Repensando los sistemas sanitarios

Seguramente nadie pone en duda que los sistemas nacionales de salud son uno de los pilares fundamentales del Estado del bienestar. Lo que ya no está tan claro es cómo se podrá garantizar su sostenibilidad. Y el debate sobre la supervivencia de la sanidad es un debate muy incómodo pero ineludible.

Recientemente nos ha llegado la noticia de que la comisión clínica de una zona de Inglaterra, el condado de York, se plantea limitar y poner condiciones a ciertos tipos de intervenciones quirúrgicas en personas con obesidad o los fumadores. En nuestro contexto, la noticia nos sorprende y choca. No estamos acostumbrados a establecer criterios sobre qué se financia y qué no se financia en sanidad. Pero pone sobre la mesa la necesidad de un debate impopular sobre quién, cómo y cuándo se establecen criterios sobre el gasto sanitario y -lo más importante quizá- sobre cómo intentar que sean lo más justos posibles.

Alguna voz utópica, en los años 50, consideraba que la universalización de la asistencia sanitaria daría lugar a una disminución progresiva del gasto, pero hoy el debate sobre la sostenibilidad y la reforma de los sistemas nacionales de salud está presente en todos los países occidentales. En las últimas décadas ha aparecido en estos sistemas de salud un desequilibrio entre la demanda y las posibilidades reales de darle una respuesta completa. Varios son los factores implicados: el aumento de la esperanza de vida y de la edad de las personas atendidas, la aparición de enfermos crónicos complejos, la alta biotecnología, el precio de los nuevos fármacos o el incremento de la demanda de atención, entre otros, han producido unas mayores necesidades de asistencia sanitaria y un aumento de costes.

La evolución biomédica y biotecnológica de las últimas décadas ha sido explosiva, tanto en procedimientos diagnósticos como en tratamientos, pero también lo ha sido su coste y riesgo. «Antes la medicina era muy segura y barata pero poco eficaz, mientras que hoy es muy eficaz pero también peligrosa y cara», resumen algunos. Corremos el riesgo de encontrarnos con unas demandas cada vez más ilimitadas y unos recursos que, a su vez, siempre serán limitados, sin poder dar respuesta a lo que sea realmente imprescindible y financiando actuaciones terriblemente caras con poca efectividad y mucho riesgo.

Es importante establecer criterios generales, y hacerlo es muy complejo. Uno de los primeros pasos es que todos, ciudadanos y profesionales, asumamos que deben existir límites. No es un tema nuevo. Daniel Callahan, bioeticista americano y pionero del tema en los años 80, ha descrito el concepto de salud sostenible. Incluye intentar evitar buscar soluciones médicas a todos los problemas de la vida, evitar intentos de aumentar continuamente la provisión de nuevas tecnologías y tratamientos (priorizando aquellos que tienen eficiencia conocida) y desconfiar de ideas utópicas y de soluciones mágicas. Y, en positivo, intentar vivir de la forma más sana posible (responsabilidad individual en la gestión de la salud) y entender que, a pesar de que la evolución médica es impresionante, somos finitos y mortales.

Se está ya introduciendo un nuevo lenguaje que todos debemos aprender: prevención cuaternaria, sobrediagnóstico, sobretratamiento, prescripción de cambios de vida terapéuticos, guías de no hacer para delimitar el impacto de las decisiones individuales en la salud colectiva teniendo en cuenta estilos y condiciones de vida como determinantes… Hay que aprender conceptos nuevos para poder llegar a un nuevo modelo, sostenible. Estamos todos implicados, profesionales y ciudadanos, en intentar encontrar consenso en estos términos. Cualquier criterio representará limitar, y este hecho provocará reacciones incómodas y críticas, pero quizá hay algo peor, que es ni siquiera plantear de forma clara y abierta el debate sobre los límites del sistema sanitario.

El bioeticista argentino José Alberto Mainetti lo ha resumido de forma magistral: «Nuestros maestros se preguntaban si la medicina era arte, ciencia o religión. Nosotros nos preguntamos si es industria, comercio o política». Seguramente la medicina es ciencia, arte, industria y política, todo junto. Esto hace que sea más imprescindible un debate abierto, en diálogo entre ciudadanos y profesionales, no solo los profesionales de la salud sino también de la ética, la antropología o la economía. Hacen falta espacios donde poder pensar y repensar.

Montserrat Esquerda, Directora del Institut Borja de Bioètica – Universitat Ramon Llull.


Le contesta Juan M. Pericàs y Joan Benach: Sostenibilidad del sistema de salud.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *