Rescatando a los sindicatos

Los sindicatos de Europa han reducido su afiliación un 30% en los últimos diez años. En su día, creyeron que el trabajo industrial sería el definitivo y no quisieron entrar en contacto con realidades que no sabían abordar. Obviaron que con la industria nacían los servicios y un tipo de trabajador no obrero distinto: administrativo cualificado, mando intermedio universitario, mujer emancipada, ejecutivo no galáctico, autónomo… Todos con una lección aprendida: su futuro dependería más de sus competencias que de la lucha sindical. Pero, sobre todo, lo que no han querido ver en España –donde las cosas les han ido aún peor– es que su falta de flexibilidad laboral nos ha llevado a un paro del 25%. Y, por si fuera poco, la puntilla se la ha dado el movimiento 15-M constatando que las centrales sindicales no se percibían por la ciudadanía como interlocutoras eficaces del Gobierno.

Vamos a hacer recuento: si la juventud no quiere a los sindicatos porque estos han pasado de ellos; si no se vislumbra una sola mujer en su cúpula; si los autónomos, como dicen, huelen a empresarios; si los obreros por necesidad se vuelven emprendedores; si como es sabido los viejos sindicalistas de pelo en pecho se refieren a los homosexuales como «maricones»; si a los que más horas ocupan, que sin lugar a dudas son los ejecutivos, no les consideran trabajadores; si los fondos de los jubilados huyen de ellos y optan por invertir en las empresas, haciéndose indirectamente capitalistas; y si al Estado, su gran benefactor, lo muelen a huelgas, es que esta institución otrora exitosa se está quedando sin clientes. Podemos elucubrar con que siguen siendo necesarios, porque la anarquía asusta, pero, conscientes de que llegarán a donde se dirigen, deberían ser de algún modo rescatados y, tal vez, profundizar en estas ideas:

La primera, que los sindicatos han de redefinir la tarea que desempeñan. Un sindicato tiene en común con una empresa, un hospital o una iglesia que son organizaciones: tienen por tanto clientes a los que atender. El drama es que estos cada vez son menos leales. Cuando la vida media de las empresas, hoy en renovación constante, no supera los veinte años, los sindicatos, una institución con más de un siglo de existencia, no pueden insistir en eternizarse. Acaso harían bien en acercarse al IESE o a McKinsey y preguntarles: ¿nos podrían aclarar si nuestro cliente es el trabajador que perdimos o el Gobierno que nos paga? (un cambio en ese concepto de cliente exigiría un nuevo enfoque sindical). Por el mismo precio, en la consulta les recordarían que las organizaciones precisan ser dirigidas por profesionales y que, lo mismo que a un hospital no se le ocurriría nombrar a su mejor cirujano director gerente, un sindicato no puede estar en manos del señor que más convenios haya negociado.

Segundo: los sindicatos deberían establecer «biomarcadores» que midan sus resultados, indaguen sobre cómo les ve la ciudadanía o adviertan qué seguimiento tienen sus algaradas. No es difícil: las cuotas de afiliados están en sus archivos; la cuestión de la imagen la esclarecería un estudio sociológico; y en cuanto a las concentraciones… es un error jactarse de que se han congregado en la plaza de Colón un millón de adictos y que la Policía luego diga que solo han sido setenta mil. Bochorno que se ahorraría uno encargando la auditoría de la próxima manifestación a Ernst & Young o a KPMG. Hoy, gracias al GPS, conocemos que en una finca de mil hectáreas hay 22.341 encinas, luego más fácil es enumerar las personas que caben en un tramo del paseo de Gracia. Si el GPS y los auditores no son suficientes para dar una idea de rigor, que es la que precisan con urgencia los sindicatos, súmese al binomio un notario.

Por último, tienen que librarse de las cosas del ayer que ya no suman. La «información» que proporcionan los piquetes se ve en televisión y por ello a veces las huelgas no se ganan. Además, el viejo axioma laboral «pro operario», en el que durante años se abrigaron, lo suplen los magistrados ahora por el principio de justicia. Sin olvidar que adornarse de matonismo barriobajero es disfuncional al asemejarlos con los antisistema, cuando los sindicatos son una base de la democracia. Además, en una época de transparencia contable no parece coherente que las empresas exhiban sus libros a los enlaces sindicales, mientras las cuentas de los sindicatos no se auditan.

Ose toman en serio los sindicatos el librarse de su ayer, como hacen las empresas con sus productos trasnochados, y procurarse un futuro que «venda», o veremos manifestaciones contra las centrales sindicales cuando tengan más poder que representatividad, algo que acontece ya. No hay derechos económicos eternos porque no hay beneficios empresariales duraderos, y esto deberían entenderlo. Los sindicatos no deben ser por más tiempo defensores de una clase que no sé si quiere existir, y sí procuradores de paz social en enfrentamientos sociales que no faltarán. Su contribución, y por lo que se les paga, está en los conflictos que resuelven y convenios que negocian, ¡que es mucho! Y no en las huelgas que como mediadores no deberían prodigar, que les trasladan al mesozoico. La figura de interlocución organizada, responsable y sensata –esencia moderna de un sindicato– se puede aceptar o no como nueva labor sindical; pero en este último caso otras instituciones o movimientos intrusistas usurparán su función. Es el riesgo del que deben ser conscientes sus líderes; porque, aunque ellos achaquen la culpa de su decadencia a algunos gobiernos, la realidad es que tienen necesidades estructurales y estratégicas más prioritarias que atender que dedicarse a lo beligerante. Los derechos sindicales no hay que utilizarlos discrecionalmente, algo en lo que incurren con poco sentido y con frecuencia de manera contraproducente; de lo contrario, si estos exceden a sus obligaciones con la sociedad, terminarán corrompiendo la razón de ser de una actividad necesaria y noble como es la sindical.

José Félix Pérez-Orive Carceller, escritor.

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