Regalo de Reyes, regalo de amor

Tanto los Reyes Magos como Papa Noel suelen comportarse en casi todos los países de una manera tan previsible como poco digna de encomio, y es que son más generosos con los niños de familias acomodadas que con los niños que crecen en familias más modestas. Eso es algo que los niños pueden advertir, pero sin establecer una relación causa-efecto, porque la asociación de los fenómenos empíricos necesita un desarrollo intelectual más completo. Los antropólogos saben que hay tribus cuyos componentes han tardado bastante tiempo en establecer una relación causa-efecto entre el coito y el embarazo. En principio, la preñez parecía exigir la convivencia de la pareja, pero también había algunas muchachas que tenían hijos sin estar emparejadas, lo que provocaba cierto estupor. Luego, cuando la asociación se establece, esos casos lo que producen son conflictos y enfados, y es el signo de que la tribu ha perdido la inocencia. De la misma manera, cuando los niños establecen una asociación racional entre renta per cápita de la familia y regalos es que ya han dejado de ser niños.

Regalo de Reyes, regalo de amorHay una narración espléndida de O. Henry de la que me suelo acordar al llegar estas fechas. En realidad O. Henry es el seudónimo más conocido de William Sidney Porter, uno de los mejores escritores estadounidenses de finales del XIX y principios del XX, al menos para mí.

La vida de Sidney Porter es bastante novelesca, y en ella cabe todo, desde el alcoholismo iniciado en la juventud hasta la fuga con una joven, hija de una familia adinerada, el nacimiento y muerte de un hijo, la acusación de desfalco, la huida, la cárcel y hasta el éxito.

El seudónimo procede de la época en que convive algún tiempo con un amigo, en Austin. El futuro escritor venía de cuidar ovejas en un rancho y encuentra trabajo como contable. En la casa vive un gato llamado Henry. El gato aparece en los lugares más inesperados, y la exclamación «¡Oh, Henry» se convierte en algo habitual. Muchos años más tarde, desestructuraría la exclamación, y de allí salió O. Henry.

Yo lo descubrí en plena adolescencia, a través de una narración titulada «Regalo de Reyes».

Los protagonistas de las historia de O. Henry son gente corriente: camareros, contables, enfermeras, empleados, obreros… precisamente el título de una de sus obras es «Cuatro millones» y se refiere a los habitantes que tenía Nueva York en aquella época, porque el autor consideraba que cualquiera de los habitantes de la ciudad podría ser el protagonistas de un cuento.

El que a mí me deslumbró tiene como personajes a un joven matrimonio de veintipocos años, compuesto por Delia y Jim. Delia quiere hacerle un buen regalo a Jim, su Jim, pero sólo dispone de un dólar y 87 centavos, que incluso a principios del siglo pasado no es una fortuna. Por fin, decidida, sale de su modesto apartamento y decide vender su preciosa melena, que, liberada de las horquillas, le llega más abajo de la cintura. Con los veinte dólares que le dan recorre las tiendas hasta que encuentra el regalo perfecto para su esposo: una cadena de platino para sujetar su reloj. Porque el reloj de Jim es un reloj de oro, que perteneció a su padre, una auténtica joya que Jim apenas se atreve a exhibir, debido a que va acompañada de una gastada y pobre correa de cuero.

Delia, contenta por lo que ha comprado, pero asustada por la reacción de Jim cuando la vea sin su hermoso pelo, intenta, de vuelta, hacerse unos rizos que disimulen el desastre y aguarda con una mezcla de ansiedad y de miedo. Por fin, a las siete, entra Jim. Y la mira. Y en su expresión hay una mezcla de estupor, de sorpresa, de algo que alarma a Delia, quien se apresura a decirle que pronto crecerá, que a ella el pelo le aumenta muy rápido. Es entonces cuando Jim le tiende el regalo para ella. Delia lo abre y ve un maravilloso juego de peinetas, que había admirado muchas veces en un escaparate de la calle 48, de carey auténtico y de plata, y que nunca pensó que pudieran ser suyas. Pero esas peinetas no tienen pelo para sujetarse. Delia le anima, y le repite que pronto, en unos meses, podrá lucir alguna de las bellas peinetas. Entonces, se acuerda de que no le ha dado el regalo a él, y corre presurosa para poner en su mano la cadena de platino, mientras le comenta que ahora podrá sacar el reloj cuantas veces quiera, en cualquier lugar, porque la cadena es tan lujosa como el reloj. Jim abraza agradecido a su esposa y, cuando ésta le anima a que se la coloque en el reloj, Jim se sienta, pone las manos detrás de la cabeza, y le confiesa que eso va a ser imposible, porque para poder comprar las peinetas ha vendido el reloj.

He vuelto a leer el cuento hace poco, y me sigue emocionando como la primera vez en que se me humedecieron los ojos en la lejana adolescencia, porque O. Henry desentraña el misterio de los Reyes Magos, que no es otro que el amor unido a la generosidad, y que no tiene nada que ver con el compromiso o con la obligación, o con la señal externa de un estatus social.

He sido testigo mudo de gente poderosa que delegaba en su secretaria la delicada gestión con los Reyes Magos, y que la única indicación que hacían era el tope del precio, y no para un cliente, sino para su propia esposa. No sé si la imaginación de O.Henry vislumbró que Jim algún día dejaría el modesto apartamento, prosperaría, y llegaría a ocupar un puesto relevante, en el que dispusiera de secretaria, pero está claro que no delegaría en ella para elegir el regalo de Delia. Los reyes auténticos no delegan. Y el gran poder es dedicar el tiempo a la persona que amamos, imaginar qué le podría hacer feliz, y saber que la felicidad no depende del regalo, ni del precio, porque entonces nunca podrás ser un rey, y tendrás que ser un esclavo del dinero. De momento, no lo sabrás. Ahora bien, el día que falte el dinero te verás sin corona, y mucho más pobre que Delia y Jim.

Luis del Val, escritor.

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