¿Renovación generacional? No, gracias

«En la eterna primavera de los desocupados han vuelto a florecer generaciones», escribió Luciano Rincón en su diario de cárcel. Un libro espléndido que Rincón tituló «Cartas cruzadas entre Paul Eluard y Teofrasto Bombasto de Hohenheim, llamado Paracelso» (1976). Es un libro amargo, irónico, lúcido y brillante que tuvo la ocasión de escribir en su última estadía por cuenta del Estado en los conocidos «hoteles» de Ocaña, Jaén y Carabanchel. En aquella ocasión, el fiscal pidió para Luciano once años de cárcel por el delito de «injurias al Jefe del Estado», en un juicio que se celebró en los primeros días de marzo de 1972. Las «injurias» estaban en una biografía «no autorizada» de Franco, así como en varios artículos en la revista «Ruedo Ibérico». Rincón fue autor también de un libro generacional: «Nuestros primeros veinticinco años», de algunas novelas y no pocos ensayos. Un escritor que debería reeditarse para solaz de quienes no pudieron leerlo entonces.

«Las generaciones sustituyen a las antiguas cofradías, hoy de capa caída» –escribía Rincón, y añadía–: «Los presos políticos no somos la generación del silencio sino los silenciados de todas las generaciones. No tenemos problemas hombres de diecisiete años, de treinta o sesenta para vivir unidos y opinar juntos. No nos diferencia demasiado el carnet de identidad sino la concepción de la vida. De mi generación somos todos aquellos que recitamos con Brecht: «La noche más larga, eterna no es”.

renovacion-generacional-no-graciasPues bien, en la política siguen, tenaces hoy, los viejos tópicos de ayer, los de «las generaciones». Se diría que, a falta de mayores precisiones en el terreno de las ideas, es preciso acogerse a la Demografía. A la Demografía y a la publicidad, que siempre requiere caras nuevas para vender cualquier producto, por muy averiado que este esté. Y es que las generaciones valen lo mismo para un roto que para un descosido.

Es posible que las nuevas ideas anden sobrevolando hasta que cristalizan, entonces suele hablarse de generaciones (término que siempre simplifica): la del 98 o la del 27. Pero los pintores impresionistas, por ejemplo, ¿pertenecían a generaciones próximas demográficamente? Es evidente que no.

La Demografía define a una generación como el conjunto de personas nacidas durante el mismo año. Algunas vivencias comunes tienen quienes comparten fechas de nacimiento, pero resulta sumamente reduccionista pretender aplicar estas categorías a la política. En ese terreno la definición de Luciano Rincón es la adecuada. Si en la política las ideas compartidas se sustituyen por la publicidad («nuevas caras») y por la moda o la trivialidad, simplemente, estamos perdidos. Y creo, pesimista, que así es.

Se reconocerá que algo de engaño encierra el hecho, por ejemplo, de que tirios y troyanos, adversarios y parciales, se pusieran de acuerdo en el año 2000 en reclamar y aplaudir un relevo generacional en el PSOE. Añosos –y nunca jubilables– voceros de la prensa y otros veteranos opinadores se juntaron para empujar y, digámoslo claro, decidir lo bueno que era aquel relevo generacional. Jubilación anticipada que fue acogida con entusiasmo por los aspirantes, hartos de mirar la lenta marcha del escalafón.

Una población cuya pirámide de edades (se estaba entonces invirtiendo) tiene pocas ventajas y muchos problemas. Entre estos últimos está el riesgo de que la proporción entre los potencialmente activos y los inactivos acabe por caer a niveles insostenibles. Y eso es lo que está pasando hoy.

Pero pasemos al campo político, y con más precisión a los partidos políticos. Estos tienen una población interna cuya pirámide se halla mucho más invertida que la del conjunto de los españoles, lo cual complica enormemente cualquier drástica renovación generacional, pues esta produce un despilfarro de recursos humanos, ya de por sí escasos, que puede llevar a la quiebra del grupo. Y eso precisamente es lo que le ha pasado al PSOE, que, para más inri, durante el «reinado» de Zapatero perdió la mitad de sus afiliados.

La capilaridad social (se asciende mucho más fácilmente dentro de un grupo pequeño) y la baja proporción de jóvenes llevan inexorablemente a una selección de élites perjudicial. Si a eso se añade el sistema de cooptación (que elige a los amigos y no a los más capacitados), pues apaga y vámonos. Un antídoto contra estos males está en la «inmigración», es decir, en el caso de los partidos, en la entrada de «nuevos militantes». Pero ¿quieren los partidos nutrirse de gente nueva? Pues no, y la explicación es tan miserable como cierta y radica, otra vez, en la capilaridad social. A quien quiere afiliarse no se le mira como una ayuda que llega, sino como un potencial competidor para cualquier cargo. Esta actitud cerrada y endogámica es suicida para el grupo, pero no lo es para el individuo… y para él lo suyo es lo único que cuenta.

Para acabar de matar el principio de «mérito y capacidad» dentro de los partidos llegó lo que se denominó en su momento «discriminación positiva», que hoy se denomina «paridad», y en su expresión más cruda «Listas de cremallera». El objetivo que buscaba tan «noble» decisión era que el 52% de la población, es decir, las mujeres, participara en la política en el mismo nivel que su presencia demográfica demandaba. Pues bien, cuando este proceso se inició el número de mujeres afiliadas al PSOE estaba en torno al 20%. Es decir, que de cada cinco afiliados al partido tan solo una era mujer. Ha pasado más de una década y el porcentaje de mujeres afiliadas no se ha movido un ápice, y es de esa nómina de donde sale la mitad de cada lista electoral.

Para concluir, emitiré un dictamen: desde los cortadores de caña en el alto Amazonas al ínclito Microsoft, no hay organización humana que sobreviva si no es capaz de utilizar con eficiencia sus recursos humanos. Pero publicidad, moda (caras jóvenes y guapas) y trivialidad unidas a la cooptación no conducen sino al despilfarro y al desastre.

Joaquín Leguina, expresidente de la Comunidad de Madrid.

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