Repensar Madrid

Madrid no es una ciudad cualquiera. Su desarrollo se ha visto marcado, desde que Felipe II decidió ubicar en este paraje mesetario su corte de forma estable en 1561, por su condición de capital. Pensar en Madrid significa pues, hasta cierto punto, pensar en el Estado y en la articulación territorial de todo el país. A lo largo de su historia se han sucedido proyectos muy diversos para la urbe, siempre al compás de los distintos regímenes y ministerios, de administraciones a menudo contrapuestas y de una sociedad civil cada vez más compleja. Lo que ocurre en Madrid afecta, de un modo u otro, al conjunto de España, y su falta de rumbo dice mucho de la desorientación general que nos amilana.

La capitalidad madrileña escondió durante decenios una gran contradicción. Implicaba, por un lado, la voluntad de mandar, también la de acoger a las élites periféricas y a gentes que aspiraban a mejorar sus vidas, a hacer carrera en torno a los círculos gubernamentales. Pero, por otro, chocaba con una falta crónica de envergadura y pulso económico, pues en la jerarquía urbana española su posición tenía que afrontar el desafío de otra gran ciudad, pareja en población y mucho más dinámica en cuanto a su empuje industrial y cultural: Barcelona. El caso de Madrid se situaba a medio camino entre los de Londres o París, que dominaban sus respectivos panoramas nacionales, muy por delante de Manchester o Marsella; y el de Roma, pequeña y acomplejada frente a la potencia de Milán.

ENRIQUE FLORES
ENRIQUE FLORES

En realidad, la capital ha generado los múltiples recelos que despierta el poder sin tener la fuerza necesaria para imponerse. Su debilidad ha sido la de un Estado incapaz de cumplir, hasta hace medio siglo, muchas de sus funciones, desde la recaudación fiscal hasta el sostenimiento de infraestructuras y comunicaciones. Pero, a la vez, ha sufrido vituperios sin cuento: Madrid era, para sus numerosos críticos y en especial para los nacionalistas subestatales, una especie de parásito burocrático e improductivo, el foco de un centralismo insufrible y uniformizador que desecaba las posibilidades de una España heterogénea. Estas viejas imágenes, no siempre justificadas, pueden ya considerarse obsoletas, por el crecimiento de un Estado más eficaz, mucho más grande y al mismo tiempo muy descentralizado, con una capital al fin moderna. Sin embargo, los tópicos subsisten, sostenidos por políticas centralistas como la que hace confluir en sus estaciones todos los trenes de alta velocidad.

Desde comienzos del siglo XX, cabría hablar de seis o siete etapas en la evolución de Madrid. La primera combinó su carácter de escenario ceremonial —de la parafernalia monárquica, militar y parlamentaria— con las bases de un crecimiento notable, alimentado por un flujo migratorio que encontraba empleo en la construcción y en su incipiente industria de consumo. La Gran Vía, ese modesto Broadway que retrató de forma magistral Edward Baker, simboliza este periodo. Tras él vendrían —aupados sobre lomos de una clase media emergente y de trabajadores organizados en sindicatos socialistas, tan diferentes del anarcosindicalismo barcelonés— la fiesta republicana y el posterior conflicto de clases que describió Santos Juliá. Un Madrid convulso que en la Guerra Civil se convirtió en emblema de la resistencia antifascista, del No Pasarán; y que fue aplastado por una dictadura que lo consideraba sospechoso. Como ha contado Zira Box, los vencedores trataron de ahormar la capital de acuerdo con su vocación imperialista, de edificios escurialenses y formas fascistizadas. La esperanza de progreso quedó enterrada en soflamas grandilocuentes, represión y hambre de posguerra.

A partir de las décadas de 1950 y 1960, el feo desarrollismo llenó los suburbios improvisados de inmigrantes sin fin, en un despegue especulativo que hizo de la capital un polo industrial y de servicios comparable al barcelonés y que apenas ha dejado de acelerarse desde entonces, para disgusto de los catalanistas radicales, dispuestos a rebelarse antes que a aceptar la primacía, no sólo política sino también económica, madrileña. El Madrid de finales de los años setenta y comienzos de los ochenta, agitado por una Transición nada pacífica, trató de refundarse como la capital cultural de una democracia que no quería mirar atrás. Alentada desde la alcaldía por un carismático profesor socialista, la movida procuraba ocultar una crisis que aunaba paro, drogas e inseguridad. A la capital del Estado autónomo se le puso además el sombrero de una tercera administración —la comunidad autónoma, algo así como un distrito federal ampliado y no reconocido como tal— para regir una zona metropolitana desbordada. Desde entonces, la izquierda socialdemócrata, que promovió la Barcelona olímpica o la Sevilla iberoamericana, no ha encontrado un proyecto ambicioso para Madrid.

La hegemonía política del Partido Popular —instalada en el Ayuntamiento desde 1991; en la autonomía, desde 1995— ha sido tan abrumadora que, en realidad, ha alumbrado varios planes contradictorios. Poco se parecían el municipio castizo y provinciano de José María Álvarez del Manzano y sus acólitos gremiales a los sueños de grandeza de Alberto Ruiz-Gallardón, implantados primero desde la Comunidad y luego desde el Consistorio, que sus excavadoras terminaron por hundir en una deuda gigantesca que llevará generaciones saldar. Los Juegos Olímpicos habrían puesto la guinda a estas desmesuradas operaciones. Sin embargo, los guiños cosmopolitas convivieron con un neoespañolismo antipático, al modo aznariano, que sembraba las plazas de inmensas banderas y conmemoraba las glorias patrias. Al mismo tiempo, Madrid ha servido de moneda de cambio para políticos que viajan del Gobierno estatal a sus instituciones, y viceversa. Un patrón agotado.

Ahora sabemos que este dominio conservador conllevaba un proteico entramado de corrupción. Con la excusa de privatizar y liberalizar, los medios afines se han enriquecido a la sombra de Esperanza Aguirre y de sus hombres de confianza. Uno ha entrado en la misma cárcel que había inaugurado como consejero, y el otro preside aún la Comunidad. Su mandato infló el seudoliberalismo clientelista y paralegal que representan el descontrol de Caja Madrid, la propaganda televisiva o los castillos en el aire de Eurovegas.

La herencia popular deja servicios públicos bajo mínimos: en la Comunidad, la salud a medio gas, el rescate de la enseñanza privada a cargo del contribuyente y el estrangulamiento de las universidades; en la alcaldía, tan tolerante con el ruido, mediocridad y mucha basura sin recoger. La suma de todos… los despropósitos. Eso sí, la economía capitalina se ha diversificado y, a pesar de todo, acumula núcleos financieros y empresariales, de conocimiento e innovación que han dejado atrás a sus rivales y que le han permitido, por vez primera, encabezar con claridad la red urbana española.

La montaña rusa electoral de 2015 ofrece la oportunidad de repensar Madrid. Los nuevos proyectos deberían aprovechar el talento reunido y cimentarse en la principal fortaleza que posee: una vida social y cultural vibrante, que pese a los golpes de la recesión mantiene un buen tono. Los madrileños han sido capaces de asimilar oleadas migratorias procedentes no ya del resto de España sino de decenas de países; de presumir de tolerancia hacia su población multicultural, sin responder con ataques xenófobos a atentados horrendos; y hacia la comunidad homosexual, que ha convertido un barrio degradado como Chueca en un modelo internacional. Las mareas en defensa de la sanidad y de la educación públicas han frenado su deterioro, mientras los indignados del 15-M, contra todo pronóstico, daban una lección de civismo. En la Puerta del Sol, bajo los balcones del palacio aguirrista, no hablaban de algaradas violentas sino de representación democrática.

Algunas de las propuestas de reforma del panorama político nacional han nacido en Madrid; otras se han aclimatado de inmediato. Sus energías pueden crear una centralidad distinta, con una fuerza centrípeta basada no en la imposición sino en el atractivo de una ciudad que sea a la vez una capital abierta y un espacio cívico habitable para sus vecinos.

Javier Moreno Luzón es catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid.

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