Regreso a la ‘era neandertal’

Los admiradores de la cultura anglosajona no estamos de enhorabuena. Tras el Brexit, la victoria electoral de Donald Trump (por precaria que sea) nos indica que en las cunas de la democracia y el parlamentarismo ha triunfado la reacción visceral sobre el voto cerebral. Es sabido que a mediados del siglo XIX se descubrió en el valle de Neandertal, cerca de Düsseldorf, en Alemania, la existencia de restos humanos que diferían de los del Homo sapiens convencional. Los neandertales eran sapiens, pero menos. Su cerebro era algo menor y en general tenían rasgos algo simiescos. Habían habitado en Europa, habían coexistido con los sapiens sapiens, pero se habían extinguido por causas poco claras, que quizá estuvieran relacionadas con su inferior inteligencia. Su ausencia sin duda era un alivio, pero más tarde se descubrió que, antes de desaparecer, algunos neandertales se habían apareado con sapiens sapiens, por lo que muchos de nosotros tenemos algunos genes neandertalenses. A uno se le ocurre que quizá este triunfo del populismo anglosajón tenga algo que ver con un salto atrás genético.

Es cierto que en Estados Unidos y el Reino Unido los votos del bando triunfante provinieron de las capas menos educadas y urbanas de la población; que Trump proclamó durante la campaña que le encantaba la gente poco educada y que Michael Gove, un tory partidario del Brexit, dijo poco antes del referéndum que la gente ya estaba cansada de los expertos. Y, en efecto, en ambos países la prensa más sesuda, sobre todo la de papel, se alineó claramente contra las opciones populistas. Estos votantes poco pensantes nos recuerdan aquella frase de Maquiavelo: «Los hombres son tan simples y tan pendientes del presente que quien los quiera engañar siempre encontrará alguno que se deje».

Esta amarga observación de un pensador muy desengañado del siglo XVI se ha verificado una vez más cinco siglos más tarde. Porque la sarta de mentiras que han soltado los populistas ganadores en ambas orillas del Atlántico nos han hecho pensar en Goebbels: una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. O en posverdad. Que se lo pregunten a los nacionalistas de toda laya. Y estas posverdades, convenientemente repetidas (que Obama no era estadounidense, que todos los mexicanos son violadores y asesinos, que el comercio nos perjudica, que Europa nos roba, o que España nos roba, y un larguísimo etcétera), se convierten en potentes armas electorales, en el mundo anglosajón, en el francés y, por supuesto, en el catalán y en el vasco, donde tan fácil es engañar a los neandertales.

Dos preguntas se plantean inmediatamente ante esta situación alarmante: la primera, a qué se debe esta vuelta atrás electoral, esta regresión a neandertal de los votantes; la segunda, si este irracionalismo visceral lleva visos de extenderse a otros países adelantados, en particular de Europa. La segunda pregunta tiene una respuesta en dos partes: que en Europa hay partidos populistas dispuestos a llegar al poder mintiendo a diestra y siniestra es innegable. En Grecia Syriza lleva año y medio en el poder, tragándose sus mentiras una tras otra. Esto le ha desprestigiado allí, pero en el resto de Europa no parece haber afectado a los votantes populistas. Por lo tanto, y ésta es la segunda parte, es muy posible que el populismo triunfe en países como Francia, Holanda, e Italia, y partidos de este pelaje ya están en el poder en Polonia y Hungría. La situación, por tanto, es extremamente alarmante, lo cual nos lleva a la primera pregunta: ¿a qué se debe el auge del populismo? Porque la única manera de resolver un problema es estudiar sus causas.

Se atribuye el arrebato populista a la Gran Recesión. Esto es cierto sólo en parte, porque no hay recesión que 10 años dure. Tanto Estados Unidos como el Reino Unido, con muy bajas tasas de paro, hace tiempo que dejaron atrás la recesión, aunque quedaran secuelas que pesaron mucho en la rebelión de los votantes y favorecieron el neandertalismo electoral. Pero hay un factor concreto que pesó decisivamente en uno y otro país, y que sigue pesando en el auge del populismo europeo: la inmigración. La promesa (por supuesto, mendaz) de Trump de construir un muro en la frontera con México fue decisiva en su victoria. La de Boris Johnson y Nigel Farage asegurando que el Brexit pondría fin a la entrada de trabajadores extranjeros fue igualmente eficaz para dar el triunfo en Gran Bretaña a los enemigos de la Unión Europea. Cosas parecidas proponen los populismos en Francia, Alemania, Holanda, Dinamarca, etcétera. En Hungría, el Gobierno de Viktor Orbán se distingue por su nacionalismo radical y su oposición frontal a la inmigración. Sólo en la Europa del sur el componente xenófobo del populismo está más diluido, aunque la presión demográfica en el Mediterráneo alcance dimensiones pavorosas.

Muy posiblemente el problema más grave con que se enfrenta el planeta en el siglo XXI sea el excesivo crecimiento de la población humana. Esto es algo de lo que la mayoría, preocupada, como decía Maquiavelo, de su realidad inmediata, apenas es consciente. A partir de la Revolución Industrial (fines del siglo XVIII) la población humana ha crecido de manera desbocada. Si en 1800 había en la Tierra unos 900 millones de seres humanos, en poco más de 100 años la cifra se había doblado, y durante el siglo XX se dobló varias veces más, de modo que en la actualidad el número de humanos sobre la Tierra está en torno a los 7.500 millones. Y sigue creciendo; aunque la tasa de crecimiento se haya moderado un poco, lo más probable es que, si no se hace algo drástico para limitar el crecimiento, a fines de la presente centuria seamos cerca de 10.000 millones. Si las cifras actuales ponen ya en serio peligro la integridad del planeta, 2.500 millones más (el número total de habitantes en 1950) crearían una tensión inconcebible. Porque estamos como en el camarote de los hermanos Marx: cada vez entra más gente, pero el espacio no aumenta.

Peor aún que las cifras totales es su reparto geográfico. Las zonas templadas están muy llenas, pero su población no crece. Lo más alarmante es que son los países pobres, los ecuatoriales, África y Oriente Medio, aquéllos donde más crece la población. De ahí los éxodos masivos, los millones que están dispuestos a jugarse la vida por abandonar su tierra y alcanzar los países ricos para trabajar por un salario que es mísero en el país rico, pero espléndido en el país de origen. De ahí también el odio a Occidente de muchos habitantes de esos países (ISIS, Al Qaeda, Boko Haram…), que prefieren volver a la Edad Media a aceptar la superioridad de la civilización cristiana. Es el neandertalismo del subdesarrollo. Japón hizo lo contrario y hoy, con todos sus problemas, es uno de los países más desarrollados.

La bomba demográfica en el tercer mundo está dividiendo el planeta con una profunda brecha entre países ricos y pobres. La solución no está en levantar muros y alambradas que agraven la división. La solución está en atacar la causa del problema: la superpoblación de los países más atrasados. Es responsabilidad del resto del mundo luchar por que estos países progresen económicamente y se estabilicen demográficamente. Se precisa más educación (incluida la sexual) y menos armamento, más comercio y más puestos de trabajo in situ. No seamos miopes como los contemporáneos de Maquiavelo: pensemos planetariamente, porque sólo tenemos un planeta y los destinos de la humanidad están fuertemente entrelazados: todos viajamos en la misma nave. No tratemos de encerrarnos en nuestros pequeños castillos e ignorar los problemas de nuestros semejantes. No escondamos la cabeza, como la proverbial avestruz. No volvamos a la era neandertal.

Gabriel Tortella es economista e historiador.

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