Resumen político

Ha habido suficiente tiempo desde que se dieron a conocer los resultados de las últimas elecciones autonómicas y desde que quedó claro que podía haber una nueva mayoría en el Parlamento vasco como para que los partidos hayan podido exponer sus argumentos, al igual que lo han podido hacer los analistas políticos. En el momento posterior a unas elecciones siempre aparecen argumentos sustanciales para interpretar lo acontecido, especialmente si viene acompañado de la posibilidad de cambio, y si el cambio es percibido como un viraje radical según algunos parámetros. Es lo que sucede en Euskadi. Ello permite aprovechar la circunstancia para proceder al repaso de cuestiones básicas en el funcionamiento de la democracia.

Parlamentarias y legítimas
Las elecciones celebradas en Euskadi han sido parlamentarias. Es cierto que el resultado final de unas elecciones parlamentarias puede ser, como es el caso en Euskadi, la elección de un presidente de gobierno. Pero no por ello dejan de ser parlamentarias. Lo que hemos elegido los electores vascos ha sido un nuevo Parlamento, para lo cual los partidos políticos han presentado sus listas de candidatos a parlamentarios en cada circunscripción electoral.
La elección de presidente de gobierno es una segunda derivada: accede a la posición de presidente quien obtenga la mayoría en el nuevo parlamento. Los sistemas parlamentarios, todos, son sistemas de democracia representativa. Los sistemas parlamentarios puros son sistemas de democracia representativa completa: lo que los ciudadanos eligen es la representación parlamentaria. Incluso los llamados sistemas presidencialistas no lo son del todo: en EE UU, el presidente es elegido por voto popular, pero tampoco de forma totalmente directa, sino por medio de un colegio electoral, y tiene que gobernar en un sistema de contrapoderes y equilibrios ('check and balances') con la Cámara de Representantes y el Senado. Y en Francia, la elección directa del presidente está sometida, por ser directa precisamente, al sistema de doble vuelta, además de tener que gobernar con el poder legislativo compuesto por representantes elegidos por los ciudadanos.

Las democracias representativas pueden ser de elección proporcional o de elección por mayoría, o mixtas: Gran Bretaña funciona con el sistema de mayoría -quien obtiene el mayor número de votos en cada circunscripción se lleva la representación de esa circunscripción-, España, y en ella Euskadi, funciona con la proporcionalidad: los escaños se dividen en función del numero de votos obtenidos por cada lista de partido. Alemania posee un sistema mixto. Cada uno de los sistemas tiene sus problemas: en Gran Bretaña el sistema fortalece el bipartidismo y muchos votos no queda reflejados en el Parlamento. En España (y en Euskadi) el parlamentario elegido no está sometido al escrutinio de sus votantes de circunscripción, se aleja de ellos, y está sometido al partido que lo coloca en su lista. En Alemania surge el problema de los mandatos de más: cuando los votos directos al candidato y los votos a la lista no coinciden. No hay sistema perfecto: la imperfección es una característica necesaria a la democracia.

Las elecciones vascas han sido elecciones legítimas. La legitimidad de unas elecciones proviene de su sujeción al Derecho y a las leyes. Se ha afirmado, con razón, que las elecciones en el sistema político español están sujetas al control judicial: las juntas electorales que supervisan todo el procedimiento electoral son órganos judiciales. Además, todo el proceso electoral se ha llevado a cabo regulado por leyes aprobadas por parlamentos elegidos a su vez democráticamente.

Quienes han puesto y siguen aún poniendo en duda la legitimidad de estas elecciones lo han hecho porque en ellas no han podido participar partidos y listas declarados ilegales por los tribunales correspondientes fundados en la Ley de partidos políticos. Esgrimen el derecho humano básico de poder ser elector y elegido. Pero la única limitación que pone el sistema político español es que quien quiera participar en democracia debe respetar el principio fundamental del Estado de Derecho: el monopolio legítimo de la violencia que constituye al Estado de Derecho. Es decir: quien no condena la violencia ilegítima no está dentro del Estado de Derecho y su libertad queda por supuesto limitada, como, por poner un ejemplo escuchado en las jornadas sobre la Carta europea de lenguas minoritarias, el derecho de los padres a elegir la lengua de instrucción de sus hijos no es ilimitado: queda limitado a las lenguas declaradas oficiales en un Estado.

La noticia de estos días refiriendo que algunos propuestos para hacerse cargo de algún departamento en el nuevo Gobierno vasco habían declinado la propuesta a causa de las amenazas de ETA debiera ser suficiente para que nadie dude de la legitimidad de las últimas elecciones vascas -aparte de que queda mal dudar de la legitimidad de unas elecciones en las que se ha participado, de unos escaños a los que no se ha renunciado, y habiendo proclamado el derecho a ocupar el poder máximo que estaba en juego en esas elecciones, repito, supuestamente ilegítimas-.

Fundamentos pactados
Algunos de los que ponen en duda la legitimidad de las últimas elecciones vascas tienen otro argumento para deslegitimar éstas y todas las habidas en Euskadi: la falta de legitimidad de la Transición y de la democracia españolas, su rechazo de la Constitución y del Estatuto. Es preciso afirmar que la legitimidad de las últimas elecciones se fundamenta en la Constitución española y en el Estatuto de Gernika. Se suele afirmar que la Constitución no fue aprobada en Euskadi, donde se dice que ganó la abstención. La realidad es otra: en Álava ganó el sí a la Constitución, y en Vizcaya y Guipúzcoa las abstenciones fueron más que los votos afirmativos. Pero si se aplica el porcentaje de abstención técnica -la que hubo en toda España, más un factor corrector, al alza si se quiere, por la especificidad vasca- los votos afirmativos fueron bastantes más que los votos de abstención -es el problema que tiene optar por la abstención en un referéndum-. Y el Estatuto fue aprobado por una abrumadora mayoría de ciudadanos vascos -y no vale referirse exclusivamente al porcentaje de votantes en relación al censo, que fue más del 50%. Si no, que se lo pregunten a los catalanes y su nuevo Estatuto-.

Cuando una sociedad cuenta con unos fundamentos jurídico-institucionales pactados -como lo son todas las constituciones democráticas y lo es el Estatuto de Gernika- lo normal es no plantearse la legitimidad o no de cualquier tipo de gobierno, porque se entiende que todos los gobiernos -sea cual sea su fórmula- son legítimos y asentados en la transversalidad del marco pactado. Aplicado a Euskadi significa que la transversalidad se ubica en el Estatuto y que todo gobierno que se asiente en la lealtad a esa transversalidad pactada es legítimo y no puede ser -si no abandona el fundamento pactado- frentista.

Frentismo y transversalidad
En la lealtad al pacto estatutario es en lo que se mide el frentismo y la transversalidad, y no en la fórmula de gobierno. Los gobiernos Ibarretxe no han sido frentistas por estar formados por nacionalistas -y una IU-EB que no se sabe dónde se ubica-, sino por haber abandonado el suelo del pacto estatutario buscando su anulación, superación y entierro no pactado. En la lealtad al Estatuto puede haber pactos de izquierda o pactos de derecha, pactos de nacionalistas o pactos de no nacionalistas, y ninguno de ellos será frentista si no abandona el espíritu estatutario.
La vicelehendakari de la era Ibarretxe, Idoia Zenarruzabietia, ha hablado de frente nacional. Con la idea de desprestigiar el pacto de investidura, creyendo que la referencia a frente y a nacional basta para descalificar dicho pacto. Es preciso recordar que el término nación -que sí tiene definición- admite varios significados, fundamentalmente dos. La nación de la Revolución Francesa es la nación política, la asociación voluntaria de ciudadanos soberanos. Y la nación del romanticismo alemán es la nación cultural, la comunidad de lengua, cultura y tradición. Con Herder y Humboldt, esta nación cultural era perfectamente compatible con el cosmopolitismo. Es Fichte el que reivindica la unión de ambos conceptos de nación, con lo que se ponen los antecedentes de las dos guerras mundiales y del nacionalsocialismo.

La defensa de la nación política -del Estado de Derecho, de la democracia- es la defensa de los textos y pactos fundacionales de cualquier sociedad, es la defensa de los marcos de convivencia, es la defensa del imperio del Derecho y de la Ley. En este sentido, lo que debiera llamar la atención no es que exista un frente nacional, sino que algunos partidos llamados democráticos no estén en él, crean no poder estar en él, y traten de deslegitimar a otros partidos por defender lo que son los fundamentos de la democracia. Cada uno sabrá dónde está.

Euskera y libertad
El euskera, que, según todos, debiera estar fuera del debate entre partidos, ha sido puesto como testigo de la falta de legitimidad de la nueva mayoría parlamentaria. Se ha afirmado que el nuevo Gobierno no comenzará con buen pie, cuando lo que no comienza con buen pie, quizá porque nunca lo ha tenido, es la reclamación de que el euskera es o sea de todos. No es verdad: el euskera es más de unos que de otros; unos, hagan lo que hagan, son defensores del euskera, mientras que otros se encuentran siempre en el banquillo de los acusados. Unos son, por naturaleza, los jueces, y otros los acusados.

Se confunde la llamada al consenso con la inmunización de todas las medidas de política lingüística que haya decidido una Administración nacionalista. Incluso si usan como argumento que no está permitido referirse a la libertad en asuntos lingüísticos. Ya ha quedado dicho que la libertad de elección de lengua escolar por los padres es una libertad limitada. ¿Pero de verdad cree alguien que la diferencia entre crecimiento de conocimiento del euskera y crecimiento -mucho menor- del uso, el creciente desapego respecto al euskera de unas generaciones nuevas que potencialmente son más bilingües no tiene nada que ver con la libertad?

Joseba Arregui