Renovarse o desaparecer

Renovarse o desaparecer

Después de haber sido senador primero y diputado después hasta completar 27 años de escaño en las Cortes Generales, y de haber tenido el honor de ser el primer presidente democrático de la Diputación Foral o Gobierno de Navarra, en el año 2008 puse punto final a mis actividades políticas. Hace cuatro meses quité la placa de mi despacho de abogado tras más de 40 años de ejercicio. A lo que no renuncio, mientras tenga salud e inteligencia, es a mi condición de escritor. He publicado 37 libros sobre temas jurídico-forales, constitucionales, históricos y políticos. He defendido hasta la extenuación el derecho de Navarra a su propia identidad, frente a las pretensiones anexionistas del nacionalismo vasco. Me he enfrentado, sin más armas que la pluma y la palabra, al terrorismo de ETA. El 22 de diciembre de 1977, el presidente Suárez me llamó y me anunció que desde el día siguiente me pondrían escolta policial. Suelo decir que desde entonces he vivido en régimen de libertad vigilada, aunque gracias a mis ángeles custodios (Guardia Civil, Policía Nacional y Policía Foral) he podido hasta ahora salir indemne de la furia abertzale.

Viví con intensidad tanto el nacimiento de la UCD como su defunción tras el batacazo electoral de octubre de 1982. Recuerdo que calculábamos una pérdida de unos 100 escaños, pero confiábamos en mantener un grupo de 70 u 80 diputados. La realidad fue que sólo obtuvimos 12 diputados. En tales condiciones, no hubo otra opción que la disolución. ¡Cómo resuena el eco de la UCD moribunda en las paredes de Génova 13!

Tras la muerte súbita de la UCD me sumé al democristiano Partido Demócrata Popular (PDP). No quise seguir los pasos hacia el PSOE del sector socialdemócrata centrista, liderado por Francisco Fernández Ordóñez, en el que yo había militado desde antes de la muerte de Franco. En 1989, el PDP se disolvió para contribuir a la refundación del PP como único partido representativo del centroderecha español. A principios de 1990, Aznar me nombró miembro del comité ejecutivo nacional del PP. En él permanecí hasta marzo de 2008.

En el Grupo Popular, entre otros muchos asuntos (fui presidente de la Comisión Constitucional), me ocupé de la corrupción. Fui portavoz en la comisión Filesa, que puso de manifiesto el maridaje entre la gran banca y el PSOE para eludir la ley de financiación de 1987 con cantidades multimillonarias (15 millones de euros). La comisión derivó en la creación de otra nueva para estudiar la financiación de los partidos políticos. Recuerdo que en la primera comparecencia de los tesoreros de los partidos en 1995, nos pusimos de acuerdo Álvaro Lapuerta (que en paz descanse) y yo para proponer la supresión de las donaciones anónimas, por entender que arrojaban sombras de duda sobre la licitud de tales aportaciones. Nuestra propuesta sería rechazada por CiU y el PNV hasta que al fin, en el 2007, se aprobó la prohibición del anonimato de las donaciones. A lo largo de todo este tiempo, desde la tribuna de oradores proclamé con orgullo la limpieza de la financiación del PP, la insignificancia de las donaciones anónimas en su presupuesto (menos del 2%), su saneamiento financiero ya que vivía de las subvenciones públicas calculadas en función de los votos obtenidos y, por tanto, de la mayor o menor satisfacción de los electores con nuestra gestión. Por eso, cuando llegaron las primeras noticias del caso Gürtel pensé que se trataba de una campaña de difamación. Hemos conocido conductas personales claramente reprochables así como intentos de parapetarse detrás del partido en justificación de lo injustificable. Pero no es ocioso recordar que si desde 1987 hasta 2007 las donaciones anónimas eran absolutamente legales, lo que implicaba la recepción de dinero en metálico, no había ninguna necesidad de llevar una cuenta B para camuflar tales entregas que la propia ley permitía blanquear sin ningún problema y quedaban a la libre disposición del partido. De todo esto, la sentencia del magistrado progresista no dice ni una sola palabra.

Pido perdón por la extensión de estos antecedentes, pero me ha parecido conveniente refrescar la memoria de algunos y sobre todo de ilustrar a las nuevas generaciones sobre quién es el personaje que va a tener la osadía de decantarse por uno de los candidatos en las primeras elecciones primarias del partido.

Siempre entendí que guardar silencio en los órganos del partido era una actitud contraria a la lealtad debida al partido y a sus militantes. Recuerdo que en la Transición los debates internos eran extraordinariamente vivos. También los hubo en los primeros años de la refundación del PP, pero fueron apagándose con el tiempo. Y ahora da la impresión de que la lealtad a la ideología del partido y a los programas electorales ha quedado oscurecida por la lealtad incondicional al líder.

El alejamiento del día a día de la política tiene la ventaja de que las cosas se ven con mayor objetividad y, además, se conoce mejor lo que piensa la gente. A finales de 2014 me pareció que debía trasladar lo que pensaba a Mariano Rajoy. El 27 de diciembre le dirigí una carta en la que venía a decirle que por muchos logros que el Gobierno tuviera en materia económica, la corrupción nos iba a arrastrar si no conseguíamos desengancharnos de ella. Le instaba al nombramiento de sendas comisiones gestoras en Madrid y Valencia. También le expresaba la necesidad de que la secretaría general la ocupara una persona con dedicación exclusiva. Le proponía que inmediatamente después de las elecciones municipales y autonómicas de 2015 convocara un congreso extraordinario para una segunda refundación del PP, con el fin de renovar de arriba abajo los órganos de dirección y elegir democráticamente al candidato a la presidencia del Gobierno. En ese momento, el partido estaría en las mejores condiciones para decidir cuál sería la persona más idónea para la presidencia del Gobierno. No tuve respuesta. En vista de ello, extraje las ideas fundamentales y publiqué un artículo en EL MUNDO titulado El PP, por la senda de UCD (5 de junio de 2015).

Volví a la carga epistolar el 16 de febrero de 2016. Le recordaba al presidente mi carta anterior. Reproduzco un párrafo especialmente duro, pero del que no quito ni una coma: «En tales condiciones, el PP necesita una renovación de arriba abajo o, mejor aún, una nueva refundación. La gaviota chapotea en el charco de la corrupción y es incapaz de remontar el vuelo. Por eso, la única opción es, a mi juicio y al de mucha gente de buena voluntad, que antes hoy que mañana des un paso atrás y confíes esa titánica tarea a una persona o a un equipo de personas que reúnan las condiciones necesarias de integridad y prestigio para conducir el proceso. Y en cualquier caso, además de renunciar a presidir el Gobierno permitiendo un nuevo candidato del partido –elegido, no designado, en la Junta Directiva Nacional– debieras anunciar que, en el supuesto de que haya nuevas elecciones, no volverás a repetir como candidato». Tampoco tuve respuesta. En vista de ello vertí el contenido de mi carta en un nuevo artículo: Hacer mudanza, o perecer. (EL MUNDO, 10 de marzo de 2016).

SERÍAestúpido por mi parte invocar a estas alturas el «ya lo dije yo…». Agua pasada no mueve molino. Por otra parte, justo es reconocer que, aunque tardía, la retirada de Mariano Rajoy de la política ha sido ejemplar. Se ha ido del todo, ha renunciado al aforamiento y no va a vivir del erario público. Antes de irse convocó un congreso extraordinario para elegir su sucesor sin el dedazo presidencial. El partido está en condiciones de elegir libremente a su futuro líder.

Dicho esto, pienso que las cosas que le dije al entonces presidente Rajoy siguen plenamente vigentes. Por eso me irrita que cuando el Titanic popular se hunde –al parecer sin remedio– en el único sitio donde no se han enterado ha sido en el puente de mando, donde los oficiales –en este caso del sexo femenino– se pelean por sustituir al capitán en vez de solicitar voluntariamente su relevo a la vista de su manifiesta incapacidad para salvar el barco. Para colmo de males, el último gran jarro de agua fría ha sido conocer la falsedad de las cifras de afiliados reales al partido, de modo que aquella gran legión de militantes se ha quedado tan escuálida que produce sonrojo salvo en quienes debieran asumir la responsabilidad política de semejante desaguisado.

Conozco a las dos candidatas a presidir el partido, prácticamente desde el inicio de su actividad política. Valoro su carrera profesional. Si estuviéramos ante un tribunal de oposiciones a cátedra, seguramente la que fue número dos en el Gobierno se impondría en la trinca a quien ejercía el poder real en el partido, que no ha sido precisamente un dechado de organización y buen gobierno.

Pero las candidatas no han de someterse a ese trámite casi diabólico de las oposiciones en la Universidad, sino al juicio de los electores ante los que no pueden presentarse como paradigmas de la renovación. ¿Acaso no desempeñaron durante muchos años la jefatura del estado mayor del presidente, una en el Gobierno y otra en el partido? Si la moción de censura obligó a Mariano Rajoy, de golpe y porrazo, a asumir sus responsabilidades políticas en el partido, ¿cómo pueden creer sus más directas colaboradoras que están limpias de polvo y paja en una situación tan agónica?

Dicho lo anterior, el lector ya habrá adivinado por quién me decanto en las primarias. Dios me libre de ser dogmático. Pero pienso que en la hora presente la alternativa es renovarse o desaparecer. Para dirigir la renovación total del partido se necesita una persona bien preparada, con ideas claras para luchar por una sociedad libre y socialmente justa, capaz de arrastrar a la juventud, sin lastres del pasado y sin guardar ningún cadáver económico en el armario, dispuesto a reforzar el papel vertebrador de España que hasta ahora ha desempeñado el PP. En suma, una persona que reúna las condiciones necesarias para recuperar la confianza del electorado. Pienso que Pablo Casado es el indicado para esta tarea titánica. Si, por desgracia, fracasa en su empeño o no está a la altura de las circunstancias habrá que ir pensando en el epitafio del Partido Popular.

Jaime Ignacio del Burgo es jurista y escritor.

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