Refundar Europa: reconstruir la educación

«Europa es nuestro futuro común». Con estas palabras, termina la Declaración de Roma, que presentó la Unión Europea para festejar su 60 aniversario. Muchos estamos plenamente de acuerdo con ellas, pero somos también muchos quienes pensamos que hablar de un futuro común exige un liderazgo que sea capaz de proponer objetivos ilusionantes. Tal liderazgo fue la base del Tratado de Roma, en 1957, pero, desgraciadamente, esa fuerza ha languidecido. Por ello, es de agradecer la imaginación y el esfuerzo de Macron, quien, el 26 de septiembre en La Sorbona y el 24 de febrero en Davos, ha propuesto la refundación de Europa, señalando nuevos objetivos, pues Europa, afirma, es «nuestra historia, nuestra identidad, nuestro horizonte, lo que nos protege y nos da futuro». Quizá no sea este el momento de analizar tales objetivos. Pero quizá lo sea para reflexionar sobre las metas educativas básicas que ayuden a las jóvenes generaciones a enfrentarse con los retos de la próxima singladura.

Estas metas han de traducir creativamente la fidelidad a los fundamentos de nuestra cultura, que no pretende ser una cultura más (Díez del Corral), sino que aspira a expresar lo más significativo del ser humano. Si para Ortega, Europa era un continente con contenido, será la educación quien se responsabilice de darlo a conocer.

Por ello, presentaré siete objetivos que iluminen la acción educativa que hoy reclama Europa.

1. Amplitud de horizontes. Desconocer la realidad de la globalización y sus ventajas es la política más miope posible. Además, no olvidemos que la historia enseña lo fácil que es dejarse seducir por sangrientos nacionalismos, frecuentemente alimentados por personas que no tienen el poder estatal y que se encuentran aburridas en unas tareas, consideradas inferiores a sus posibilidades. La educación debe mostrar que cometen un grave error quienes canonizan las maravillas de las aguas tibias del ambiente local, debiendo enseñar a huir de la efímera brillantez de unos globos de colores configurados por sentimientos idealizados, que tienden a secuestrar territorios, y que pronto manifestarían sus incapacidades. Hoy es preciso pensar cómo compatibilizar las evidentes ventajas de la globalización con el esfuerzo por recuperar a los desechados.

2. Cultivo crítico e inclusivo de la propia identidad. La globalización requiere a las culturas locales que se abran a los valores universales que puedan aportar otras culturas. Es preciso enseñar a escuchar respetuosamente al otro, sin que ello signifique tener que aceptar todo lo que nos ofrece y sin pretender la desaparición de cualquier diferencia cultural.

3. Amor al bien. Decía Joaquín Costa que «se da por supuesto que las leyes son garantía del derecho, pero esta no se encuentra en la ley, como la ley no tenga asiento y raíz en la conciencia de los que han de guardarla y cumplirla». Esta idea es la base de la decisión del gobierno socialista francés cambiando, el 2015, la Instruction civique et morale por un Enseignement moral et civique. En contra de lo que opinan ciertos pensadores, no es igualmente positivo cualquier comportamiento, y el educador debe proponer a la juventud, sin imponer, una reflexión profunda sobre el bien y la vida lograda.

4. Capacidad de iniciativa e ilusión por cooperar mediante el propio trabajo con el bien común. John F. Kennedy afirmaba, en la Vanderbilt University, que «todos los americanos deben ser ciudadanos responsables, pero algunos deben ser más responsables que otros en virtud de su posición pública o privada». Esta responsabilidad especial se suma a la ilusión de todos por mejorar la sociedad, emprendiendo iniciativas y conjugando el esfuerzo y el riesgo, sabiendo evitar caer en la trampa deshumanizadora de quienes han transformado los servicios sociales, pensados para atender al infortunio, en un instrumento para fomentar el sopor ciudadano y conseguir un voto cautivo.

5. Responsabilidad en la formación para el propio trabajo. La velocidad actual del cambio exige animar a los jóvenes a preocuparse por la formación continua, procurando hacer avanzar la ciencia y descubrir nuevas técnicas, huyendo de la cómoda tentación de repetir prácticas o ideas escuchadas.

6. Agudeza para reflexionar sobre los mejores modos de desarrollar los valores de la Unión Europea, como la libertad, la democracia, los derechos humanos y el Estado de Derecho, así como sobre el sentido, la extensión y los fundamentos de las libertades comprendidas en la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea.

7. Decisión para plantear la dimensión trascendente del ser humano. Decía Antonio Machado «converso con el hombre que siempre va conmigo / –quien habla solo espera hablar con Dios algún día–». Esa conversación nos ayudará a tomar las decisiones apropiadas en nuestra vida, que han de ser tan libres –pues somos los protagonistas de nuestra propia existencia– como reconocedoras de los referentes cuya atención nos permite alcanzar una nueva dignidad.

Quizá son metas que exigen colocar en un primer plano la formación integral de los profesores, pues ellos están llamados, como dice Platón, a escribir con ciencia en el alma del que aprende.

José Antonio Ibáñez-Martín, Catedrático de Filosofía de la Educación y director de la «Revista Española de Pedagogía».

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