REICHSKRISTALLNACHT

«Quería avanzar un poco en mi trabajo antes de volver a mis notas del diario. Pero entonces llegó una desgracia tras otra, puede decirse que la tragedia. Primero enfermedad, después accidente con el coche y después el affaire de los tiros de Grünspan, la persecución, desde entonces la angustia por emigrar». Quien así escribe el 22 de noviembre de 1938 es Víctor Klemperer, excusándose con su diario por haber estado semanas sin hacer su habitual anotación. «El affaire de los tiros de Grünspan…». Klemperer, judío, el célebre profesor de Filología de Dresde, escribiría años después el imprescindible libro sobre el lenguaje del nazismo «Lingua Tertii Imperium» (LTI). Sus diarios, desde 1933 a 1945, son un impresionante documento de la inverosímil supervivencia de un intelectual judío bajo el régimen hitleriano. Se refería Klemperer en su anotación del 22 de noviembre a Herschel Feibel Grynszpan o Grünspan. Era el joven judío que había acudido a la Embajada alemana en París aquel aciago 7 de noviembre, solicitando ver a un diplomático y disparando cinco veces a Ernst vom Rath, que había salido a atenderle. Grynszpan lo hizo en plena ofuscación, tras saber que su familia de origen polaco había sido deportada por las autoridades alemanas.

Trágica decisión de venganza fue la de Grynszpan. Porque le costó la vida al joven diplomático, que murió dos días más tarde. Porque habría de costar muchas más vidas. Y porque a la postre aquel arrebato puso en marcha la más brutal y cínica represalia masiva tomada por un Estado europeo en pleno siglo XX contra parte de su propia población. Fue la más calculada y organizada de las «reacciones espontáneas» imaginables. De terribles efectos. La indignación por el «crimen judío» contra el diplomático alemán fue agitada por la prensa desde el primer momento. Pero fue al saberse, en la tarde del día 9, de la muerte de Vom Rath cuando Hitler y su ministro de propaganda Joseph Goebbels tomaban las riendas.

Hitler y Goebbels se hallaban en Munich con toda la cúpula del régimen, conmemorando el frustrado golpe de Estado de 1923, el «Putsch de la cervecería» por el que Hitler y Rudolf Hess cumplieron condena. Aquel intento de golpe de Estado y los años que el Führer había pasado en el penal bávaro de Landsberg, donde escribió su obra «Mein Kampf», formaban parte de la épica hitleriana y del Partido Nacional Socialista Obrero Alemán (NSDAP). Goebbels escribió en su diario el 10 de noviembre: «Ayer: llego a la recepción del partido en el viejo ayuntamiento. Tremendo el ambiente. Le explico al Führer la situación. Decide: que sigan las manifestaciones. Retirar a la policía. Que los judíos sientan la ira del pueblo. Así debe ser. Doy órdenes de inmediato a policía y partido. Después hablo ante toda la dirección. Aplausos tempestuosos. Todos se lanzan a los teléfonos. Ahora va a actuar el pueblo. Escribo una breve circular en la que digo qué se debe hacer y qué no. Ya están las tropas de asalto cumpliendo. Aviso en Berlín (…) que hay que demoler la sinagoga de la calle Fasanen. Me responde: Un encargo de gran honor».

Por entonces anochecía. Comenzaba en toda Alemania la pesadilla en una inmensa orgía nacional de incendios y muertes, asaltos, apaleamientos y las más terribles humillaciones a la población judía del Tercer Reich. Habría de ser recordada como la Reichskristallnacht, la noche de los cristales rotos. O también, con un nombre menos equívoco, el Novemberpogrom. El 9 de noviembre, hoy, se cumplen 75 años de aquella conversación de Hitler con Goebbels en Múnich, en la que se decretó y organizó en horas el mayor pogromo de la historia. En la milenaria historia de la persecución de los judíos hubo pogromos más sangrientos. Pero ninguno de estas dimensiones, en todo el Reich, simultáneo en Graz y Danzig, en Stuttgart y Breslau, en Viena, Berlín y Hamburgo. El balance de muertos se situó, de forma aleatoria, en 91, porque muchos de los judíos detenidos aquella noche «para su protección» murieron en palizas en días siguientes. Y miles de judíos se suicidaron en las semanas siguientes, en el pánico y la desesperación de no poder salir del país por no conseguir un visado de un país de acogida. Otros muchos acabaron sus vidas en los campos de concentración y exterminio. Las sinagogas destruidas fueron cerca de 1.500 y los comercios, viviendas y demás propiedades judías asaltadas y parcial o totalmente destruidas, muchos miles. Pero las trágicas consecuencias de aquella noche van más allá de los daños de aquel salvajismo y la crueldad sádica desplegada.

Muchos historiadores ven en esta noche el punto de no retorno del régimen hitleriano en el proyecto genocida que llevaría al Holocausto. Dicen que fue la última oportunidad real de las élites alemanas para haber evitado guerra, crimen y hundimiento. Para haber derrocado al criminal y sus huestes. Y haber salvado el honor propio y de la patria. Pero también fue la última ocasión del mundo exterior para hacer un frente común contra Hitler. Y para salvar a muchos judíos. No fue así. En pocas semanas emigraron tantos judíos como en los cinco años anteriores. Pero los que no lo hicieron fue porque no consiguieron visado a ninguna parte. Y si los judíos temblaban por su vida, el pueblo alemán se hundía en su complicidad con los criminales que lo gobernaban. Como decía una nota de la policía de la ciudad de Innsbruck «para evitar más disturbios se hallan detenidos por su propio bien muchos judíos. La voluntad del Gobierno del Reich de resolver el urgente problema de estos huéspedes indeseables por medios legales, evitará que sean necesarios nuevos excesos». Atiéndase el lenguaje, la LTI que Klemperer estudió. Todos los diques de la ley, el respeto, el pudor y la compasión cayeron uno tras otro y por este orden en aquellas horas, tal día como hoy en 1938. Mil millones de marcos del imperio habrían de pagar las comunidades judías por los daños ocasionados. Desde aquella noche, nadie podía llamarse a engaño sobre la naturaleza criminal, amoral e inhumana del régimen. No es cierto que la mayoría de los alemanes participara en aquella inmensa orgía de violencia y sádica crueldad. Pero sí lo es que fueron muy pocos los que se atrevieron a defender a sus vecinos judíos. La sociedad alemana asistió así con pasividad a la consumación en su seno de una monstruosidad bárbara que todos hasta entonces habrían considerado impensable en aquella gran nación de cultura. Y confirmó tristemente la sentencia de Edmund Burke: «Para que triunfe el mal, sólo es necesario que los buenos no hagan nada».

Hermann Tertsch, periodista.

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