Resistir

Por Joseba Arregui (EL CORREO DIGITAL, 03/07/07):

Quién nos iba a decir a quienes hoy peinamos canas, es decir, a los que ya somos bastante mayores, por hablar con corrección política y no emplear la palabra viejo que va cayendo en desuso, que el lema de nuestra vida iba a volver a ser el del título de este artículo: resistir. Y sin embargo, en esas estamos. Atados a la noria del tiempo, atados al pasado por la rueda de molino de la violencia, de una violencia incapaz, porque no quiere, de ver la realidad en su complejidad.

No han sido pocos los que analizando la situación política tras la ruptura del alto el fuego han afirmado que con ETA no sirve ni la derrota ni el diálogo, y que no queda otra cosa que resistir, como lo ha hecho la sociedad vasca durante tanto tiempo. Y puede que tengan razón, aunque la afirmación de que la sociedad vasca haya resistido, en su conjunto, tantos años a la violencia de ETA necesite muchos matices.

Pongámonos, pues, en la tesitura de resisitir a ETA, a una ETA que amenaza, como suele, con actuar en todos los frentes. Tenemos que decir no a ETA. Tenemos que decir no a la violencia como instrumento de la política. Tenemos que decir no a la amenaza, a la falta de libertad que suponen las amenazas. Tenemos que decir no a la pretensión de ETA de representar al conjunto del pueblo vasco, a toda la sociedad vasca. Tenemos que decir no a la voluntad de ETA de fijar objetivos concretos para cumplir sus amenazas.

Pero, pensándolo bien, igual tenemos que decir no a más cosas. Igual resistir implica decir no al lenguaje del que se ha apoderado ETA y que hemos terminado usando todos. Igual tenemos que decir no a la idea de que existe un pueblo vasco unitario, una sociedad vasca homogénea, sujeto de derechos estatales. Igual tenemos que decir no a la metodología para alcanzar la paz, a las dos mesas de negociación. Igual tenemos que decir no a todo un proyecto político que le ha servido a ETA para justificar sus asesinatos. Igual tenemos que decir no al lenguaje que habla de la bondad democrática de que se debe respetar lo que decidan los vascos solos. Igual tenemos que decir no a muchas más cosas de las que nos pensamos si queremos que nuestro no a la violencia de ETA sea efectivo, si queremos que nuestro no al terror implique también un no al oxígeno que permite su pervivencia, la de ETA y la de su terror.

Pero me temo que en la descripción de lo que abarca la resistencia aparecerán los maximalistas y los minimalistas, que el acuerdo no será nada fácil. Y a pesar de todo hay que resistir, por lo menos, en lo mínimo, y quienes piensen, pensemos, que con ello no basta, tendremos que seguir hablando de la necesidad de resistir en todos los frentes.

Hay, sin embargo, otras resistencias que se están haciendo cada vez más necesarias. También en el contexto de la ruptura de la tregua el propio presidente del Gobierno, su vicepresidente y otros muchos han hablado de la necesidad de mirar hacia adelante, de dejar el pasado y mirar al futuro. Ante esta exigencia proclamo mi derecho a la resistencia. ¿Cómo voy a resistir a ETA, cómo voy a plantear una resistencia efectiva a la violencia y el terror si no recuerdo, no analizo, no mantengo presentes los movimientos a través de los cuales ha ganado más de una batalla en el pasado?

¿Es posible plantear una resistencia al terror de ETA en el vacío sin memoria? ¿Cómo voy a resistir si no entiendo de dónde viene ETA, cómo ha ido cambiando, cómo ha ido regenerando su estrategia, cómo ha ido variando su autocomprensión, qué función han ido jugando los distintos elementos simbólicos de los que se va valiendo a lo largo del tiempo? ¿Es posible conjugar la voluntad de ser implacable con ETA con la exigencia de dejar de lado el pasado, la historia, el recuerdo de los aciertos y los fallos? No es posible, y por eso reclamo mi derecho a resistir ante esa exigencia de mirar sólo al futuro. Porque es una simpleza. Porque es un engaño. Porque es una renuncia.

De la misma manera es necesario reclamar el derecho a la resistencia ante algunas formas de expresión que van calando entre los políticos que nos gobiernan. Dijo el presidente Zapatero: Seré implacable, se entiende yo seré implacable. Dice el presidente Ibarretxe: No permitiré que Madrid decida, impediré que Madrid decida. Se entiende: Yo no permitiré, yo impediré. Es la definitiva privatización de la política. La política ha dejado de ser, al parecer, una cuestión de res publica para pasar a ser una cuestión de virtudes personales, de fortaleza de carácter de los dirigentes, como las expresiones citadas dan a entender.

Pues bien: no. Proclamo mi derecho a exigir que la política vuelva a ser pública. A que los dirigentes vuelvan a aprender a decir, por ejemplo, ‘el Estado -que es mucho más que yo persona, más incluso que yo presidente de Gobierno- será implacable’. Me resisto a esta personalización tremenda de la política, a esta privatización en el sentido de reducir la política a virtudes privadas, a cuestiones de relación hacia personas. Es el Estado el que lucha contra ETA. Son las leyes las que impiden o no permiten que algo pueda suceder. Si un gobernante es falso, mentiroso, ladrón o indecente, es el sistema el que debe tener capacidad de corregir esos problemas. En política no importa la intención de los actores, o no es lo que más debe importar, sino su capacidad de hacerse responsables de las consecuencias de sus decisiones. Pero en lugar de asumir las consecuencias de las decisiones que adoptan, muchos políticos recurren a renovadas intenciones inmejorables. Tanto más cuanto más recurren a la primera persona, a ese fatídico yo.

Claro que en el caso de Ibarretxe, sabedor de que no puede decir que lo que hará será lo que permitan las leyes, que lo que impedirá que algo suceda o no será el sistema, pues sabe que en el marco del derecho actual sus visiones son irrealizables, no tiene más remedio que decir ‘yo’: una voluntad por encima del marco jurídico y legal actual para derogarlo, para anularlo, para cambiarlo por otro. Fuera de la ley, fuera de la legitimidad.

Y ésta es otra razón para proclamar el derecho a la resistencia. Poco me importa que Ibarretxe diga que impedirá que el futuro de Euskadi se decida en Madrid porque ya lo ha prometido. A mí, e imagino que a algunos ciudadanos vascos más, no nos importan las promesas personales de Ibarretxe, si esas promesas implican insumisión a las leyes que nos constituyen como ciudadanos. Mejor dicho: sí me importan en la medida en que me obligan a declararme resistente. Y la necesidad de la resistencia no proviene de ninguna afinidad especial con la ciudad de Madrid. Me puede gustar más incluso Barcelona, o Nueva York, o Sidney. La resistencia se refiere al abuso del nombre de una ciudad, Madrid, para indicar lo que para algunos es lo más exterior de todo lo exterior posible a ser vasco. Para éstos, Madrid es la encarnación por excelencia de lo no vasco. Madrid, la exterioridad absoluta a Euskadi, a lo vasco. Madrid igual al allí más lejano al aquí que es lo vasco.

Descrito así el contexto de la resistencia, ésta se refiere al intento burdo de simplificar la realidad vasca, se refiere a la pretensión totalizante en la definición de lo que es el aquí. La resistencia es una resistencia a declarar exterior a la realidad vasca lo que es un elemento más, y no el menos importante, de esa realidad vasca.

La vinculación de la voluntad de impedir que el exterior a lo vasco, Madrid, juegue algún papel en la decisión del futuro de los vascos con la convocatoria a un referendum a todos los vascos es prolongación manifiesta de esa simplificación totalizante: bajo la máscara de la mayor democracia posible, se construye una realidad totalizante y simplificante negando la existencia de todos los vascos que no se sienten, en complejas y variadas gradaciones, sólo vascos, sino también españoles, es decir, negando la existencia de todos los vascos para quienes es imposible esa nítida separación del aquí y el allí en términos de Euskadi-Madrid.

Es probable que en el ‘yo’ del lehendakari no quepa la complejidad de la identidad vasca, que lo es en la medida en que no es sólo y exclusivamente nacionalista, sino una que integra en distintas medidas dos lenguas, dos culturas, varias tradiciones, distintos sentimientos de pertenencia, y sólo en esa complejidad es una identidad diferenciada. Como casi siempre a lo largo de su historia, una historia caracterizada por la doble lealtad, por el doble patriotismo, por la voluntad de no dejarse dividir quirúrgicamente, ni separar químicamente.