Respondamos con inteligencia al terrorismo

Gaspar Llamazares es coordinador general de Izquierda Unida (EL PAIS, 23/07/05).

Al terrorismo se le combate con serenidad. Las barbaridades sólo deben tener cabida del lado de los asesinos. Los demócratas y quienes deseamos vivir en libertad debemos utilizar las armas que nos da la razón para derrotarles. Para ello, la condición de criminales de los terroristas debe anteponerse a su adscripción religiosa o racial. A Timothy McVeigh nadie le adjetivó de “blanco” cuando voló el edificio de Oklahoma. Tampoco añadimos “judíos” a los asesinatos “selectivos” en Palestina, ni en Srebrenica se habló de genocidas “cristianos”. Debemos identificar la violencia como lo que es, algo intolerable y a eliminar, dejando a un lado si es creyente o atea.

La respuesta de los londinenses, como la de los madrileños un año antes, ha sido admirable. Unos, con sobriedad y flema británica. Otros, con generosidad y temperamento. Todos, con el mismo coraje e idéntica voluntad de seguir adelante. Los ciudadanos van muchas veces muy por delante de los políticos.

Para calentar nuestro ambiente nacional, sostiene Rajoy que “nadie ha acusado a Tony Blair de imprevisión, nadie le ha criticado, nadie le ha exigido que dé información en tiempo real y la oposición se ha puesto del lado del Gobierno” y reitera que “no se puede pactar ni dialogar nada” con los terroristas. Muchas veces es mejor estarse callado. Olvida el líder del PP que Blair negoció con el IRA; que la oposición conservadora ha pedido una investigación sobre la previsión del atentado y que, conforme pasan las horas, ya hay críticas a la opacidad informativa y a la lenta identificación de las víctimas. Es posible que en poco tiempo resurja también el debate sobre la guerra ilegal de Irak y su relación con el terrorismo yihadista.

Más de un año después del 11-M, el PP debería haber digerido su derrota y reconocer la verdad. Aznar, Acebes y Zaplana deberían rectificar sus persistentes insidias sobre la supuesta “autoría intelectual” del 11-M, atribuida ora a ETA, ora a los servicios secretos de Marruecos, cuando no a un sector de la policía española teledirigida por la izquierda política para derribar al Gobierno. De lo contrario, Rajoy corre el riesgo de aparecer como un rehén de la caverna, obediente al dictado del inquilino de la FAES.

El 7-7 y el 11-M llevan la misma firma. Ambos atentados se enmarcan en la estrategia global de la yihad, con idénticos argumentos que los que el terrorismo internacional “tipo Al Qaeda” alegó para atentar contra las Torres Gemelas, contra un centro de ocio en Bali, una sinagoga en Turquía y la Casa de España en Casablanca.

El apoyo a las medidas preventivas que supone la declaración de ‘alerta’ de seguridad adoptada en España y en otros países de la UE es una opción prudente desde la izquierda. Sabemos que la sensación de vulnerabilidad lleva a las personas a posturas regresivas, conservadoras e, incluso, xenófobas, cuestionando cualquier tipo de progreso que aumente la incertidumbre. Además, si persistiera el protagonismo de la violencia, muchas de las reivindicaciones sociales quedarían eclipsadas ¿Alguien sabe qué objetivos alcanzaron y cómo influyeron las movilizaciones de los alterglobalización frente al G-8 en Gleneagles, tras ser eclipsados por los atentados? ¿Alguien puede dudar de que estas acciones yihadistas son regresivas para la evolución de la justicia social?

No hablaremos ahora del uso de los atentados para la imposición del derecho represivo, ni vamos a mencionar el desfase presupuestario hacia la seguridad, pero sí hay que destacar que la desprotección pública embota las mentes y genera una demanda de orden inmoderado. La solución no está en las guerra preventivas. La comunidad internacional debe acelerar la reconstrucción de un Irak pacífico e independiente, que acabe con la ocupación militar y la violencia armada, vivero de una nueva generación de terroristas. Para que la ‘guerra contra el terrorismo’ no genere más terrorismo.

La invasión de privacidad no garantiza la seguridad. El Reino Unido dispone, junto a EE UU, de la red Echelon, un sofisticado sistema de espionaje de las comunicaciones electrónicas por teléfonos fijos, móviles, fax e Internet. De poco ha servido para prevenir el ataque. Ya lo dijo Benjamín Franklin: “Quien prima la seguridad sobre la libertad no tiene derecho ni a la una ni a la otra”. Si renunciamos a nuestro modelo de sociedad abierta, no es seguro que venzamos a los fanáticos. Sí lo es que la democracia y la libertad habrían sido derrotadas.

Nuestro país y la UE deben dar una respuesta digna, democrática, respetuosa de la ley, eficaz y sin indulgencia frente al terror. Debe estar basada en valores y principios: la solidaridad con las víctimas, la unidad de las fuerzas políticas y de todos los demócratas, la firmeza del Estado de derecho y, por encima de todo, la protección de las libertades democráticas y de los derechos ciudadanos.

Como señaló nuestro Parlamento: “Estamos orgullosos de la respuesta que la sociedad española dio a la matanza. El 11-M no provocó un recorte de libertades como el producido en EE UU tras el 11-S. El pueblo tuvo una reacción ejemplar. Demostró que se puede contrarrestar el terrorismo desde el Estado de derecho y la solidaridad democrática, sin extremismo, sin xenofobia y salvaguardando los valores democráticos”. Entre las 150 recomendaciones aprobadas por el Congreso, hacemos especial hincapié en la coordinación de la política exterior de los Estados de la Unión Europea. También en la cooperación gubernamental, judicial, policial y de los servicios de inteligencia a escala europea e internacional.

Entre otras iniciativas, se propone potenciar Europol y Eurojust como centros de coordinación policial y judicial; definir de forma uniforme los delitos relacionados con el terrorismo, secar sus fuentes de financiación, agilizar las comisiones rogatorias judiciales, intercambiar información, inteligencia y experiencia.

Pero también hay que recobrar la vitalidad social, restañando las heridas producidas en la comunidad. Es muy importante que los terroristas no consigan su objetivo de fracturar la convivencia. En tal sentido, hemos expuesto públicamente la propuesta de un Acuerdo contra el terrorismo internacional, que una a los partidos democráticos en un afán por superar polémicas estériles. Veremos hasta dónde llegamos.

Hay que secar la ciénaga de la que se nutre el terrorismo yihadista. Antes fueron Afganistán y Kosovo; ahora, la ilegal y funesta guerra y ocupación de Irak. Sólo la serenidad debe guiarnos. No se apaga el fuego con el fuego, ni el fanatismo con fanatismo, ni hay patria, doctrina política o religión que pueda servir para justificar el terror. Volviendo de nuevo a Gleneagles: “No habrá paz sin justicia”. Respondamos con inteligencia.