Repensar la política fiscal

O sea, volver a pensar. Actitud necesaria antes de decidir. No siempre la practicamos, y menos cuando la Unión Europea nos mete prisa para reducir el déficit, o hay que aprobar los Presupuestos. Volver a pensar, desde los principios. Porque sabemos ya mucho sobre lo que puede y no puede hacer una buena política fiscal, y sobre los daños que puede causar una política equivocada.

Los impuestos tienen que ser suficientes para financiar el nivel de gasto deseado sin necesidad de recurrir permanentemente a la deuda, y tienen que crecer de manera natural, cuando la economía crezca. Los Presupuestos tienen que estar equilibrados, en condiciones normales, y solo presentar déficit cuando se produzca una recesión, o el país sufra un shock importante, o cuando esté adaptándose a un nuevo equilibrio productivo o de gasto. Claro que podemos dejar que la deuda crezca sin límite, pero esto es mala gestión; si no es sostenible, pasará factura, aunque quizás a un Gobierno futuro.

Los impuestos deben contribuir a la eficiencia económica. Esto no quiere decir que su única finalidad sea hacer crecer el PIB, pero no deben matar la gallina de los huevos de oro, sino hacer posible un crecimiento suficiente. La idea de cobrar impuestos muy altos sobre ciertas actividades o rentas puede parecer buena a corto plazo, pero será insostenible. Y junto a la eficiencia está la equidad: los impuestos no deben gravar en demasía a ciertas rentas: un sistema injusto difícilmente ganará la aprobación de los contribuyentes.
Ahora las compras del Banco Central Europeo salvan nuestras deudas, pero debemos recuperar el control cuanto antes

Los impuestos tienen efectos sobre la conducta de la gente. Un gravamen sobre el tabaco penaliza fumar, y un impuesto sobre la renta desincentiva a trabajar más. Poco, quizás, pero lo desincentiva. Y un impuesto fuertemente progresivo puede desanimar el ahorro, la inversión, la innovación y el esfuerzo, sobre todo si se combina con generosos subsidios por no trabajar. Las cotizaciones sociales son un impuesto sobre el trabajo, y el seguro de desempleo es un premio por no trabajar; ambos son justos y eficientes, pero combinados, y en ciertas cuantías, pueden ser desastrosos. Hace tiempo un Gobierno introdujo en Francia un impuesto sobre las casas, en función del número de ventanas, probablemente porque los palacios tenían muchas. Lo que consiguió fue que la gente tapiase las ventanas y comprase velas.

Las políticas fiscales tienen efectos a corto y a largo plazo, y efectos transitorios y permanentes. Un plan para gastar más un año impulsa la economía, pero repetir el mismo plan el año que viene no vuelve a impulsar la economía, solo la mantiene; y eliminar ese impulso dará lugar a un retroceso.

El sistema fiscal español es demasiado complicado. Es lógico, porque lo hemos ido corrigiendo en el tiempo, y ahora resulta inconsistente. Deberíamos reducir la incertidumbre que causa. Por eso, aunque los impuestos y los gastos necesiten pequeños ajustes frecuentes, el planteamiento de unos y otros no debe cambiar cada dos por tres. No tiene sentido, pues, que cada nuevo Gobierno quiera llevar a cabo su reforma, y menos para usarla contra el anterior. Un ejemplo puede ser el tratamiento fiscal de las energías renovables: muchos proyectos empresariales se basaban en los ingresos fiscales, no en modelos de negocio sostenibles; cuando las subvenciones desaparecieron, el sector fue un caos.

A menudo damos mucha importancia a si nuestro nivel de gastos o de impuestos es similar o no al de nuestros vecinos, pero la composición de esas partidas es más importante que su volumen: cuánto gastamos en educación, sanidad o pensiones, en fomentar la internacionalización de las empresas o construir autovías, o qué peso tienen los impuestos sobre la renta, o los especiales. Porque, en definitiva, es ahí donde se manifiestan los objetivos del Gobierno y las preferencias de los ciudadanos.

El debate sobre austeridad sí o no es un debate político, pero no tiene mucho sentido. Lo mismo que una familia que compra un piso o tiene un accidente grave tendrá que endeudarse, es lógico que un Gobierno que se enfrenta con una crisis como la de hace unos años deba dejar que su deuda se dispare. Pero no sería lógico que la familia del ejemplo siguiese endeudándose alegremente durante décadas. Ahora las compras del Banco Central Europeo salvan nuestras deudas, pero debemos recuperar el control cuanto antes. Sí, claramente tenemos ideas sobre cómo hacer nuestra reforma fiscal.

Antonio Argandoña, profesor del IESE.

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