Respuesta a Bernard-Henri Lévy

Bernard-Henri Lévy, el pop star francés de la filosofía y del elitismo intelectual, es el autor de un artículo en el que ha señalado a mi novela Mornings in Jenin como uno de los tres alarmantes acontecimientos que lo llevan a preguntarse si “la demonización de Israel nunca tendrá fin”. El artículo se titulaba ¿Vuelve el antisemitismo? Los otros dos acontecimientos que le preocupan, dice, son el creciente boicoteo a Israel y un aclamado documental llamado Tears of Gaza. En primer lugar, veamos cuáles son esos tres objetivos de Lévy:

1) Mornings in Jenin es una obra de ficción histórica, donde unos personajes imaginarios viven en el ámbito de una historia que ha sucedido realmente; y yo animo al que quiera hacerlo a que verifique la exactitud de los acontecimientos históricos que configuran el telón de fondo de la novela.

2) Tears of Gaza es un filme documental de Vibeke Lokkeberg, en el que esta revela el horroroso impacto que produjo el bombardeo de Gaza por parte de Israel en 2008 y 2009, especialmente entre niños y mujeres.

3) Los activistas que participan y promueven un boicoteo económico a Israel son ciudadanos corrientes de todo el mundo, que están atendiendo a la llamada de sus conciencias para adoptar una actitud moral contra una grave injusticia que ha ido demasiado lejos contra la población autóctona de Israel y de Palestina; es decir, contra el pueblo palestino.

En vez de exponer un análisis inteligente de cualquiera de esas tres cosas que tanto le preocupan, Lévy recurre esencialmente al insulto. Simplemente apela a la palabra “antisemitismo” para desacreditar toda descripción negativa de Israel. Esa palabra, con su profunda carga de marginalidad, humillación, desposesión, opresión y, en última instancia, genocidio de seres humanos por ninguna otra razón que por su religión, es utilizada de forma tan irresponsable por gente como Lévy, lo que verdaderamente mancilla la memoria de quienes fueron asesinados en los campos de la muerte por la sencilla razón de ser judíos. Y agradezco a Kurt Brainin, un superviviente del Holocausto, que escribiera una carta conmovedora como respuesta a Lévy expresando exactamente eso.

En ninguna parte de su artículo, en ninguno de los tres elementos a los que se refiere, Lévy identifica nada como realmente antisemita. Porque no puede hacerlo. Si pudiera, creo que lo haría. De hecho, las gentes que están siendo hoy marginadas, humilladas, desposeídas y oprimidas por la única razón de su religión son los cristianos y musulmanes palestinos. Ese es el antisemitismo real de hoy.

Israel ha estado borrando a Palestina del mapa, expulsándonos y robándonos todo lo que tenemos.

Todo lo que nos queda es menos del 11% de nuestra histórica tierra natal, compuesta hoy día por aislados bantustanes, rodeados de muros amenazadores, francotiradores, puestos de control, carreteras solo para judíos y asentamientos judíos en permanente expansión construidos sobre propiedades palestinas confiscadas. No tenemos control alguno sobre nuestros recursos naturales.

El volumen de agua que se recibe depende de la religión de cada cual, de manera que los palestinos deben compartir el agua para lavarse mientras que sus vecinos judíos pueden regar su césped y disfrutar de sus piscinas privadas.

Solo en Jerusalén, Israel ha encarcelado este año a 1.200 niños, que son rutinariamente maltratados y obligados a firmar confesiones en hebreo, una lengua que no entienden. Israel tiene entre sus objetivos habituales a las escuelas palestinas, habiendo creado en Gaza toda una generación de almas perdidas, que crecen conociendo solo el miedo, la inseguridad y el hambre.

Documentos concernientes al brutal bloqueo de Gaza por parte de Israel y a sus despiadados ataques sobre la población civil muestran las frías fórmulas matemáticas utilizadas para asegurarse de que sus habitantes pasaran hambre.

Los palestinos cristianos en la práctica han sido plenamente desplazados del lugar del nacimiento de Jesús. Y la falta de humanidad se manifiesta en las constantes expulsiones, demoliciones de casas, robo sistemático, destrucción de medios de subsistencia, arrancamiento de árboles -en especial de olivos, que son tan preciosos para la cultura palestina-, toques de queda, cierres, discriminación institucional y así sucesivamente.

En lugar de esgrimir lo mejor de los ideales judíos en defensa de la justicia y del alzamiento de los oprimidos, Lévy corre en defensa de Israel repitiendo el gastado mantra de “la única democracia de Oriente Medio”. También la Sudáfrica del apartheid se denominaba a sí misma democracia mientras acribillaba a muchachos en Soweto (con armas, por cierto, suministradas por Israel). Y lo mismo hacía Estados Unidos durante una época en la que al menos el 20% de su población vivía esclavizada, comprada y vendida como ganado.

Igualmente ultrajante es el sistemático etiquetado de “antisemita” que Lévy adjudica a todo el que critica a Israel. Por revelar los numerosos crímenes de Israel tenemos que afrontar la difamación de que somos inmorales, racistas y odiosos. En el caso de Vibeke Lokkeberg, a Lévy le parece importante informar al lector de que se trata de una antigua modelo, ignorando sus logros como experimentada cineasta y autora. Aparentemente, además de sugerir que es racista, tal vez quiera que sus lectores piensen que no está intelectualmente cualificada para crear nada de mérito. Esa táctica de atacar e intentar desacreditar al mensajero en lugar de abordar el mensaje mismo es un antiquísimo método de propaganda.

Lévy nos acusa de “demonizar a Israel” cuando, en realidad, lo que hacemos es descorrer el velo que nos permite, aunque sea ligeramente, mostrar una oscura verdad que él desea mantener oculta. Estoy seguro de que Lévy, que es judío, cree que tiene más derecho a las tierras de mi abuelo que yo. Después de todo, ese es realmente el fundamento de Israel, ¿no es así? La cuestión que debe plantearse es “¿por qué?” y “¿cómo?”. ¿Por qué razón tienen que tener los judíos de todo el mundo derecho a disfrutar de una doble nacionalidad, una en su patria y otra en la mía, mientras que nosotros, los nativos de Palestina, nos consumimos en campos de refugiados, en la diáspora, o en guetos patrullados y en bantustanes? ¿Cómo es que un país con una de las más poderosas fuerzas militares del mundo, que ha estado cometiendo acreditados crímenes de guerra desde hace seis décadas contra una población civil nativa predominantemente desarmada, es descrita como la víctima, y, aún peor, que las víctimas reales, que intentan resistirse a su propia extinción, sean descritas como los agresores?

Nelson Mandela dijo una vez: “Todos sabemos muy bien que nuestra libertad será incompleta sin la libertad de los palestinos”. Ahora, además de denunciarlo personalidades tan notables como la suya, hay en todo el mundo multitudes que lentamente se van uniendo a la batalla por la libertad y la justicia para los palestinos; y parece inevitable que la sistemática limpieza étnica de Israel se encontrará finalmente con la oposición de una masa crítica de gente que obligará a Israel a abandonar su racismo institucional, de manera que la población nativa no judía pueda vivir por fin en Tierra Santa con los mismos derechos legales y humanos que los judíos. Eso es lo que claramente le preocupa a Bernard-Henri Lévy.

Susan Abulhawa, escritora palestino-americana. Traducción de Juan Ramón Azaola

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *