Repensando la inserción exterior de la economía española

La crisis ha obligado al gobierno y a la sociedad española a repensar su modelo de crecimiento.  Históricamente, y en especial durante los últimos años, el crecimiento y el empleo han venido de la demanda interna (sobre todo del consumo y de la inversión en vivienda e infraestructuras). Han estado apoyados por un boom de crédito, que se aceleró de forma sustancial con la entrada en el euro y supuso una continuada merma en la capacidad de competir de muchos productos españoles causada por la apreciación del tipo de cambio efectivo real.

Cuando el impacto de la crisis financiera internacional alcanzó Europa, las expectativas de los inversores internacionales se deterioraron y España comenzó a experimentar bruscas salidas de capital. Fue entonces cuando las vulnerabilidades de nuestro modelo de crecimiento salieron a la luz, forzando a la economía a adaptarse de forma brusca y sin contar, como en ocasiones anteriores, con la posibilidad de devaluar la moneda para facilitar el ajuste del sector exterior. Si a eso sumamos la enorme contracción fiscal procíclica que se tuvo que acometer desde 2009 para asegurar la solvencia de la deuda pública, no es difícil explicar que nos encontremos en una de las peores crisis económicas de la historia de España: todos los componentes del PIB se hundían al mismo tiempo, se abría paso una crisis bancaria y el país no podía contar con un banco central propio dispuesto a actuar como prestamista de última instancia.

Una vez que la situación parece haberse estabilizado y que el ajuste avanza a buen ritmo (en 2013 España alcanzó un superávit por cuenta corriente, lo que implica que ya no tiene necesidad de financiación externa), se pueden dibujar ciertas líneas estratégicas para el futuro.

En primer lugar es necesario adaptar la economía española a un mundo cada vez menos europeo, menos occidental y más interdependiente, incierto y competitivo. Ello exige continuar con el actual proceso de reformas estructurales, que es el único camino para aspirar a mayores niveles de crecimiento y bienestar a largo plazo, así como para recuperar tanto la imagen país como la influencia en el exterior. No se trata solo de mejorar el funcionamiento del mercado laboral y del sector financiero, ni de hacer más sostenibles las cuentas públicas, sino que también es necesario mejorar la competencia en los mercados, así como hacer una apuesta decidida por la educación, la investigación y la atracción de talento. Se trata de definir un modelo de crecimiento más intensivo en conocimiento, lo que exige repensar la interacción entre las reformas estructurales, la política industrial y la internacionalización de las empresas.

Segundo, en la medida en la que el alto nivel de endeudamiento (y por consiguiente la falta de dinamismo de la demanda interna) continuará a lo largo de los próximos años, sería recomendable potenciar todavía más el sector exterior. Más allá de que el propio proceso de devaluación interna que está atravesando la economía española vía reducción de salarios y precios está dinamizando las exportaciones, la acción exterior puede contribuir a mejorar todavía más su crecimiento. No se trata necesariamente de pasar a un modelo como el de Alemania, China o Japón, donde el sector exterior es el principal motor del crecimiento, pero los países que cuentan con un sector exterior dinámico, empresas productivas e internacionalizadas y que no tienen una excesiva dependencia de la financiación externa juegan con ventaja, especialmente en momentos de escasez de crédito y turbulencias en los mercados financieros internacionales. Más allá de exportar, hay que insertar al país en las nuevas cadenas de suministro globales, lo que supone atraer inversiones extranjeras para desarrollar nuevas ventajas comparativas. Esto supondrá un aumento simultáneo de las exportaciones y de las importaciones, es decir, de la apertura y la internacionalización de la economía. Sin dejar de reconocer que esta mayor inserción internacional expone a la economía en mayor medida a los riesgos externos, parece claro que debería ser una apuesta decidida en el actual contexto de creciente globalización económica, ya que se constata que las empresas orientadas al exterior e insertadas en las cadenas de suministro globales son más productivas, tienen un mayor tamaño (que les da acceso a mejores condiciones de financiación y les permite aprovechar mejor las economías de escala), atraen más talento y resisten mejor las crisis.

Si además tenemos en cuenta que más de dos tercios del comercio de España tiene lugar con países de la UE, que muy probablemente tendrán un crecimiento débil en el futuro, se hace necesario un esfuerzo por diversificar las exportaciones hacia los nuevos polos de crecimiento, especialmente en Asia y África. Para ello, la acción exterior es clave. Primero, porque la diplomacia comercial se está revelando como cada vez más efectiva para abrir nuevos mercados, especialmente en los países emergente donde las empresas (sobre todo las PYMES) se enfrentan a un entorno de mayor incertidumbre y cuentan con peor información, así como para lograr grandes contratos internacionales, algo que sólo está al alcance de las grandes empresas multinacionales, pero que requiere del apoyo de la alta diplomacia económica para materializarse. Segundo, porque la mejora de la marca país influye de forma decisiva en la percepción que se tiene de los productos y la tecnología españolas y el conjunto de la diplomacia pública y de la acción exterior pueden moldearla. Y, por último, porque son precisamente los países que tienen un sistema de acción exterior mejor articulado y acompañado por una inteligencia económica desarrollada los que son capaces de sacar provecho de las oportunidades económicas, así como de anticipar (y reaccionar) ante los riesgos.

En definitiva, sería deseable hacer de la necesidad virtud y aprovechar la crisis para transformar parte de la estructura productiva española mediante un giro hacia una inserción internacional basada en la atracción de inversiones que propicie un aumento de la producción de bienes y servicios comercializables, así como la participación de nuestras actividades en las cadenas globales de valor. No será tarea fácil, pero no abordar este reto no es una posibilidad..

Federico Steinberg es investigador principal de Economía y Comercio Internacional del Real Instituto Elcano y profesor de Análisis Económico de la Universidad Autónoma de Madrid.

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