Resentimiento y nacionalismo

Sin duda es pronto para hacer vaticinios sobre la ejecutoria de Donald Trump en su mandato, pero los primeros signos son ominosos. Es cierto que sus palabras tras la proclamación de su victoria electoral fueron cautas y conciliadoras. Pero de eso hace ya tres meses y sus actos desde entonces permiten suponer que aquello fue una finta más; casi sorprendido en un primer momento por su inesperada victoria, apeló instintivamente al sentido común y trató de aparecer como un centrista sereno y pragmático. Sin embargo, parece indudable que su extremismo resurgió pronto, espoleado por sus asesores más radicales y por su naturaleza provocadora, seguramente pensando que eran esa provocación y ese extremismo simplista los que le habían llevado a la Casa Blanca y los que debían inexorablemente constituir la base de su programa de gobierno, que hasta entonces había permanecido en el terreno de la estridencia y la indefinición.

Con su ya habitual dialéctica en zigzag, Trump volvió a prometer el muro fronterizo con México y el desmantelamiento del Obamacare, que habían sido platos fuertes en su campaña y de los que había renegado tras las elecciones. Acosó y amenazó a las compañías automovilistas y siderúrgicas para que no invirtieran en el extranjero, especialmente en México, y volvió, en una palabra, a asumir sus posiciones más extremistas. Por si había alguna duda, este extremismo se reafirmó en su discurso de toma de posesión, que constituyó una muestra de resentimiento y demagogia propias del nacionalismo más virulento. Las palabras en él más repetidas fueron nación y protección. Cierto que son frecuentes en Estados Unidos las apelaciones a la nación en los discursos políticos (nación es palabra tabú en la España de hoy precisamente en el ámbito nacional y en cambio de uso corriente en las comunidades autónomas, sobre todo en algunas); pero es que Trump la ha utilizado en conjunción con protección. Ha dicho repetidamente que la nación americana debe ser protegida de las agresiones de otros países. Esto es casi retórica nacionalista con zeta. El enemigo externo es siempre el villano en la retórica del nacionalismo resentido. Y no es que la agresión a la que Trump alude se limite a la proveniente del radicalismo islámico, al que se ha referido en términos inequívocos y en mi opinión justificados. Es que ha dicho claramente que Estados Unidos era víctima de otras naciones amigas que se aprovechaban de ella a través de las ayudas y del comercio; ha adoptado así para su país la argumentación progre y tercermundista que otros han empleado en su contra. Ahora resulta que el tan manido argumento del “intercambio desigual” se lo apropian los Estados Unidos de Donald Trump. Vivir para ver.

Corolario lógico del nacionalismo resentido es el proteccionismo comercial y ya ha anunciado Trump que éste va a ser la base de su política económica. Sus paisanos economistas parecen haber enmudecido ante tal programa. Un viejo texto de economía internacional (el de P. T. Ellsworth) contenía un texto en defensa del proteccionismo, atribuido a Lincoln, que decía: “Yo no sé nada de economía, pero sí sé que si me compro un abrigo americano, en América se quedan el abrigo y el dinero, mientras que, si compro un abrigo inglés aquí se queda el abrigo pero allá se va el dinero”. Y añadía Ellsworth: “Lo único verdadero en ese texto es la primera frase”. Pues si Lincoln con su textito demostraba no saber nada de economía, Trump con sus discursitos demuestra saber aún menos y me extraña que los sucesores de Ellsworth no hayan manifestado ya claramente que con estos conocimientos de economía el nuevo presidente no aprobaría ni un curso introductorio. Su gran asesor económico va a ser un economista de modesto prestigio y apellido español: Peter Navarro, cuya repetida denuncia de la economía china parece justificar la atención que le presta el flamante presidente.

Poniendo trabas a la entrada de trabajadores y mercancías extranjeras, Trump provocará una subida de los costes de las empresas americanas que, combinada con la subida del dólar que una euforia un poco irreflexiva ha provocado, perjudicará a las exportaciones americanas, agravando el ya alarmante déficit de la balanza de pagos, que Estados Unidos se puede permitir por el prestigio del dólar y la buena voluntad de sus socios comerciales. A todo esto contribuirá la política prometida de rebaja de impuestos, inversión en obras públicas y gasto militar, que hará aumentar el endeudamiento americano sin necesariamente estimular la productividad. Por otra parte, el proteccionismo americano puede provocar un proteccionismo recíproco por parte de sus socios, destruyéndose así buena parte de la cooperación comercial internacional tan trabajosamente construida a iniciativa precisamente de los Estados Unidos tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y que tanto ha contribuido a la mejora de la economía global. Puede darse ahora lo que ocurrió en 1930, cuando los Estados Unidos cometieron el inmenso error de subir drásticamente los aranceles en un reflejo defensivo contra la Gran Depresión que ellos mismos habían originado. Consiguieron así agravar la crisis y provocaron el efecto imitación en las otras economías occidentales, con lo que el comercio internacional se derrumbó y con él los niveles de vida de miles de millones de personas, al tiempo que se producía un aumento pavoroso del desempleo.

En menor escala, pero más cerca de casa, en la España de 1891, un parecido pánico nacionalista se apoderó de Antonio Cánovas del Castillo, que patrocinó un arancel desaforado de “proteccionismo integral” que constituyó un freno evidente a la economía española. Asesinado seis años más tarde, Cánovas no pudo contemplar las consecuencias de su arrebato defensivo, pero de esas fechas data la delantera que la economía italiana, mucho menos proteccionista, tomó a la española. El proteccionismo acostumbra a tener un efecto bumerán, salvo muy contadas excepciones.

Otro efecto probable de la política de Trump será un acercamiento de su país y el Reino Unido, iniciado ya con la visita de Theresa May. Ambos comparten hoy un nacionalismo populista y xenófobo y una evidente afinidad cultural que, parece lógico, arroja a uno en brazos del otro. Es de esperar que haya tratados de comercio, aranceles preferenciales y toda clase de alianzas, con los que el Reino Unido espera compensar su situación post-Brexit.

Correlativamente, el aislamiento de Europa aumentará. Las consecuencias pueden ser favorables o no; el resultado dependerá de las reacciones de las naciones integrantes. Si el relativo alejamiento de los países anglosajones sirve para que Europa acelere su cohesión en materias políticas, económicas y militares, el aislamiento puede resultar una cura rigurosa pero saludable. Si la Unión es capaz de unificar sus políticas exterior, financiera y fiscal, y su organización militar, saldrá fortalecida de la prueba, convertida en una verdadera unión. Si fracasa en el intento, será el fin de un bello sueño que habrá durado medio siglo y veremos a cada nación integrante tratando de encontrar acomodo por su cuenta en la nueva configuración mundial que se está fraguando hoy mismo. La Gran Recesión del siglo XXI habrá sido una carga de profundidad contra el pacífico concierto de naciones que resultó del fin de la Segunda Guerra Mundial y del derrumbamiento del comunismo, como la Gran Depresión del siglo XX lo fue contra las esperanzas de reconstruir pacíficamente el mundo tras la Primera Guerra Mundial. Los instrumentos de destrucción fueron, y serán, el resentimiento y el nacionalismo.

Gabriel Tortella, economista e historiador, es autor, entre otros libros, de Los orígenes del siglo XXI (Gadir).

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