Resolver o enquistar

Por Joan B. Culla i Clarà, historiador (EL PAÍS, 09/06/06):

Cumpliendo con exactitud los pronósticos más pesimistas -que, en este caso, eran también los más acertados-, el Partido Popular ha necesitado apenas dos meses y medio desde el inicio del “alto el fuego permanente” de ETA para pasar, con relación a las expectativas de paz abiertas en Euskadi, de la obstrucción al rechazo frontal; de poner objeciones y mostrar toda clase de recelos a sentenciar, brutalmente, que “el proyecto de Zapatero es el proyecto de ETA”. Ello, mientras persisten la ilegalización de Batasuna, el cerco judicial a sus dirigentes y el control policial sobre el universo abertzale; ello, sin que en el ínterin ni un solo preso etarra haya sido, no ya liberado, sino ni siquiera trasladado a una cárcel más próxima a su domicilio. Sin embargo, para Ángel Acebes el mero anuncio de un futuro contacto entre representantes del socialismo vasco y exponentes de lo que fue Batasuna convierte al presidente del Gobierno español en copartícipe de los objetivos de ETA, en un terrorista intelectual…

La pasada semana declaró Mariano Rajoy enfáticamente -valga la redundancia- que “un Estado que se precie no puede negociar con terroristas”. Ignoro con qué escala de autoaprecio mide el presidente del PP a los Estados, pero es indiscutible que algunos nada desdeñables y bastante cercanos, como el Reino Unido y la República Francesa, han negociado más de una vez con grupos a los que consideraban terroristas, desde el FLN, argelino, hasta el IRA y el Sinn Fein, irlandeses. Claro está que las negociaciones sobre Argelia o el Ulster respondían a problemas diferentes del vasco: no existen dos conflictos idénticos, pero hay algo que su resolución sí tiene en común, y es que no cabe exigirle una prístina pureza moral; que cualquier proceso de paz de este tipo obliga a las partes concernidas a aceptar renuncias y compromisos dolorosos en el terreno de los sentimientos, del legítimo afán de equidad, de los principios doctrinales tenidos por irrenunciables. Lo injusto del dominio colonial francés sobre Argelia, ¿justificaba la práctica del terrorismo indiscriminado contra civiles por parte del FLN? Los acuerdos de Évian de 1962 o del Viernes Santo de 1998, ¿habrían sido posibles si De Gaulle o Tony Blair los hubiesen condicionado al beneplácito de las víctimas de las bombas en los cafés de París o en los pubs de Manchester?

Resulta humanamente comprensible que quienes han sufrido en sus carnes el zarpazo o la amenaza del terrorismo etarra anhelasen verlo aplastado y rendido sin condición alguna. Pero tal cosa no se ha conseguido en tres décadas de democracia y podría demorarse aún varios lustros de sangrienta agonía. Constatarlo, aprovechar que la misma ETA reconoce tácitamente su fracaso -pues suspende la actividad sin haber alcanzado ninguno de sus objetivos programáticos- y buscar una fórmula acordada que precipite el fin de la violencia, ¿es eso ceder al chantaje de los terroristas, pactar con ETA y traicionar a los españoles? Cuando el señor Acebes acusa a Rodríguez Zapatero de disponerse a negociar con ETA “la anexión de Navarra”, ¿cree acaso que estamos aún en los días de la Paz de Westfalia, del Congreso de Viena o de la Conferencia de Yalta, donde la suerte de los territorios se decidía en una mesa, sin dar voz a sus habitantes?

Lo cierto es que tachar cualquier diálogo con la izquierda abertzale de “engaño” o “proceso de rendición”, describirlo como “la derrota del Estado de derecho y el triunfo de la violencia”, contraponer -según se ha hecho estos días- por una parte a “los españoles de bien” que comulgan con Rajoy a, por otra, “las alimañas del asesinato”, los que andan “con la capucha puesta”, los “totalitarios” y sus cómplices, no es más que hacerle el caldo gordo a la puja verbal y agitadora de un Partido Popular que ha mostrado definitivamente su estrategia. Según ésta, ya ni siquiera tendría valor alguno que Batasuna condenase la violencia, porque -Acebes dixit– “Batasuna es ETA y siempre hará lo que le pida ETA. En este escenario, una posible declaración de condena de la violencia estará al servicio de la victoria de ETA”. “Batasuna”, ha remachado Rajoy, “con este nombre o con otro cualquiera, diga lo que diga, seguirá siendo lo mismo que ha sido siempre: un apéndice de ETA”.

Así las cosas, ¿qué salida les queda a los de Otegi y cuál al Gobierno del PSOE? Según el PP, a los primeros ninguna, y al segundo, sólo la renuncia al proceso de paz para volver a la pura represión. ¿Y por qué la derecha desea que el conflicto se reactive? Pues, aunque parezca muy duro decirlo, porque al Partido Popular le convenía más la persistencia de una ETA residual que su desaparición. La banda, reducida a perpetrar dos docenas de atentados y tres o cuatro asesinatos al año -como en los últimos tiempos de Aznar-, proporcionaba al PP importantes dividendos morales y políticos: la aureola de víctima, la posibilidad de exorcizar a sus adversarios asociándolos de algún modo con los crímenes etarras o de domesticarlos en nombre del antiterrorismo, el efecto galvanizador que siempre tienen en las filas propias los ataques de un enemigo abominable… Entre 2000 y 2004, la noble bandera de la lucha contra ETA sirvió al PP para justificarlo todo, lo mismo su política neocentralista que el idilio con Washington, igual su estilo intransigente de gobierno que la intervención militar en Irak. He aquí la explicación de que prefieran una ETA enquistada a una ETA disuelta; máxime, si el mérito de haber puesto fin a la pesadilla ha de corresponder a Rodríguez Zapatero.

Mañana, en las calles de Madrid, el PP volverá a utilizar la respetable susceptibilidad de las víctimas, su dolor y sus miedos, contra las expectativas de paz, contra la soberanía del Parlamento y la legitimidad del Gobierno, y agitará de nuevo las interpretaciones paranoicas del 11-M. Pero es en balde, porque los muertos no pueden dictar la política de los vivos. O, como ha dicho el portavoz de la Asociación Catalana de Víctimas, Roberto Manrique, “la política es una cosa, y las víctimas, otra”.