Rescatar a Madariaga

Hace 40 años moría Salvador de Madariaga en su querida Locarno, en la Suiza de la Sociedad de Naciones que le vio laborar incansablemente. Fue el último miembro de aquella generación del 14, ciertamente incomparable. La de Ortega, Marañón, Juan Ramón, Américo Castro y Sánchez Albornoz, entre muchos otros. Tres rasgos, muy necesarios hoy, destacan en aquella constelación intelectual: laboriosidad, amor sentido a su país y dominio de la prosa. Los tres estarán bien presentes en nuestro autor, con un añadido muy suyo: un excelente sentido del humor, señal de vitalidad e inteligencia. Y sin embargo, me temo que a Madariaga le he sucedido lo que a tantas cabezas ilustres nuestras: el injusto olvido, lo que supone dejar de ser leído. Ya no se cuenta con él como si pudiéramos permitirnos tales lujos. Un dato de esta devaluación de Madariaga: se puede encontrar a precio de ganga -unos 5 euros- en internet en perfecto estado y tapa dura sus interesantísimas Memorias (1921-1936): Amanecer sin mediodía de más de 700 páginas, en aquellas ediciones típicas de Espasa Calpe. Pocas inversiones podemos hacer más rentables que leer estos recuerdos que abarcan época tan crucial nacional, europea y mundialmente. Y pocos tratados habrá sobre la humana condición, la textura de las grandes potencias y los entresijos del quehacer diplomático como lo que se vierte en estas Memorias, tan bien escritas como iluminadoras ante la frágil situación actual.

Rescatar a MadariagaGuiado por una virtud en desuso, la curiosidad intelectual y lejos del especialismo, fue ingeniero de minas, diplomático, historiador, profesor en Oxford, diputado y ministro bien que fugaz, novelista, dramaturgo, poeta… De manera que cabe preguntarse no tanto quién fue Madariaga sino qué no fue. Lo que hace a nuestro polígrafo gallego uno de nuestros postreros humanistas: un europeísta activo, militante en su liberalismo y en el vivere civile. Y a fuer de cosmopolita y europeo, fue también muy español, ensalzando las virtudes del hombre -y la mujer- españoles. Todavía en su generación no se había producido el perturbador fenómeno que explica muchas anomalías de hoy: el resentimiento y la acritud del intelectual hacia España.

Madariaga hablaba, escribía y pensaba en tres idiomas: su español natal, el francés aprendido en París en la École Polytechnique y en la École Nationale Supérieure des Mines, y el inglés adquirido por matrimonio con Constance Archibald y trabajo en Londres. Los dominaba con pasmosa facilidad que le fue especialmente útil durante su labor diplomática en la Sociedad de Naciones en años críticos del periodo de entreguerras y como embajador de nuestra República en Washington y París. Acuda el lector a su estupendo ensayo Ingleses, franceses, españoles para comprobar la capacidad que tenía Madariaga no sólo de penetrar en otras psicologías europeas sino de integrarlas en su misma personalidad. De manera que en él se plasmaron la racionalidad de Francia, la objetividad de Inglaterra y de España la primacía de la persona. Lo que no es mala triada y explica su éxito en la Liga de Naciones y la imagen que proyectó en ella de nuestro país, ahora que se mienta lo de la Marca España. Con agudeza, se dio cuenta de que esa potencia media que era nuestra patria tenía un valor añadido para las principales naciones en la coyuntura histórica de los años 20: una nación de un gran imperio que se había retirado a sus aposentos y que podía enseñar muchas cosas al respecto a las grandes potencias del siglo XX.

Pero hay un valor del legado de Madariaga, su liberalismo, que nos puede iluminar hoy que la democracia liberal se ve seriamente cuestionada no sólo desde Asia, sino entre nosotros mismos. Su amigo Julián Marías, otro liberal, decía que el liberalismo era ante todo un “estado de alerta” para darnos cuenta de cuándo la libertad y las libertades están amenazadas o ya en regresión. Como pasa hoy aquí con el incremento del gusto desatado por prohibir bajo pretextos varios. La defensa del liberalismo como posibilidad y el rastreo de su amenaza y pérdida entre nosotros los realiza en su polémica obra España. Ensayo de Historia Contemporánea, que publica en 1931 y que se reedita una y otra vez. Pocas primeras páginas conozco tan bellamente escritas como su inicio en que describe nuestra orografía, a partir del axioma que abre el libro: España geográficamente entendida como castillo. Con esa otra idea tan lúcida y necesaria de la tercera España como posibilidad, entre los dos polos siempre amenazadores de nuestro ser colectivo: la dictadura y el separatismo. Al tiempo que mira a una Iberoamérica que conocía y había estudiado tan bien. Sin la cual, pensaba, no se puede entender correctamente lo que es nuestro país y lo que puede ser.

Como liberal y republicano, además de las embajadas en EEUU y Francia, ocupó brevemente dos ministerios del Gabinete Lerroux de 1934: el de Instrucción Pública y Justicia. Todavía no se había producido la expulsión actual de la cosa pública de los mejores y el descenso tan pronunciado del perfil de nuestros representantes.

Esta defensa de las libertades creo que explica el silenciamiento de Madariaga, también en gran parte de nuestra izquierda. Nunca se le perdonó su franca oposición y denuncia del comunismo como la otra forma de totalitarismo. Desde la Sociedad de Naciones conoció pronto la realidad del leninismo y de Stalin para defender lo indefendible, lo que le valió descalificaciones aquí y en Europa. No es nunca cómoda la veracidad y Madariaga tenía algo que hoy echamos muy en falta: pretensión de verdad.

Estamos perdiendo a pasos agigantados la recepción del legado de nuestros mejores. Lo que explica el empobrecimiento intelectual -que es siempre también moral- que nos anega no sólo en lo político. Y me parece que hay un remedio, tan humilde como eficaz, que sí podemos poner en práctica libremente para hacer frente a esa merma. Empezar por releer a esos mejores, tal que Madariaga, como hace el doncel de Sigüenza recostado en su alabastro: quieta, frecuente, espaciosamente. Con aquel mismo ánimo que desprende la mirada absorta del joven noble: con pretensión de verdad y voluntad de comprensión. Así rescataríamos a Madariaga y tantos otros. Y quizá a nosotros mismos.

Ignacio García de Leániz Caprile es profesor de Recursos Humanos de la Universidad de Alcalá de Henares.

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