¿Reprogramar la naturaleza humana?

En Asilomar, en la costa central californiana, se debatió en febrero de 1975 acerca de una nueva tecnología, la Ingeniería Genética, que hacía posible la modificación dirigida y controlada del programa genético de los seres vivos. Investigadores junto con juristas, médicos y otros expertos analizaron los peligros que podían derivarse de esta experimentación para proponer medidas para prevenirlos. Se había anticipado que la modificación del programa genético de las células podría alcanzar a las células humanas, incluso las germinales, y que la sociedad habría de tomar decisiones acerca del empleo de estas técnicas. Estaba en juego –por primera vez en el historia– la capacidad de redirigir la evolución biológica, incluso de cambiar la naturaleza humana.

Pronto llegarían las «factorías celulares» que permiten, por ejemplo, producir industrialmente, en cantidades ilimitadas, insulina, hormona de crecimiento, factores de coagulación, anticuerpos humanos, y otras docenas de proteínas que alimentan el arsenal de productos farmacéuticos más novedoso del que vamos disponiendo. También se han podido modificar circuitos genéticos enteros, culminando en 2006 cuando el japonés Shimya Yamanaka reprogramó células humanas adultas, de distintos órganos y tejidos, que se comportan como células madre embrionarias. Un paso fundamental para la Medicina Regenerativa que aspira a corregir la degeneración patológica con células de repuesto.

Pero la pregunta en la que ya estamos es si cabe pensar en la reprogramación del ser humano, produciendo una modificación profunda de nuestra naturaleza, a través de lo que algunos proponen como transevolución o transhumanización. El filósofo alemán Sloterdij postula abiertamente la transformación técnica de la naturaleza humana «para acabar con una situación de embrutecimiento de la especie, a la que los maestros son incapaces de domesticar». El científico y pensador Edward Wilson afirma que «la humanidad alcanzará una posición deiforme para tomar el control de su propio destino último».

Ante estas proposiciones surgen reservas éticas, por el rechazo que suscita el que alguien se arrogue la facultad de dominar la naturaleza humana, decidiendo sobre el destino biológico de sus semejantes. Igualmente se pueden plantear dudas sobre la factibilidad de tales planteamientos. La pregunta de cómo podemos diseñar y generar seres humanos, programados de una determinada forma, no parece tener hoy una respuesta, pero ya Habermas nos advierte sobre lo que supondría la «persona programada genéticamente», al señalar el impacto que todo ello tiene en la autocomprensión de la propia existencia.

En un reciente libro sobre la naturaleza y futuro del hombre, el profesor Andrés Moya reflexiona sobre determinados planteamientos fáusticos, que proponen modificar la naturaleza humana en busca de logros portentosos. Sería como vender el alma al diablo en una aventura sin otros controles que «el vamos a ver qué pasa». Desde ahí, aboga por el camino más equilibrado y razonable de una Ciencia prometeica, el de proseguir avanzando en el conocimiento, profundizando en el análisis racional para entender lo que nos queda por saber de la fenomenología biológica y así poder optar a «poner el futuro en nuestras manos».

En esta situación resulta imprescindible considerar al hombre desde una perspectiva moral. El progreso ha llevado al ser humano a establecer el valor de todos y cada uno de quienes integramos la especie. Ese futuro que, efectivamente puede estar en nuestras manos, ha de estar basado en una valoración adecuada de lo que representa la vida del hombre, entendida como la de todos y cada uno de quienes integramos la especie.

El filósofo alemán Von Herder, que vivió con anterioridad a Darwin, habló del hombre como primer liberado de la creación. ¿Puede esta visión ser compatible con la idea científica del hombre como parte del devenir evolutivo? A mi juicio sí. La ciencia muestra cómo la naturaleza biológica del hombre encaja en el conjunto de lo vivo, con su organización evolutiva. Pero también es obvio que en el fenómeno humano a la evolución biológica se añade la «evolución cultural», superpuesta a la herencia biológica. Aquí podríamos situar la provocadora formulación de Von Herder. Como señala Gabriel Amengual, si somos resultado de un proceso natural, un devenir evolutivo gobernado por unas leyes naturales, eso es sólo punto de partida, que no obliga a renunciar a la tensión característica de lo humano.

La cosmovisión que adoptemos está naturalmente en profunda relación con nuestra autocomprensión, es decir cómo entendemos nuestra propia existencia, aquí y ahora. Y a día de hoy las aportaciones de la Ciencia representan un punto de referencia para esa comprensión de nuestra propia existencia. Un punto de vista sobre el que construir esa visión profundamente humana, y dar el salto a lo mejor de nuestra valoración. Proponer que la vida humana es el valor de referencia, la vida que se hace real en cada uno de nosotros, desde el inicio hasta el final de la existencia, representa una formulación en la que está el verdadero progreso.

César Nombela, rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

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