(Re)Pensar Europa

Cuando se han cumplido sesenta años de la firma de los Tratados de Roma y en plena crisis de identidad de la UE, ¿cómo no abordar los desafíos europeos de la integración entre los Estados y dentro de cada uno de ellos, y los de la democracia y la economía en un mundo tan interdependiente y cambiante? Para encarar esas cuestiones se celebró en el Vaticano, a final de octubre, una conferencia con el objetivo de «(re)pensar Europa», poniendo el foco en la contribución cristiana para el futuro del proyecto europeo. El alma mater del encuentro fue el cardenal Reinhard Marx, arzobispo de Munich-Freising y presidente de Comece (Comisión de Conferencias Episcopales de la Comunidad Europea), y el momento cumbre, el discurso del Papa Francisco, precedido de la intervención del presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, a quien tuve ocasión de agradecer su intervención en la recepción del Premio Princesa de Asturias de la Concordia. También hubo comunicaciones de otros políticos, como el vicepresidente de la Comisión, el socialista Timmermans, el irlandés Pat Cox, expresidente del Parlamento Europeo, la liberal francesa Silvie Goulard, el exprimer ministro italiano Enrico Letta o el democristiano alemán Manfred Weber. Confieso que caí en la tentación de compararlos con aquellos padres de Europa, también católicos, Adenauer, Schuman, De Gasperi o Monnet, y ya sabemos qué odiosas suelen ser las comparaciones. Además, no faltaron otras interesantes contribuciones tanto de académicos como de líderes eclesiales como el cardenal Omella o monseñor Gallagher; pero sí faltó tiempo para abordar una materia tan compleja y trascendental.

Esta vetusta región del mundo donde vive menos del 7 por ciento de la humanidad y que representa casi un cuarto del PIB mundial está hecha un lío. En los últimos años algunos fenómenos la golpean duramente en su ser y sus valores. Son situaciones harto difíciles y de altísimo potencial desestabilizador, como el terrorismo envuelto en ropajes yihadistas, totalmente antirreligioso, porque relega a Dios a mero pretexto ideológico; y el drama humanitario de cientos de miles de refugiados y migrantes forzosos que, huyendo de sus países asolados por la guerra, el hambre, la miseria, la persecución o el genocidio, buscan nuestra hospitalidad. Ha habido otros desafíos importantes, como los relativos al imperialismo ruso, pero creo que ninguno como los dos mencionados.

Sin negar las grandes conquistas de civilización, libertad, solidaridad y bienestar alcanzados por el Viejo Continente, tampoco debemos disimular las contradicciones que traen causa de nuestras incoherencias o de la era de cambio –globalización, digitalización, «rapidación»– que vivimos. A mí me impacta apreciar cómo muchos europeos del Este se sienten defraudados con los países más ricos y de más recorrido democrático. Lo he vuelto a percibir estos días en las contundentes críticas que polacos, eslovacos, húngaros… lanzan sobre el desprecio a la vida del nasciturus o el descuido de la familia y la generación de hijos. Esas cosas se las encuentran en los socios más pudientes del distinguido club en el que se las prometían muy felices, y donde, sin embargo, se sienten descolocados e incomprendidos, sobre todo cuando se les reprocha su falta de hospitalidad hacia los refugiados o sus peligrosos brotes de fanatismo anti-inmigrantes (a veces aderezado de sentimiento anti-musulmán). Con amargura explican que les es imposible acoger a refugiados cuando millones de compatriotas suyos han tenido que emigrar buscándose la vida; y es justo escucharles.

Vendría bien tomar en cuenta la llamada de Francisco a no malgastar energías construyendo por un lado lo que destruimos por el otro. Esa invitación va unida a la crítica de fondo al modo tecnocrático de hacer política y economía: «No hay ciudadanos, hay votos. No hay emigrantes, hay cuotas. No hay trabajadores, hay indicadores económicos. No hay pobres, hay umbrales de pobreza. Lo concreto de la persona humana se ha reducido así a un principio abstracto, más cómodo y tranquilizador. Se entiende la razón: las personas tienen rostros, nos obligan a asumir una responsabilidad real y “personal”; las cifras tienen que ver con razonamientos, también útiles e importantes, pero permanecerán siempre sin alma. Nos ofrecen excusas para no comprometernos, porque nunca nos llegan a tocar la propia carne».

La Europa símbolo de un ideal de progreso económico, social y político que tenía sus concreciones en el «capitalismo de rostro humano», en el Estado de bienestar y en la democracia representativa garante del pluralismo y la tolerancia, da tumbos en las aguas revueltas de las crisis, perdiendo credibilidad para muchos, sobre todo para los más jóvenes. Eso deja el campo abierto a las reacciones populistas de corte xenófobo y al juego sucio de la posverdad/posfacticidad, promocionando unos malhadados referendos como si fueran el summum de la democracia. Una de sus conquistas ha sido el Brexit, y otro intento, que Europa no puede consentir, el movimiento secesionista perpetrado en Cataluña, donde nacionalismo y populismo laboran juntos, y la manipulación de la democracia ha alcanzado cotas inimaginables.

Por eso se vuelven tan decisivos discursos como los que Francisco está dirigiendo a Europa, donde pide recuperar la capacidad de integrar, dialogar y construir una sociedad reconciliada, y anima a volver a las fuentes de la esperanza, a poner «los pies en tierra» y prestar atención a la realidad concreta, porque sin escucharla es imposible comprender las exigencias del presente ni avistar el camino de futuro. Es un realismo crítico pero esperanzado, creativo y ético, que se pone por encima de la ideología sin matar la utopía.

El Papa argentino de raíces italianas nos recordó que el autor de la Carta a Diogneto (s. II) veía a los cristianos siendo para el mundo lo que el alma es al cuerpo: estamos llamados «a dar nuevamente alma a Europa, a despertar la conciencia, no para ocupar espacios –eso sería proselitismo–, sino para animar procesos que generen nuevos dinamismos en la sociedad». Y como gran ejemplo de un cristiano que aportó alma puso al patrón san Benito, quien con el principio de la persona, creada a imagen de Dios, ayudó decisivamente a la construcción humana, cultural, religiosa y económica de un gran continente, que no es una colección de cifras, instituciones o normas que cumplir o un manual de procedimientos que seguir, sino que está hecho de personas, y el ser personas nos une a los demás, nos hace comunidad y nos obliga a pensar en el bien común.

Si los cristianos somos fieles a nuestra vocación, insuflaremos aliento vital a Europa, pero para ello no nos queda otra que escuchar de verdad el Evangelio y volver al «amor primero» (Apocalipsis 2,7), y desde él, ser «piedras vivas» de una Iglesia valiente y decidida, aunque débil y accidentada, en medio de una sociedad que mira con reticencias las injerencias que considera externas, pero que necesita desesperadamente fundamentos pre-políticos de solidaridad y ciudadanía, y altas dosis de esperanza inyectada en vena.

La Iglesia, como Europa, no es estéril, y dará fruto si acepta responder a la llamada del Señor a ser Iglesia samaritana, cercana, hospitalaria, compasiva; una Iglesia preocupada por los pobres pero también por las clases medias; por la ética coherente de la vida, la paz y la ecología integral. Desde luego, tarea no nos falta, pero ilusión, tampoco.

Julio L. Martínez, Rector de la Universidad Pontificia de Comillas ICAI-ICADE.

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