún poco significativa, pero que, seguro, ha crecido exponencialmente con el descalabro sufrido el domingo- se difunde un nuevo discurso: la crisis que vivimos no es una más de la que algún día saldremos, sino un cambio de época que obliga a una refundación completa del partido, desde programa y estrategia hasta modo de organizarse democráticamente. No es probable que un cambio de esta envergadura se consiga antes de la segunda derrota en las elecciones generales, que ya nadie sabe cuándo se celebrarán, pero a medio plazo no quedaría otra opción. En todo caso, esta perspectiva constituye otro factor de incertidumbre que pudiera lanzar al ruedo a algún candidato con un proyecto radical de refundación.

El socialismo no tiene la menor posibilidad de sobrevivir, si no reconoce el fracaso de las tres versiones que ha puesto en marcha en el siglo XX. El modelo estatal colectivista de la revolución bolchevique naufragó a lo más tardar en 1990, dejando tan solo una pesadilla en la que se combina la ineficacia con el terror, pero 20 años antes ya había empezado a desmoronarse el modelo socialdemócrata keynesiano, que por la vía democrática aspiraba a lograr una sociedad en la que estuvieren garantizados la igualdad de oportunidades y un nivel de vida digno para todos. La crisis actual ha hundido la última versión “débil” de la socialdemocracia, la tercera vía británica, que en un mundo globalizado había aceptado el neoliberalismo como última expresión de la racionalidad económica, con la pretensión ilusoria de poder frenar el desmantelamiento del Estado social.

El desmoronamiento se explica por los cambios socioeconómicos que han dejado a las tres versiones del socialismo sin base social. La impotencia creciente del Estado -en España aún mayor por su desmembración interna- elimina no ya tan solo el modelo estatal colectivista, que muestra otros fallos de mucho mayor calado, sino también el socialdemócrata keynesiano, al que todavía se remiten flecos de una izquierda residual. El hecho fundamental de que el trabajo haya dejado de ser el eje central que articula la vida de amplias capas sociales ha significado un golpe definitivo a la socialdemocracia, incluso en su última versión débil. Aunque se cuente con las cualificaciones necesarias, ya no está garantizado un puesto de trabajo de por vida. La mayor parte de la población tendrá que acostumbrase a saltar de una colocación a otra, cambiando a menudo de actividad, con periodos intermedios, más o menos largos, de desempleo.

Esta desarticulación del mundo del trabajo elimina de raíz las clases sociales que surgieron con la revolución industrial y comporta una fragmentación creciente de la sociedad. Sin “clase trabajadora” se hunden sindicatos y partidos obreros, y con ellos, la sinergia que dio vida a la socialdemocracia. Los asalariados, que incluyen a un buen número de parados, no forman ya un bloque unido, sino que los segmentos resultantes tienden a desarrollar culturas diferentes, con una divergencia creciente en el comportamiento electoral. Personas de los grupos sociales más dispares pueden votar cualquiera de las opciones, aunque hasta ahora haya que dejar constancia de una cierta inclinación a la derecha, incluso a la extrema.

Pero al desentenderse cada vez más gente de la política de los partidos y buscar otras vías de actuación, a la larga también la derecha sufrirá una desafección creciente que acabe por engrosar la abstención, como se comprueba en la crisis de los partidos en toda Europa. Empero, a medio plazo el interés por mantener el orden social establecido, así como los valores tradicionales que suelen resurgir en tiempos de crisis, favorecen a la derecha.

Ignacio Sotelo es catedrático de Sociología.

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