Repsol y el populismo

A raíz de la expropiación de las acciones de Repsol que formaban parte del capital de la empresa petrolera YPF, se ha dicho que la presidenta argentina, Cristina Fernández, siguiendo una tradición que arranca por lo menos de Perón y Evita en los años cuarenta del siglo pasado, tiene un estilo de gobernar populista. Pero ¿qué es ser populista?

La respuesta no es fácil. Doctrinalmente la noción es discutida. Además, por un lado hay muchos tipos de populismo, a derecha e izquierda del espectro ideológico; y por otro lado también hay muchos grados de populismo; casi todos los gobernantes actuales lo son en alguna medida. Sin embargo, cuando se dice que la presidenta de Argentina es populista se quiere indicar que, por esa y otras medidas, por su estilo de gobierno en general, este rasgo es básico en su modo de hacer política. Pero respondamos a la pregunta, intentemos descifrar qué es el populismo, este enigmático concepto.

A mi modo de ver, un régimen político es populista cuando su más alta instancia de poder dice asumir y encarnar la auténtica voluntad del pueblo, pero tiende a prescindir de la división de poderes y a subestimar la representación política. Así, el populismo es una forma más o menos degenerada de democracia liberal que, según su grado de intensidad, puede acabar en su negación.

Como es sabido, la división de poderes y la representación política forman parte del núcleo básico de una democracia liberal. Ello significa que el pueblo, como titular de la soberanía, es el poder -constituyente- que elabora y aprueba una Constitución, la cual declara los derechos fundamentales, crea los poderes constituidos y les asigna competencias para que garanticen debidamente los derechos de los ciudadanos. Los poderes constituidos, a su vez, son los órganos que desempeñan las funciones legislativas, ejecutivas y judiciales del Estado a través de leyes, reglamentos, actos administrativos y sentencias. El objeto de esta división de los poderes constituidos es impedir la concentración de todos ellos en un solo poder mediante un reparto de sus competencias y el establecimiento de controles mutuos que tiendan a equilibrarlos. Por su lado, la legitimidad democrática, de origen o de ejercicio, de estos poderes constituidos se fundamenta en el principio de representación política basada en elecciones libres.

Pues bien, en un sistema populista la representación política se establece, primero mediante elecciones, pero después, y de forma primordial, a través de la relación directa pueblo/líder, entendiendo por pueblo no el conjunto de ciudadanos individuales sino un todo mítico en el que la minoría queda englobada en la mayoría. Así, los populistas suelen hablar siempre de nación o pueblo como una unidad y no como una pluralidad. Dicen, por ejemplo, “la voluntad de Argentina”, en lugar de “la voluntad del Gobierno argentino”: la mayoría no respeta, simbólicamente, la discrepancia de la minoría.

Además, el poder no se divide y se concentra en un líder máximo carismático que goza de la confianza del pueblo a través de un acto más basado en la fe que en la razón y sin apenas control por parte de los demás poderes públicos. El discurso de este líder suele estar basado en grandes palabras vacías de contenido que apelan apasionadamente a las emociones colectivas más primarias: por un lado, a la defensa de una patria idealizada y una soberanía nacional abstracta; por otro, a los enemigos interiores y exteriores de esa patria, sean estos los imperialistas, burgueses, obreros, judíos, islamistas, masones, rojos, separatistas o liberales. A su vez, los instrumentos preferidos del populismo son las movilizaciones y concentraciones masivas, los plebiscitos y los referéndums; no las elecciones y los parlamentos, procedimientos propios de la democracia representativa.

Esta concentración de poder origina una evidente tendencia hacia el autoritarismo: ningún otro poder frena al Poder. No es el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo, sino el gobierno del líder, presumiblemente para el pueblo y, desde luego, sin el pueblo. Sin controles, la condición humana tiende al propio beneficio: la corrupción acaba sabiéndose. Además, a pesar de invocar siempre el amor a su pueblo para lograr mantenerse en el poder, a corto, medio y largo plazo el populismo siempre acaba perjudicando los intereses del pueblo que tanto dice defender: hay ejemplos mil.

En la mayoría de los casos, el populismo surge por el mal funcionamiento de la democracia liberal. Argentina es uno de estos casos: sus principales tradiciones políticas en el último siglo han sido el peronismo y el militarismo, y los periodos de democracia liberal muy escasos. Todo país tiene derecho a sus recursos naturales, especialmente a los de su subsuelo. No sé si la compañía nacionalizada el pasado lunes podrá explotar estos recursos con un mayor beneficio para los argentinos de lo que antes lo hacía cuando estaba controlada por Repsol. Si estos beneficios son menores, como es muy probable, Cristina Fernández habrá demostrado ser, políticamente, una gobernante populista.

Francesc de Carreras, catedrático de Derecho Constitucional de la UAB.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *