Relato soñado

Ha llamado la atención de la crítica, en relación a la película opus 13 de Stanley Kubrick, la sorprendente fidelidad al gran texto literario de Arthur Schnitzler (Viena, 1862-1931), Traumnovelle, traducido al español con el título de Relato soñado. Es, por lo demás, comprensible toda vez que el gran director, ya fallecido, entretuvo la idea de realizar esa película durante más de tres décadas. La novela le acompañó en su aventura de vida. Y su adaptación terminó siendo también su última película. Auténtica culminación de una de las más extraordinarias aventuras artísticas del cine, constituye, a mi modo de ver, una de sus películas mayores.

La película de Kubrick Eyes wide shut (Ojos cerrados de par en par) confirma que la mejor —o quizás la única— auténtica interpretación posible de una obra de arte es, siempre, otra obra de arte.

De pronto el relato soñado se extiende a la propia vida. Lo que ha sucedido en dos noches, o en tres días, constituye un ambiguo entrelazamiento de realidad y ficción, de sueño y vida despierta que puede servir de pauta para comprender la vida entera.

Eyes wide shut, muy mal comprendida en los tiempos de su aparición, 1999, es una de las mejores películas sobre el sexo que se han rodado. Sobre la verdad de la sexualidad, masculina y femenina, dentro y fuera del matrimonio: esa sexualidad tan reprochada al médico vienés contemporáneo de Arthur Schnitzler, Sigmund Freud, pero que fue su extraordinario golpe de genio. Todavía escuece y genera reticencias. Lo atestiguan libros mediocres que anuncian, de forma reiterativa, su crepúsculo.

La vida entera está anegada en el deseo sexual, con sus oscuros objetos y sus complicidades con el Principio de Muerte. Éste libra, en la sexualidad, una de sus grandes batallas.

¿Qué significa estar despiertos? ¿No será que al despertar despertamos dentro de un sueño? ¿No será lo que llamamos «realidad» una ficción creada y construida que invade todo lo que nos rodea, las casas llenas de arbolitos de navidad iluminados, la «Sonata café» con cortinas de luces?

Todo es un escenario onírico, de sueño y potencial pesadilla, con el esplendor navideño que supo de manera magistral recrear Stanley Kubrick en toda su fuerza visual, o como homenaje al festival kitsch que en todas las ciudades occidentales se esparce durante el potlatchnavideño, pero de modo eminente en Nueva York.

La señorial mansión de Víctor Ziegler (Sydney Pollack), en la primera gran secuencia de Eyes wide shut, constituye el mejor íncipit que puede recordarse; una puesta en escena soberbia, única, con cortinas de diminutas estrellas luminosas de punzante color dorado que acompañan las escaleras; o un imponente tapiz del mismo material luminoso que se derrama por las paredes, en una deslumbrante fiesta navideña, con Alice Harford (Nicole Kidman) embriagada de champagne, bebiendo copas medio consumidas hasta caer en brazos de un apuesto caballero húngaro que baila con ella (y que le propone sexo rápido), mientras su marido Bill Harford (Tom Cruise) coquetea con dos modelos.

En la película, todas las casas, de doctores, de jueces, de modestas prostitutas, tienen un árbol de Navidad iluminado, repleto de bolas de diferentes colores. Todo Nueva York es una ficción, especialmente en Navidad. Es un universo onírico, un escenario de ensueño, un abigarramiento de motivos kitschmagníficamente orquestados por este mago virtuoso de la cámara en movimiento que es Stanley Kubrick.

Víctor Ziegler invita a Bill, al aproximarse el final de la película, a su billar rojo. Ambos son reticentes a comentar el espacio onírico al que ambos asistieron. Víctor, seguido de su mujer, ambos enmascarados, lanza una mirada intimidante tras la máscara a Bill, que se sabe intruso de una extraña sociedad semi-secreta. Se trata de una orgía ceremonial, siempre reposada y pautada, donde Bill se encuentra como outsider, acusado y delatado, como sucede tantas veces en los sueños. Ha intentado acceder a un Gran Palacio de gente superior en jerarquía de poder y de riqueza.

«No tienes ni idea de la gente que allí estaba enmascarada» (le dice Víctor Ziegler a un escandalizado Bill). «Todo fue una farsa, un montaje, una representación urdida para intimidarte», le confiesa Víctor. «Menuda ficción la que termina con la muerte de una mujer, Mandy», a quien ya había atendido el doctor Bill en una habitación de la casa de Víctor durante la fiesta del comienzo del film. «Se la dejó en el apartamento sana y salva, pero estaba sentenciada. Era una yonqui, una prostituta a la que le quedaban horas, días, quizás meses de vida».

Sólo subsiste el sexo como única realidad que absorbe el sueño, bajo el manto de la Muerte Roja que sobrevuela la película. El sexo desvelado por la enfermedad y la muerte. El sexo siempre amenazado por el resultado seropositivo del análisis de sangre de Dominó, la prostituta callejera; por el periódico en donde Bill descubre la noticia de la muerte de Mandy, ex Miss de un concurso de belleza; por la irrupción súbita de Bill en el tanatorio, abismado ante el desnudo radical del cadáver sacado de la cámara frigorífica, a través de un incoado acercamiento, próximo al beso, del Doctor sobre el cuerpo de Mandy (al compás triste de Nubes grisesde Franz Liszt).

Esa verdad del sexo responde a la expectativa, siempre defraudada, de un erotismo onírico una y otra vez interrumpido por constantes contratiempos: camareros que se acercan, teléfonos móviles que suenan, cadáveres paternos presentes como testigos mudos de insólitas requisitorias amorosas o confesiones verdaderas que dejan para otro día la función sexual prevista.

El matrimonio de Alice y Bill se consolida en sus pruebas reales o soñadas; sigue vivo; ambos confiesan su mutuo amor. Quizás también su deseo de perpetuarse en una ampliación del núcleo familiar. Y todo ello sucede en un escenario de sueño navideño materializado: la tienda de juguetes rebosante de osos de peluche y de muñecas Barbi, con arbolitos navideños por doquier; con Helene, su hija, ávida de regalos navideños.

Esta película es un firme y valiente alegato a favor del amor y de la sexualidad conyugal, a contracorriente de modas y de moralinas progresistas. Otros films narran la desintegración de esta familia nuclear tan apasionadamente amada por Stanley Kubrick. En las antípodas de El resplandor, o de Barry Lindon, una mujer y su marido confiesan su mutuo amor al final de la película. «Lo importante es que estamos despiertos tras esta noche. Hemos logrado salir indemnes de estos episodios reales o soñados, y espero lo estemos mucho tiempo»; Bill: «Siempre»; Alice: «No uses esa palabra, que me da miedo».

Uno de los principales polos existenciales de Kubrick, su vida familiar, encuentra en esta película su más sincera y verdadera exaltación. Su familia y su cine fueron los grandes amores de este extraordinario artista al que estos meses se ha rendido homenaje en París a través de una soberbia exposición que ha relanzado sus películas en muchos foros, alzadas hasta su auténtica dimensión de obras de arte.

Eugenio Trías Sagnier, filósofo.

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