Regulación y supervisión bancaria en la era digital

La tecnología ha sido siempre una aliada de la industria financiera. Sin embargo, la nueva ola de innovación tecnológica ligada a la disrupción digital tiene implicaciones mucho más amplias para los servicios financieros. Los beneficios potenciales para el cliente —agilidad, acceso, bajos precios, diversidad en la oferta— no tienen precedente. Pero hacerlos realidad dependerá de cómo superemos los retos en cuatro frentes: infraestructuras digitales, modelos de negocio, distribución de soluciones digitales y la regulación y la supervisión del nuevo ecosistema financiero.

La revolución digital puede ser el acicate que las entidades necesitan para adaptar su modelo de negocio al difícil entorno de márgenes muy ajustados y una exigente regulación. Puede ayudar, además, a restablecer de forma sólida la confianza de sus clientes y la reputación. Si los bancos ofrecen una mejor experiencia de usuario, volverán a estar más cerca de las demandas y necesidades de sus clientes. No obstante, para satisfacer sus aspiraciones y ponerles al alcance las oportunidades de esta nueva era, la banca debe acometer toda una reinvención.

Este cambio de paradigma conlleva indudables beneficios en términos de eficiencia y efectividad a la hora de satisfacer las nuevas demandas de los nuevos consumidores digitales. El uso de la nube o el blockchain (tecnología que da soporte al bitcoin); el desarrollo de pagos o mercados de préstamos online; o los servicios de trading y asesoramiento financiero automáticos son ejemplos de nuevas funcionalidades que están afectando directamente a la cadena de valor de los bancos. Sin embargo, la tecnología no solo aporta beneficios, sino que también presenta una serie de riesgos a la estabilidad financiera, la protección del consumidor, la eficiencia y la integridad del sector financiero, que son los cuatro objetivos básicos de la regulación y la supervisión. Tal y como describo en un artículo publicado en el último número de la Revista de Estabilidad Financiera del Banco de España, los riesgos de ciberataques, protección al consumidor, continuidad operativa o fraude, entre otros, pueden tener un impacto económico significativo.

Pero quizás es más importante que generen una falta de confianza en la protección y la seguridad de las nuevas tecnologías digitales. Esta percepción negativa puede llegar a impedir su desarrollo, a pesar de que ofrecen beneficios sustanciales. Por lo tanto, es necesario desarrollar un marco regulador y de supervisión renovado que capture plenamente el potencial de la innovación digital y logre que el sistema financiero sea más resistente frente a futuras crisis. La respuesta debe descansar, por lo menos, en cuatro pilares: unas políticas bien definidas sobre control y gestión de nuevos riesgos tecnológicos en las compañías financieras; el lanzamiento de centros de innovación; la creación de ambientes seguros y supervisados para la experimentación; y la adquisición de nuevas habilidades digitales y una mentalidad colaborativa por parte de reguladores y supervisores.

La disrupción digital en el sector financiero se encuentra en una fase inicial y, a día de hoy, no plantea excesivos riesgos a la estabilidad financiera. Sin embargo, el carácter exponencial de las infraestructuras y de los nuevos modelos de negocio digitales implica que puedan convertirse en un riesgo sistémico en un período de tiempo muy corto. De esta forma, las autoridades deben enfrentarse a este proceso con las luces largas, más que las cortas.

En definitiva, todas las decisiones que los agentes públicos y privados tomen a partir de ahora en materia regulatoria, los primeros, y de modelo de negocio, los segundos, deben tener en cuenta tres principios clave. En primer lugar, el cliente debe ponerse en el centro de cualquier iniciativa para garantizar su éxito. En segundo lugar, tenemos que prestar especial atención a la aparición de retos que planteen los futuros desarrollos tecnológicos y el panorama competitivo. Y, por último, la colaboración y la comunicación entre autoridades y agentes privados es vital para sacar el máximo partido de la digitalización de las finanzas, preservando la estabilidad financiera y garantizando la adecuada protección del consumidor.

José Manuel González Páramo es consejero ejecutivo de BBVA.

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