Releyendo a Marco Aurelio

Siempre que leo las «Meditaciones» de Marco Aurelio, a las que vuelvo en tiempos turbulentos, me asalta la pregunta de qué parte del pesimismo y de la obsesión por la muerte que rezuman deriva de la pesarosa vida que tocó en suerte al emperador. Como es sabido, el texto está compuesto por notas que escribió para sí mismo a lo largo de los años y recoge las pautas a las que quería ajustar su conducta. Pese a su escritura circunstancial, salvedad hecha del libro primero -por cierto, el más bello de los capítulos de agradecimiento que conozco-, apenas si contiene referencias al momento en que fueron escritas: son aforismos o reflexiones graves, formuladas en términos filosóficos. Pero hay en ellas tantas y tan reiteradas referencias al gobierno de sí mismo, a la necesidad de mantener la templanza y a actuar de acuerdo con nuestra naturaleza profunda, que se hace difícil no pensar que los acontecimientos del día a día turbaban al emperador y que su relación con el estoicismo que profesaba fue, por momentos, agónica.

Y es que, en efecto, al emperador filósofo, al «romano más noble de todos» al decir de Shakespeare, no le asistió en su vida esa compañera caprichosa que Napoleón quería para sus generales y que con tanto empeño contribuye a tejer la Historia: la suerte. Lo escribe su contemporáneo Dion Casio: «No tenía la buena suerte que merecía (…), durante todo de su reinado, estuvo implicado en distintos problemas. Por eso mismo, sin embargo, yo le admiraba todavía más: que entre las insólitas y extraordinarias dificultades lograra tanto sobrevivir él mismo como que sobreviviera el Imperio». La vida de Marco Aurelio ha sido resumida como la historia de una escisión entre el emperador y el filósofo (Stanton), pues las circunstancias obligaron al gobernante a poner continuamente a prueba sus convicciones filosóficas y morales. Se diría que lo dioses, conscientes de que el emperador se ejercitaba en el autodominio y el sentido del deber y era capaz de sobrellevar con razón las contingencias de la vida, decidieron no ahorrarle ninguna.

Uno de los sucesos que malograron su reinado y contribuirían a la decadencia del imperio romano fue la conocida como «peste antonina», esto es, la epidemia que asoló el imperio entre los años 165-180 d. C. y que tuvo proporciones geográficas -fue la primera de alcance global- y humanas hasta entonces nunca vistas. Su origen se sitúa en general en la frontera oriental del imperio -no falta quien lo ubica en China-, pero llegó a extenderse hasta la misma Britania.

Los historiadores discrepan sobre su mortalidad, pero la media sostiene que mató entre el 7 y el 10% de la población del imperio, es decir, entre tres millones y medio y cinco millones de personas. La concentración de las ciudades las hizo particularmente vulnerables; es probable que a resultas de la epidemia Roma llegara a perder hasta un cuarto de su población. Los propios emperadores fueron posiblemente víctimas de ella: lo fue desde luego Lucio Vero, que en su regreso a Roma con el ejército, tras su victoria contra los partos, difundió la enfermedad por las provincias por las que fue pasando, y, según se dice, el propio Marco Aurelio, que moriría precisamente en el año 180. Se discute también la naturaleza de la enfermedad, pero la cuidada descripción de los síntomas que nos legó Claudio Galeno ha permitido a los historiadores de la medicina identificarla como una viruela hemorrágica, de fácil contagio a través de los estornudos y la saliva.

La pandemia tuvo efectos económicos y políticos devastadores. La crisis demográfica se trasladó de inmediato a la economía. Tanto la agricultura como la minería se quedaron sin la mano de obra que necesitaban y la reducción de la producción causó la del comercio; el resultado de todo ello fue una drástica merma de la riqueza real del imperio. A esto hubo que sumar la crisis financiera del estado, pues la mengua de ingresos, no vino acompañada de una disminución del gasto sino todo lo contrario: las campañas militares en el frente del Rin y del Danubio continuaban y hubo que mantener y recomponer un ejército diezmado y maltrecho. Para paliar la situación presupuestaria, el emperador se vio en la necesidad de devaluar la moneda y subir los impuestos...

Los historiadores discuten si las políticas aplicadas por Marco Aurelio fueron o no las más adecuadas. Hay consenso en que le faltó imaginación y arrojo, en que su acendrado estoicismo -y la serena aceptación del destino que le es inherente- pudo ser un lastre para entender la complejidad de su tiempo y afrontar sus desafíos, sobre todo los de naturaleza económica. En su descargo, hay que decir que siempre actuó lo mejor que supo y que nunca faltó a la humanidad, nobleza y dignidad que se exigía como hombre. Entre las muchas disposiciones que adoptó para hacer frente a la pandemia, no olvidó el deber de honrar adecuadamente a los muertos e hizo que el erario público cargase con el entierro de los pobres. Cuando hubo que subvenir a las necesidades del ejercito, no dudó en sacar a subasta pública sus propios bienes personales: joyas, copas, vasijas y recipientes de oro y hasta vestidos de seda de su mujer, Faustina la Menor. A la hora de la muerte, los cronistas cuentan que dijo a quienes lo rodeaban desconsolados: «No lloréis por mí. Pensad en la pestilencia y la muerte de tantos otros».

No hay referencias explícitas a la peste en las «Meditaciones». Sí una implícita que compara la corrupción del cuerpo y la del alma y que quizás sugiera que las «pestes» -las pandemias en el lenguaje de nuestros días- acarrean entre sus males un tanto de miseria moral: «La corrupción del alma es una peste mucho más perniciosa que la intemperie y la insalubridad del aire. Esto es una epidemia para el animal, únicamente como animal, en tanto que la otra es la epidemia del hombre como hombre» (Libro IX, 2). Marco Aurelio dixit.

Francisco Pérez de los Cobos es catedrático de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid.

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