Réquiem por la Constitución

Réquiem por la Constitución

En este 42º aniversario de la Constitución, en el que más que celebrarse su natalicio parecen oficiarse sus exequias a cargo de los enterradores de la mayoría Frankenstein que se ha adueñado del destino de España por obra y gracia de quien quiere mantenerse en el poder a costa de lo que fuere menester, cobra sentido un «cuentecillo» (así lo llamaba con la calidez del diminutivo) del que echaba mano el gran historiador Antonio Domínguez Ortiz, ejemplo y vitola de los grandes catedráticos de instituto que barrió la Logse con su igualitarismo estúpido. El protagonista era un escultor al que le entregaron un tronco de la mejor traza para que tallara la imagen de San Cristóbal y su torpe manejo del escoplo redujo a una diminuta mano de un mortero. Como va camino de acaecer, sin duda, con la Carta Magna y con la historia de España.

Por eso, Domínguez Ortiz aconsejaba usar el retrovisor de la historia para no incurrir en los errores del ayer. Así lo expuso en su España, tres milenios de historia que, como testamento, publicó antes de su adiós con 93 años. Asomado a la Cartuja granadina, le preocupaba cómo los distintos gobiernos abandonaban la interpretación de la historia común y la guía de la Constitución en manos de fuerzas nacionalistas hoy secesionistas que, merced a un sistema electoral que las sobrerrepresenta, devastaban la una y la otra. No por impericia de artesano, sino por empeño destructor.

Lo cierto es que el mismo partido o quizá mejor, las mismas siglas que se pavoneaba hace 14 años de haber «cepillado» unos estatutos con carices de constituciones soberanas, como el plan Ibarretxe y el estatut de Maragall, y que abanderó la Carta Magna auspiciando rotular plazas y calles con el nombre de ésta, en sintonía con la iniciativa del diputado catalán Antonio Capmany tras votarse la Constitución de Cádiz, facilita ahora el «cepillado» de la Ley de Leyes. Lo hace, a instancias de prestamistas que se cobran intereses de usureros, mediante fórmulas habilitantes que socaban esta norma normanorum y que abren el portillo a la reposición de proyectos estatuyentes. Es el tributo, junto a otros pagos en especie, de Sánchez a neococomunistas, separatistas y bilduetarras el tripartito de la moción de censura de 2017 de Iglesias contra Rajoy después de recabar el voto negando que suscribiría tal trato.

A diferencia de otros lares, donde el perjurio es causa de reprobación, aquí la mentira reina vigorosa sin que penalice ni cause escarmiento como el que le produjo a unos mercaderes venecianos petrificados y transformados en estatuas por engañar a una viuda a la que embaucaron con paños de mala calidad después de insistirle en «que el Señor convierta mi mano en una piedra en el acto, si lo que digo no es verdad». Y a fe que así ocurrió. En cambio, aquí, tras ocultar sus propósitos como el felón de Fernando VII que juró a regañadientes la constitución doceañista –«Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional» para luego abjurar y entronizarse monarca absolutista, Sánchez reniega de la Ley Suprema que prometió respetar y hacer respetar, junto a su gobierno de cohabitación socialcomunista, para granjearse a esa hornada de diputados que se vanaglorian de no acatarla y de no querer ser españoles. Después de efectuar intentos de golpe de Estado como el del 1-O de 2017 en Cataluña o desestabilizar durante lustros la democracia española con bombas y atentados, buscan revertir las condenas por rebelión con medidas de gracia o con acercamientos a prisiones vascas de los asesinos de ETA.

Al tiempo, reclaman que Felipe VI se disculpe por su valiente defensa de la Constitución que hizo el 3 de octubre de 2017, como su padre con ocasión del golpe militar del 23-F de 1981, para volver a ser dicen farisaicamente el «Rey de todos», cuando lo que pretenden, en realidad, es que lo sea de nadie y de nada. Son esos valientes patriotas que jalea Sánchez y que, como en el drama de Shakespeare sobre Ricardo III, haría exclamar nuevamente a la madre del tirano: «¡Tú has venido a la tierra para hacer de ella un infierno!».

Echando la vista atrás, el constitucionalismo del PSOE, tras su deriva emprendida en Cataluña en 2003 y formalizada en el Pacto del Tinell que hizo president a Maragall con el voto de ERC, con la subsiguiente reforma estatutaria que nadie creyó necesaria y que Pujol desdeñó, vocalizó su canto del cisne en abril de 2006 por medio de Alfonso Guerra. Beneficiándose de su circunstancial protagonismo como presidente de la comisión constitucional que tramitó el plan soberanista de Ibarretxe y de su réplica catalana, se jactó en Bilbao, en un cónclave de jóvenes socialistas, entre el delirio de la concurrencia, de que «nos hemos cepillado para que nos vamos a andar con eufemismos, coño el estatut en la comisión y el otro [el plan Ibarretxe] antes de entrar en ella» por «infumables». Gloria pasajera de quien hogaño no cesa de lamentarse del extravío actual de un partido que quiso domesticar al nacionalismo engordándolo y que luego, tras absorber a los grupúsculos de la extinta Federación de Partidos Socialistas, se ha descosido tirando de la hebra de ese grupo sin votantes que era el PSC antes de fusionarse con el PSOE y que usó el tirón electoral de González para hacer políticas contra esos votantes hasta forzar su inmersión nacionalista y eliminar el español como lengua vehicular de la enseñanza en Cataluña.

Con Maragall y el PSC como adelantados de un proceso puesto en marcha por ERC con el apoyo de ETA tras el pacto de Carod-Rovira con la banda terrorista en Perpiñán, el PSOE del Bambi Zapatero echó las semillas del desorden constitucional que ha cultivado los frutos podridos que cosecha la mayoría Frankenstein con el beneplácito de Sánchez. A este respecto, tratando de sacar pecho con la aprobación de los presupuestos y de cómo podrá disponer de Falcon tres años más, éste saca la chepa de ser un gobernante hipotecado con el aval de un Estado al que compromete en su viabilidad e integridad.

Con terminología propia del nacionalismo vasco y catalán, los denominados «Presupuestos de país», en los que España no dejaría de ser una parte más, son cuentos más que cuentas, dada su insostenibilidad financiera y sus desvaríos contables. Pero, por contra, sí cifran un cambio de régimen que, mediante el reconocimiento tácito del supuesto derecho de autodeterminación con el marbete de una España plurinacional, haga ineludible su desmembramiento. Ello augura una larga perdurabilidad al pacto de legislatura.

No se les escapa a sus socios que Sánchez, dada su teórica adscripción socialdemócrata, es un buen mascarón de proa para navegar con más facilidad hacia la independencia. Bien a través de divorcios de terciopelo como en Checoslovaquia, sin consultar a checos y eslovacos, o bien abruptos como en Yugoslavia, desatando un odio mutuo que haga inevitable la rotura al sentirse irreconciliables los unos con los otros.

La ruptura en marcha, ya experimentada en otros pagos, ejemplifica cómo la democracia puede ser abatida desde dentro por quienes sólo creen en ella como exclusivo instrumento para asaltarla y luego aniquilar sus instituciones procurando mantener la fachada para tranquilidad de la ciudadanía y conformidad de que el imperio de la ley sigue incólume. De ahí que Sánchez se ufane de que «este Gobierno cumple con la Constitución, del primero al último de sus artículos», a la par que reprocha a la oposición que la incumpla a diferencia de Podemos. Con amnesia voluntaria, olvida que Iglesias reclama «un proceso constituyente para romper el candado» de una Constitución que «no representa al pueblo español», como se percató ETA desde primera hora, según afirmó en una herriko taberna pamplonica.

De hecho, con su declaración unilateral de independencia por medio de la ley de transitoriedad jurídica, el procés fue un ensayo que ahora sus promotores quieren reeditar en el conjunto de España, de modo que lo que no cuajó desde el Palacio de la Generalitat pueda serlo desde La Moncloa. Ello con la inconsciencia clamorosa de un presidente y de unos aprendices de brujo que, frívolamente, juegan con el futuro de España, como si fuera un entretenido videojuego, en la sala de guerra del complejo gubernamental.

Entre tanto, como han hecho costumbre Chávez y Maduro, se organiza una gran polvareda a propósito de unas extravagantes charlas de chat de militares jubilados que dan rienda suelta a su cólera de españoles sentados, que diría Lope de Vega, para desviar la atención y, de paso, Iglesias señale a otra de las ministras del Gobierno, Margarita Robles, con la que se las tiene tiesas. Este modo de hinchar el perro llama la atención sobre la gravedad del proceso que se quiere esconder.

Como ilustra la historia, muchas constituciones han sido vaciadas o adulteradas con leyes habilitantes, como las que le imponen sus socios a Sánchez, y que derogaron la República de Weimar en Alemania dejando el camino expedito a Hitler o anularon el «estatuto Albertino» para que Mussolini estableciera su dictadura. Por no referirse a las repúblicas bolivarianas en las que Podemos se forjó, copió sus siglas del partido «Por la Democracia Social» y se sufragó para implantarse en España y poner pie en Europa. Ello hace incomprensible una división cainita de la oposición que adquirió tintes estrambóticos en la votación de presupuestos. Con la mayoría Frankenstein cercándolos y acelerando la demolición del orden constitucional que les eternice en el poder, PP, Cs y Vox se dedicaron a picotearse entre sí como estúpidas avestruces.

Cuando Guerra prometió que la llegada del PSOE al Gobierno en 1982 obraría tales portentos que a España no la reconocería ni la madre que la parió, no imaginó hasta qué punto y en qué dirección. Por eso, al verlo sonriente en la portada de EL MUNDO del jueves aplaudiendo a su vicepresidente Iglesias por los apoyos recabados para el trienio iliberal que aguarda a esta desventurada España, mientras éste hacía gestos de reverencia y agradecimiento de primer actor, Sánchez evoca a la risueña dama de Riga del relato de Rudyard Kipling que salió a darse una vuelta a lomos de un tigre concluyendo el paseo con la señora en el vientre de la satisfecha fiera. La faz de ese tigre tendría hoy los rasgos de cualquiera de los rostros más reconocibles de ese tripartito que marca la gobernación del país al que quiere destruir.

Mientras se entona el réquiem por la vigente Constitución, sin darle vela al pueblo soberano, ésta queda reducida a mano de mortero como el tronco que se depositó al modelador para que sacara la talla de San Cristóbal. Quizá sea lo que ambicionen quienes querrían usar esa maja para darle el último golpe al régimen de 1978 propiciando el retorno a dolorosas encrucijadas. Será un réquiem, en cualquier caso, por todos y cada uno de nosotros al finiquitar el mayor y mejor periodo de bienestar y libertad en esta España con tres milenios de historia.

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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