Religiones unidas frente al terrorismo

El nuevo y terrible atentado terrorista en París, aunque con contenidos y motivaciones propias, tiene el mismo origen que el anterior de hace 10 meses, también en la capital francesa, contra el semanario satírico Charlie Hebdo: el fundamentalismo religioso con el brazo ejecutor del denominado Estado Islámico (IS). Ante la clara determinación de continuar y extender estas acciones terroristas no sólo en Europa, sino también en otros lugares del mundo, es indispensable un antes y después en la lucha contra el terrorismo, porque la repetición de este atentado demuestra que se trata de acciones no aisladas sino organizadas para ser repetidas periódicamente, como una guerra santa y venganza contra lo que en cada momento se consideren ofensas contra su religión, o acciones en territorios que estimen de propiedad de su Estado Islámico, como ocurre actualmente en Oriente Próximo, principalmente en Siria e Irak.

Este tipo de terrorismo religioso que supone ya una amenaza mundial necesita para su erradicación respuestas también organizadas, no aisladas, sino coordinadas internacionalmente, lo que no se ha realizado desde el anterior atentado de París. Las acciones policiales, tanto en Europa -donde existen santuarios yihadistas en algunas comunidades musulmanas con personas que colaboran con el terrorismo-, como en el resto del mundo donde también se ha sufrido el zarpazo terrorista, son imprescindibles, coordinadamente con las correspondientes acciones militares en los territorios donde este islamismo impone su violencia religiosa con imágenes sangrientas.

Religiones unidas frente al terrorismoPor supuesto que esta coordinación debe extenderse al ámbito del ciberespacio para desarticular las redes de la ciberdelincuencia del terrorismo, ampliando los contenidos del Convenio del Consejo de Europa en este tema para aplicar una política penal común ante los cambios causados por la digitalización y la globalización de las redes informáticas y su utilización para cometer actos terroristas y transmitir informaciones con datos y sistemas informáticos a veces falsificados.

Ante este panorama, se debería vigilar la financiación del terrorismo y concretar principios relativos a la extradición y a la asistencia mutua judicial y policial. Pero estas medidas son insuficientes por sí solas partiendo de que la característica del Estado Islámico es que la guerra que libra no tiene lugar sólo en los territorios y campos de batalla sino también a través del método programado del terrorismo basado en justificaciones religiosas de guerra santa. Como ya señalaba en un lejano artículo anterior que ahora completo con nuevas precisiones, ya que este terrorismo ordena combatir a los infieles allí donde se encuentren, es imprescindible comenzar por su deslegitimación religiosa, que debe iniciarse por quienes tienen el reconocimiento de representantes máximos de las religiones mayoritarias, entre las que se encuentran el cristianismo, el judaísmo y el islam, que deberían propiciar una reunión al más alto nivel y llegar al compromiso solemne de prácticas religiosas a través únicamente de métodos pacíficos alejados de toda violencia.

Se trataría de un acuerdo público de lealtad religiosa que deslegitimaría la pretendida justificación religiosa de las acciones yihadistas, evidenciando así su simple condición de terrorismo. No cabe duda que en estos momentos, a diferencia del cristianismo y judaísmo, lo más difícil es encontrar representantes con autoridad universal en el islam con más de 1.200 millones de creyentes desperdigados en diferentes países del mundo, lo que ha llevado a diversas ramas -principalmente, chiíes y suníes- enfrentadas entre sí para conseguir ostentar la representación de la religión musulmana, y también a decisiones equivocadas del mundo occidental guiadas principalmente por intereses de predominio político y económico en sus alianzas coyunturales con distintos países musulmanes.

Pero ante el descrédito que la religión musulmana puede sufrir por las acciones del autoproclamado Estado Islámico, es indispensable encontrar a los portavoces más representativos del islam para lograr que se involucren en el compromiso de convivencia pacífica entre las naciones desde el respeto a todas las creencias religiosas. Mientras tanto, son insuficientes, aunque valiosas, las condenas del terrorismo yihadista por parte de los representantes del islam en los territorios donde se producen los actos terroristas.

El compromiso de lealtad religiosa debería corresponderse con otro de lealtad política de todos los Estados, auspiciado desde la Asamblea de Naciones Unidas, con el compromiso de actuar bajo los principios del respeto a las creencias religiosas, sin injerencias para subordinarlas a estrategias políticas como ha ocurrido frecuentemente en las diversas etapas históricas de todas las religiones y que es lo que precisamente pretende ahora el Estado Islámico golpeando al país que, con la Revolución francesa, inició la nueva era de separación de religión y Estado. Se comprende así en todo su valor la reacción de los ciudadanos franceses de responder con orgullo a las provocaciones que padecen entonando el himno nacional, La Marsellesa.

No hay que olvidar que la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 -tal vez el documento histórico más importante del reconocimiento de la dignidad de toda persona por el hecho de serlo- es lo que ha permitido ir desarrollando sus principios como base para ir acogiendo en Europa a inmigrantes de otros países del mundo desde el respeto mutuo. La muy numerosa comunidad de más de cinco millones de musulmanes en Francia es una buena muestra de ello. Es una aberración histórica e incomprensible que este contexto de tolerancia existente en los países europeos se aproveche por el fundamentalismo islámico violento para introducir caballos de Troya que buscan destruir la convivencia pacífica lograda. Ante este terrorismo religioso que afecta no sólo a los valores europeos sino también a los valores universales de la humanidad, vulnerando los derechos fundamentales, es necesario que las Naciones Unidas pongan en práctica los principios de la Declaración Universal de Derechos Humanos y el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, así como la actualización de la importante Declaración de la Asamblea General de 1981 sobre la eliminación de todas las formas de intolerancia en las religiones, tal y como se recoge en el dossier de Naciones Unidas sobre Consciencia y Libertad.

Este marco de acciones coordinadas policiales, religiosas y políticas debería completarse con el factor clave de la educación en las aulas; hace falta fomentar el respeto en todo el mundo a las diversas creencias religiosas y, al mismo tiempo, la erradicación de toda violencia. Una tarea que correspondería dirigir a la Unesco, partiendo de las diversas peculiaridades de cada región del mundo, comenzando desde Europa ante el nuevo panorama de la inmigración y continuando por los países musulmanes, donde en algunas escuelas islamistas se adoctrina para culpar a otras religiones de la maldad en el mundo, introduciendo así el germen de la confrontación y la violencia entre las diversas religiones y culturas.

También a los medios de comunicación y al periodismo, conciliando libertad de información y responsabilidad, les corresponde la formación de una opinión pública veraz sobre hechos tan graves y complejos como el terrorismo actual, que no debería impedir el desarrollo de la convivencia pacífica de las religiones que permitan, como en algunos momentos históricos, escuchar en las ciudades, al mismo tiempo, los rezos de las sinagogas, la llamada del muecín a la oración desde los minaretes de las mezquitas y el tañido de las campanas desde las iglesias.

Manuel Núñez Encabo es catedrático europeo ad personam Jean Monnet de Ciudadanía Europea (UCM) y vicepresidente primero de la Asociación de ex diputados y ex senadores de las Cortes Generales.

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