Respuestas en tiempos de crisis

En tiempos de crisis los protagonistas que, en Europa, están institucionalizados o marcan tendencia, ¿pueden proponer respuestas constructivas, proyectarse hacia el futuro presentando un contraproyecto, incluso una utopía? ¿La tendencia espontánea no consiste mayoritariamente en ver cómo se desarrollan respuestas destructivas, tendentes hacia un pasado también más o menos mítico, sin más proyectos que los que permiten considerar una restauración, un retorno al pasado?

De hecho, estos dos tipos de respuesta coexisten y dibujan, de mil y una maneras, paisajes complejos polarizados alrededor de dos figuras principales de la acción colectiva: los movimientos sociales y los antimovimientos sociales.

Los movimientos sociales buscan construir relaciones conflictivas con otros actores e institucionalizar estas relaciones para que permitan la negociación. Transforman la crisis en debates y en conflictos, toman iniciativas, piden más democracia para que puedan ser discutidas, experimentadas, extendidas. Inventan nuevas modalidades de acción, un nuevo “repertorio” según la expresión usada por el historiador Charles Tilly, desaparecido recientemente. Proponen transformar la cultura, la transforman ellos mismos en sus movilizaciones. Reclaman justicia, respeto, reconocimiento, quieren ser considerados en su dignidad, abogan por una sociedad, incluso un mundo, más justo, menos desigual. La acción de los indignados en España, como en otros países desde el año 2011, es la evidencia de estas dimensiones.

Los antimovimientos sociales suponen la otra cara de la misma moneda. Enfrentados como los movimientos sociales a las dificultades que ha institucionalizado la palabra crisis, buscan promover conductas de ruptura, una radicalidad prohibiendo la negociación de las demandas que vehiculan. La democracia no es su horizonte y, más que transformar la cultura, su objetivo es reencontrar o valorizar la cultura tradicional que ellos inventan más que reforman. Están ansiosos de pureza, quieren que el cuerpo social o la nación sean liberados de todo lo que podría manchar su homogeneidad. Abogan por una sociedad cerrada, quieren volver a encontrar las fronteras y las barreras que la construcción europea pudo levantar. En la práctica, que reine la confusión, y ello por varias razones. Por un lado, una lucha concreta, una movilización real puede mezclar más o menos fuertemente las dos figuras principales de la acción colectiva. Especialmente es así cuando esta acción colectiva aglutina significados variados, actores que en otras circunstancias serían contrincantes.

Eso ocurre, en especial, cuando un discurso populista autoriza la fusión de elementos del conocimiento y cuando, por ejemplo, los actores afirman que el desafío para ellos es que la sociedad o la nación puedan ser ellas mismas transformándose, lo que es típicamente populista; no permiten ver de hecho en qué sentido puede producirse el cambio. La experiencia de Italia con Beppe Grillo y su movimiento Cinco Estrellas puede ilustrar esta deriva. Eso sucede también cuando un episodio revolucionario concentra de modo efímero a actores que rápidamente querrán imponer la democracia y a otros que querrán instaurar un poder autoritario, por ejemplo, religioso –las “revoluciones” en el mundo árabe-musulmán, por ejemplo, pueden ilustrar esta situación. Ocurre también que los actores de una lucha que al principio era dominada por las dimensiones típicas de un movimiento social evolucionan, finalmente se dejan llevar por la crisis, se inscriben en las lógicas defensivas que les encaminan progresivamente, o brutalmente, hacia el antimovimiento, volviéndose por ejemplo racistas, dejando escapar su odio y su resentimiento respecto de los inmigrantes.

Por último, un movimiento social siempre puede envejecer mal y, sin necesariamente transformarse en antimovimiento, convertirse en una fuerza que lleve la acción colectiva hacia el mantenimiento de las ventajas adquiridas, el corporativismo, la hiperinstitucionalización y la incapacidad de proyectarse hacia el futuro. Así, el movimiento obrero, en bastantes sociedades europeas, no sólo está en declive sino que lucha por adaptarse al paso de estas sociedades a la era postindustrial y a las ideas ligadas a nuevos valores que son los del desarrollo sostenible, el respeto por el medio ambiente, la aceptación de la diversidad o de una cultura abierta y cambiante –valores que enarbolan nuevos movimientos sociales, especialmente ecologistas, altermundistas y de indignados.

El sentido de la evolución conduce eventualmente del movimiento hacia el antimovimiento y pocas veces juega en sentido opuesto.

Movimientos y antimovimientos no son en sí mismos fuerzas políticas pero existe un paralelismo real. En los dos casos coexisten dos tendencias en su seno, unas para rebuscar un tratamiento político a las demandas que pretenden capitalizar, y las otras para hacer alarde de una radicalidad o de una pureza que prohíbe todo tratamiento político por los partidos. Los movimientos sociales, mientras exista la crisis, están especialmente tentados por la radicalidad, la máxima distancia respecto de los partidos, de los que no esperan nada –son muy críticos respecto de la democracia representativa y consideran a los responsables políticos, si no corruptos, al menos impotentes–. A los antimovimientos les gusta presentarse como antisistemas, en lucha contra todos los partidos, lo que no les impide generalmente buscar constituirse en fuerza política, intentar penetrar en el seno de un sistema político y en algunos casos llegar a acuerdos y construir alianzas que les permitan acceder al poder, o acercarse a él.

La crisis no es favorable a los movimientos, lo es mucho más a los antimovimientos. Razón de más para estar especialmente atentos a los actores que, en el seno de luchas más o menos confusas, se esfuerzan por expresar sus ideas, valores y afectos que van en el sentido del conflicto institucionalizable, de la construcción de debates y de proyectos y, finalmente, de la democracia.

Michel Wieviorka, sociólogo, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París.

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