Respuestas sin pregunta

De las muchas preguntas que hizo el público en el segundo debate televisado por la BBC sobre la independencia de Escocia y celebrado el pasado 25 de agosto en Glasgow entre Alex Salmond y Alistair Darling, hubo una que me pareció extraordinaria por su sencillez y contundencia. Un joven, Nick Watkins, preguntaba al líder de la campaña contraria a la independencia Better together -mejor juntos- que si juntos podían estar mejor, ¿cómo era que ya no estaban mejor? Alistair Darling salió del apuro como pudo, apelando a vagas oportunidades de futuro y poniendo el ejemplo del Dundee Cancer Centre, que dijo que era tan bueno que podía atraer financiación británica, sin la cual su continuidad estaría en riesgo. No sé si la salida por la tangente de Alistair convenció a Nick porque la pregunta había sido mucho más sutil de lo que fue la respuesta. Pero el caso es que hubo pregunta y respuesta.

Lamentablemente, en Catalunya no hemos tenido este tipo de debates, ni es previsible que lleguen ni a corto ni a medio plazo. El president Mas no ha podido discutir públicamente con ningún representante autorizado del no a la independencia, simplemente porque el no se ha considerado tan ilegal como el sí. Y por lo tanto los contrarios a la independencia ni siquiera pueden aceptar un debate en un mismo plan de dignidad política que los que están a favor porque quedarían igualmente situados fuera de la Constitución. La posición española ya quedó perfectamente definida en la ponencia de Pedro Gómez de la Serna, diputado por Segovia del grupo popular en el Congreso de Diputados y portavoz de la Comisión Constitucional en la última escuela de verano de la FAES: “Estos dicen que tienen que votar”, afirmaba despectivamente después de asegurar que no había la más mínima posibilidad de acuerdo con la celebración de la consulta, y añadía: “Que abandonen toda esperanza”, porque “la secesión, esto es lo único que no se va a producir”. Las últimas declaraciones -por cierto, cada vez más crispadas- del presidente Mariano Rajoy se ajustan perfectamente al guion escrito en la FAES.

Pero volvamos a la pregunta de Nick Watkins que aquí nunca se podrá hacer a los del “mejor unidos” ni a ningún otro representante del unionismo. Y es una lástima, porque aquella pregunta aquí tiene incluso más sentido que en Escocia: si la pertenencia a España es tanto más conveniente que la independencia, ¿cómo es que esta supuesta confortabilidad, esta promesa de bienestar y garantía de convivencia y de respeto a los derechos básicos de los catalanes ha sido puesta en cuestión por tantos ciudadanos? ¿Cómo es que un 80 por ciento de catalanes cree que tiene derecho a decidir su futuro de relación con España, y cómo es que parece que un gran número de ellos quiere independizarse? ¿Es creíble, en pleno siglo XXI y todos sumergidos en la red, que todo sea resultado de un proceso de alienación colectiva, de la manipulación mediática producida por una televisión que tiene menos de un veinte por ciento del share, o por unos periódicos soberanistas que tampoco deben de pasar del quince por ciento de toda la difusión de prensa? O ¿cómo podría ser resultado de un adoctrinamiento escolar, cuando esta escuela supuestamente desespañolizadora a duras penas afectaría a los electores de 18 a 30 años, mientras la mayoría del censo todavía fuimos a la otra escuela, la del adoctrinamiento franquista?

La diferencia con Escocia no es tan sólo que allí se puede debatir públicamente y sin miedo a represalias o a ser tachado de nazi, sino que el Reino Unido ha optado por una estrategia de seducción con promesas de mejora. Aquí, la respuesta del Estado ha sido el menosprecio, el insulto y la amenaza. La pregunta que Nick pudo hacer abiertamente en Escocia y ser escuchada en todo el Reino Unido, ciertamente, expresa desconfianza ante las promesas de mejora futura: si podíamos estar mejor, ¿por qué no lo estamos ya? Aquí, en cambio, la desconfianza se ha construido sobre la evidencia del incumplimiento de los compromisos pasados y la amenaza de incumplimientos futuros. De hecho, e incluso más que del incumplimiento de unos, la desconfianza siempre ha sido mutua. España nunca se fio de la lealtad de las intenciones reformistas del nacionalismo autonomista de CiU de antes del 2003. Lo más significativo es que ahora que las intenciones son explícitas -y no porque antes mintiera, sino porque ante el fracaso del proyecto autonomista, ahora CiU ha cambiado de horizonte-, resul- ta que tampoco son de fiar. Parece que el Estado, en el fondo, prefie- re que, como aquel título de Montserrat Roig, le digan que lo aman aunque sea mentira.

No soy de los que atribuyen todo el malentendido solamente a una de las partes. El nacionalismo autonomista cometió muchos errores: se dejó querer por razones interesadas y se dejó llevar por un tactismo relativamente eficaz en el corto término pero que aplazaba sine die las grandes cuestiones de fondo. No se trata de despreciar el balance de resultados materiales, pero, desde el punto de vista de la gran política, Pujol encontró confort en la ambigüedad. En la ambigüedad, y en aquella actitud condescendiente que tantas veces denuncié de creer que todo se reducía a ir a hacer “pedagogía” en España, como si no nos conocieran ni nos vieran venir.

Sea como sea, el caso es que ahora, en los dos frentes del conflicto, sobran respuestas para unas preguntas que está prohibido formular. Y las respuestas sin pregunta, es lógico, al no poder convencer a un interlocutor al que no se deja existir, al no poder ser fruto del diálogo y del debate, acaban pareciendo propaganda y son poco útiles para nadie. En Catalunya, tenemos Nicks Watkins y nos faltan Alistair Darlings. En España, no quieren ni que se hable del asunto.
Salvador Cardús i Ros

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