Responsabilidad y ‘peligros invisibles’

La actuación humana es muy potente y dispone de recursos técnicos y de gestión que afectan no solo a nuestro presente, sino que trae asociados efectos a largo plazo. Barbara Adam, una socióloga de la Universidad de Cardiff, nos habla de los «peligros invisibles», como el riesgo de aparición de nuevas enfermedades o de cambios negativos en el medio ambiente o, por qué no, de desequilibrios sociales y económicos. En lenguaje financiero diríamos que cualquier previsión de cobertura no está muy fundamentada si no se asocia a una responsabilidad que perdure en el tiempo; sin esta responsabilidad, la imprudencia quedaría absuelta.

Paul Krugman, premio Nobel de Economía en el 2008, comentaba recientemente que la actual situación económica de déficit en EEUU y de crisis galopante en Europa ha tenido como respuesta «inventar historias sobre nuestras dificultades que absuelven a quienes nos han puesto en esta situación y eliminan toda posibilidad de aprender de la crisis». La responsabilidad tiene que ser siempre un principio para la evaluación de la gestión, porque de otro modo siempre parece que los errores proceden de un pasado indefinido del que nadie es responsable.

Ahora está creciendo un movimiento social de descontento que traspasa fronteras territoriales e ideológicas. A través de las redes sociales, de debates, de opiniones expresadas por varios canales, se van tejiendo quejas y protestas, manifestaciones y manifiestos (como el de Democracia Real Ya) que expresan la lejanía de los ciudadanos respecto a los gestores políticos y la queja por la precariedad de muchos parados, así como la sensación de sentirse «mercancías» en manos de banqueros y políticos. La incapacidad para prever y actuar ante la crisis, el desempleo y la falta de alternativas para los jóvenes, la aceptación de la corrupción, el individualismo y la falta de respuesta de los partidos, los desbarajustes del mercado financiero… nos llevan a exigir una profundización en la democracia.

Podemos caer en la trampa de reclamar servicios de calidad u oponernos a que se recorten servicios básicos, o hablar del empleo, la sanidad y la educación como prioridades…, olvidando que los recortes no son el problema, sino la consecuencia de una situación derivada de diferentes responsabilidades de la élite dirigente.

Cuando decimos «no a los recortes» estamos diciendo: queremos otra forma de gestionar, una sociedad organizada para disponer de los recursos necesarios para hacer frente a las necesidades básicas del Estado del bienestar.

Como rector de la Universitat de Barcelona, quiero sumarme a las quejas y exigir a quienes tienen la responsabilidad de gobernarnos que de ningún modo concentren los ajustes, los recortes, en perjuicio de los servicios públicos. Creo en la Universidad como prioridad, puesto que cuando hablo de la salud, el empleo y la educación como factores clave de nuestro progreso, sé muy bien que el papel de la Universidad es fundamental a la hora de conocer nuestra sociedad y nuestros problemas, de pensar críticamente en los caminos a seguir y de ofrecer alternativas. La Universidad no forma parte del problema (creadora de gasto), sino que es camino de solución: es el marco para pensar la crisis, repartir responsabilidades (analizar los porqués) y proponer soluciones.

La Universidad es una institución centenaria, independiente y plural, que ofrece docencia y formación, investigación y transferencia, que tiene que partir del pensamiento para responder a los retos del momento actual, para que la ciencia avance y para formar a los profesionales que son la garantía humana en la prestación de los servicios que hoy vemos amenazados. No puede ser que hoy desconozcamos las cifras definitivas de distribución de los recortes. No puede ser que el ajuste en las universidades supere el 10% de referencia que nos aboque a consecuencias negativas inmediatas y a responsabilidades a largo plazo.

Como rector de una universidad pública nunca estaré a favor de hacer negocio en el acceso al conocimiento, a pesar de que hay que ser consciente del coste de los estudios superiores y repartirlo con justicia y solidaridad, con un sistema de becas eficiente. Son los ciudadanos y los políticos que gestionan democráticamente nuestros intereses colectivos quienes tienen que fijar las prioridades, pero yo quiero remarcar mi responsabilidad a la hora de exigir los recursos necesarios para que las universidades públicas tengan un papel decisivo en la salida de la crisis, y principalmente porque los recortes en las universidades inciden muy directamente en su papel inmediato e hipotecan de forma irreversible su futuro. Si nuestra sociedad y sus dirigentes no son sensibles al papel de la Universidad, será necesario que asuman los «peligros invisibles» de esa decisión al hablar de responsabilidades. En momentos difíciles, la Universidad ofrece su responsabilidad con un compromiso de buena gestión, de austeridad, de calidad y de excelencia, pero ante todo ofrece caminos para salir de la crisis y para dar respuestas al descontento.

Por Dídac Ramírez, Rector de la Universitat de Barcelona.

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