¿Réquiem por lo que fue un momento de esperanza?

Alberto Oliart ha sido ministro de Industria y Energía y de Sanidad y Seguridad Social con Adolfo Suárez y ministro de Defensa con Leopoldo Calvo Sotelo (EL PAIS, 22/01/05).

Algo se movía en el País Vasco entre los días 14 de noviembre pasado y el 15, 16 y 17 de diciembre, cuando Otegi decía en Anoeta que él, ellos, elegían la vía política y democrática; o que abogaba por la apertura de un diálogo en el que participaran todas las fuerzas políticas “nacionalistas y no nacionalistas”; cuando supimos que había enviado una carta al presidente del Gobierno pidiéndole la apertura de un diálogo para poner fin a lo que él llama el “conflicto vasco”. Cuando el día 15, Rodríguez Zapatero en San Sebastián pronunciaba uno de los más sólidos y densos discursos democráticos, abriendo caminos de entendimiento para todos si cesaba “el ruido de las bombas y de las pistolas” y decía que “la esperanza en Euskadi ha comenzado”. Cuando a continuación se producía el comunicado de ETA en el diario Berria apoyando la declaración de Otegi en Anoeta, y delegando en la ilegalizada Batasuna la negociación política con el Gobierno, accediendo por primera vez a no ser el interlocutor político; y añadiendo que las dos bases del proceso de diálogo y negociación tenían que ser: “El respeto a los derechos básicos del pueblo vasco” y, para el futuro, “garantizar que Euskal Herria pueda defender todas las opciones”. Y además, todo ello con el precedente de la carta que el tristemente famoso Pakito y otros cuatro presos etarras, escrita en agosto y conocida en octubre, pedían el cese de la lucha armada y que ETA se decidiera por la vía política.

Las ansias de paz de tantos y tantos ciudadanos, con todos estos antecedentes, estallaron, con todas las cautelas que se quieran, pero con la casi convicción de que ETA iba a anunciar una tregua quizá definitiva y que empezaba un tiempo de esperanza en Euskadi y en toda España.

Es cierto que el Gobierno ratificaba lo dicho por el presidente y, por boca de Jordi Sevilla, decía que el único mensaje de ETA posible era el de la entrega de las armas. Es cierto que casi todos, los mismos que sonreían al decirlo, advertían contra un exceso de optimismo recordando los antecedentes de negociaciones y treguas anteriores. Sin embargo, fueron días traspasados por el rayo de la esperanza.

Y todo se ensombreció de nuevo cuando el día 18 a primera hora de la tarde estallaba un coche bomba en Getxo. Unas horas antes Otegi decía que el conflicto continuaba.

Preguntarse el porqué de este cambio, tratándose de ETA, no pasa de ser un ejercicio de análisis en el que cada conclusión puede ser tan cierta como falsa. Puede ser que ETA haya querido demostrar, antes de cualquier otro movimiento, que tiene capacidad y fuerza para cometer mortíferos atentados terroristas, y estar así en una posición de fuerza para cualquier evento. Puede ser que, como otras muchas veces, el ala más radical e intransigente haya impuesto su criterio. Puede ser por la decisión de un fiscal de la Audiencia Nacional de pedir el procesamiento de toda la Mesa que fue de Herri Batasuna e instar al fiscal competente a proceder contra los que eran aforados, por los indicios del sumario que Garzón estaba instruyendo y que, si no me equivoco, estaba paralizado desde hacía dos años, quizá, como consecuencia de la ilegalización de Batasuna. Puede ser por todo o por razones y motivos distintos. Pero la explosión del coche bomba ha hecho estallar los peores recuerdos y parece haber dado la razón a los que sostuvieron siempre que con ETA no cabe más que la acción policial, y aplicar la ley con rigor a todo su entramado político, financiero o mediático.

Es verdad que tanto Ibarretxe como Otegi han salido diciendo que ETA en esta ocasión no quería matar. Pero cuando explotan cuarenta o setenta kilos de dinamita o de amonal, la muerte anda mezclada con el azar y no depende de que los autores quieran matar o no matar.

La esperanza de aquel momento ha quedado malherida por la explosión.

Sin embargo, era cierto que algo se estaba moviendo en el País Vasco y que también algo se ha movido en lo que fue Herri Batasuna y en la misma ETA. Ni Pakito ni los otros firmantes de la carta pidiendo el cese de la lucha armada han rectificado lo que dijeron, por lo menos hasta ahora, y ETA y su entramado continúan acelerando su debilidad y su aislamiento, siguiendo un camino que no lleva a ninguna parte.

Dice Ernest Bloch de la esperanza que: “Su labor no ceja, está enamorada del triunfo. La esperanza, situada sobre el miedo, no es pasiva como éste, ni, menos aún, está encerrada en un anonadamiento”.

No hemos dicho nunca que la paz sea fácil; ni que sea fácil superar todos los odios que laten en la tierra vasca, ni el largo miedo de tantos años, ni el recuerdo sangrante de las víctimas, ni que sea fácil, sobre todo, abrir los duros hierros del fanatismo. Larga ha sido la noche cerrada del terrorismo etarra.

Pero la esperanza no ceja. La inmensa mayoría de ciudadanos queremos que, con todas las posibilidades abiertas por nuestra democracia, dentro de nuestra Constitución garante de la libertad presente y futura de todos, de sus autonomías, encuentre nuestro País Vasco, nuestra Euskadi, la paz que será la paz de todos. El proceso será largo, con avances y retrocesos amargos hasta que ETA rinda las armas y los nacionalistas acepten, no tanto el peso del pasado común, sino el del futuro. Pero la esperanza no ceja; seguiremos esperando.