Religión y desarrollo sostenible

En las sociedades occidentales contemporáneas es frecuente que la religión, por influencia de la visión sesgada -e interesada- que tantas veces se transmite por medios de comunicación y redes sociales, sea vista como factor de conflicto social. Fanáticos que perpetran atentados con cuchillos, coches o bombas; varones autoritarios que obligan a sus mujeres a vestir atuendos represivos o gentes intolerantes que rechazan a quienes no acepten su monopolio de la verdad. No digo que las religiones y sus respectivas historias estén exentas de aspectos negativos, pero reducir su esencia a esos aspectos es como pensar que el melón es sólo corteza.

Incluso entre quienes aprecian la dimensión positiva de la religión como hecho social, no es raro que se centren en las tareas educativas, hospitalarias o de asistencia caritativa que llevan a cabo las instituciones de inspiración religiosa, o a la inmensa contribución histórica de las religiones al arte, la ciencia o la cultura. Hay, sin embargo, otros aspectos de la religión que suelen pasar más inadvertidos, y que son de la mayor importancia para la sensibilidad contemporánea: su papel en situaciones de crisis mundial, y su relación con lo que se ha dado en llamar desarrollo sostenible.

Respecto de lo primero, la pandemia del Covid-19 ha revelado el sentido de responsabilidad con que actúan la mayoría de las religiones, y la enorme ayuda que las instituciones religiosas pueden prestar en circunstancias de emergencia global: impulsando la solidaridad, ayudando a los más vulnerables y llegando a donde las instituciones del Estado no puede llegar, poniendo al servicio de la sociedad una ingente cantidad de centros sanitarios de inspiración religiosa, o fomentando la responsabilidad moral de las personas para no dañar a otros con conductas imprudentes.

Es desde luego claro que la religión no es sólo un hecho social ni una iniciativa de beneficencia. Para quienes tienen una determinada fe religiosa, supone el acceso a otra dimensión vital, que da sentido a la propia existencia. Para quienes no tienen fe, pero sí sensibilidad suficiente como para percibir la vertiente moral y espiritual del ser humano, la religión es una poderosa fuerza de transformación interior que define el modo de ser de las personas y los impulsa a actuar modificando su entorno. Y esa actuación -individual o colectiva- tiene gran importancia, entre otras cosas, para el desarrollo equilibrado de nuestras sociedades, incluida la preservación del ecosistema de nuestro planeta.

Ese respeto por el ecosistema es un principio que de una u otra manera suele estar presente en todas las religiones, las cuales transmiten con naturalidad algo consustancial al ser humano: la consciencia de nuestras propias limitaciones, de que no somos el ombligo del mundo y que formamos parte de un inmenso universo, sin lo cual no podemos comprender el sentido de nuestra existencia. Es algo tan elemental como frecuentemente olvidado: como escribía Carl Sagan, «somos como mariposas que revolotean por un día pero convencidas de que es para siempre». Además, especialmente en las religiones abrahámicas, por la relación entre el Dios Creador y la criatura humana, resulta lógico entender que es una obligación moral de la humanidad cuidar de la naturaleza que le ha sido confiada en depósito, y no en propiedad.

De ahí lo razonable de la decisión de la Conferencia Episcopal Española al incluir en los planes de estudio de Religión Católica en los colegios cuestiones que afectan al desarrollo sostenible desde una perspectiva cristiana, y a la importancia de encontrar puntos de convergencia con otras religiones y visiones del mundo, y con los intereses de la sociedad civil. No veo en ello desvirtuación alguna del mensaje cristiano o de la labor de la Iglesia Católica, ni me parece que los obispos quieran presentar a la religión cristiana como si fuera una ONG. Las ocasionales críticas que ha recibido esa idea recuerdan a quienes se escandalizaron cuando la Iglesia decidió tomarse en serio la justicia social a finales del siglo XIX, o la libertad de conciencia de las personas en el Concilio Vaticano II. Esas ideas no eran deformaciones del cristianismo, siempre habían formado parte del acervo de la doctrina cristiana, y en un determinado momento fueron descubiertas con particular claridad y se les dio la debida importancia.

Es significativo que las frecuentes llamadas de los tres últimos papas a un uso responsable y solidario de la naturaleza coincidan sustancialmente con los planteamientos de las grandes tradiciones religiosas acerca del cuidado de esa casa común que es nuestro planeta. Si ya en 1979 Juan Pablo II recordaba que el hombre debe actuar respecto a la naturaleza como «custodio inteligente y noble, y no como explotador o destructor» (Encíclica Redemptor hominis), palabras parecidas pueden encontrarse en las Declaraciones de Asís de 1986 sobre la humanidad y la naturaleza por parte de budistas, cristianos, hindúes, judíos y musulmanes. No es casualidad, sino expresión de que la búsqueda de espiritualidad va unida al respeto de la naturaleza y al esfuerzo por una redistribución social justa de los recursos de la tierra.

Significativa es también la atención que se ha prestado al IF20 (Interfaith Forum G20) en el marco de las reuniones del G-20 en Italia este año. El IF20 es un foro internacional surgido para recordar a los Estados miembros del G-20 que sólo es posible avanzar en los objetivos de desarrollo sostenible de la Agenda 2030 de Naciones Unidas si se impulsa la cooperación entre los Estados y los actores sociales de carácter religioso, lo cual a su vez requiere la garantía del derecho fundamental de libertad religiosa -que no es precisamente una prioridad en algunos de los Estados del G-20-. Que en la conferencia del IF20 en Bolonia, hace unas semanas, hayan participado el presidente del Gobierno italiano, Mario Draghi; el expresidente de la Comisión Europea Romano Prodi y el presidente del Parlamento Europeo, David Sassoli, entre otros, muestra que el mensaje del IF20 va teniendo eco.

Por eso resulta poco comprensible el sesgo antirreligioso de ciertas posiciones políticas en España, especialmente chocante cuando además se erigen en paladines de la defensa del ecosistema. Un Gobierno inteligente y bienintencionado, tratará siempre de contar con todas aquellas fuerzas sociales que puedan contribuir al mejor desarrollo de la sociedad. Y, aunque tenga pensamiento divergente en ciertos temas, intentará encontrar áreas en las que hay convergencia de intereses y posibilidades de colaboración. Querrá tender puentes, y no sembrar animadversión o desconfianza. Cuando esto último sucede, es la sociedad quien termina pagando la factura.

Javier Martínez-Torrón es catedrático de la Universidad Complutense de Madrid.

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