Resurge el peronismo kirchnerista

A mediados del año 2009 el Gobierno de Cristina Kirchner en Argentina parecía tener los días contados. En el 2008, su principal iniciativa política, un aumento de los impuestos a las exportaciones de soja, fue derrotada por una formidable rebelión de los productores agrarios, apoyada por gran parte los sectores medios urbanos. En las elecciones legislativas de junio del 2009, si bien el Frente para la Victoria (la facción kirchnerista del peronismo) obtuvo la primera minoría con alrededor del 30% de los votos, el Gobierno perdió el control del Congreso.

Néstor Kirchner fue vencido en el distrito más importante de Argentina, la provincia de Buenos Aires, por una alianza de derechas entre dos millonarios que provienen del mundo de los negocios: el alcalde de Buenos Aires, Mauricio Macri, y su partido PRO, y Francisco de Narváez, líder del peronismo disidente. Después de seis años de gobierno desde el 2003 – cuatro de Néstor Kirchner, y dos de su esposa Cristina a partir del 2007-el kirchnerismo parecía en retirada. La gobernabilidad se puso en cuestión en un país donde sólo un presidente elegido democráticamente pudo terminar su periodo legal desde 1950 hasta el 2003. En un programa de televisión, un histórico comentarista político afín a la derecha más antidemocrática, y el líder de la Sociedad Rural Argentina, la organización de los grandes propietarios agrarios, predecían, entre risas, un final anticipado del Gobierno.

Nada en el paisaje político de la Argentina de hoy, dos años después de la derrota del Gobierno frente a las corporaciones agrarias, puede ser más diferente. Cristina Kirchner encabeza las encuestas de opinión con alrededor de 20 puntos de diferencia respecto del segundo. Muchos observadores vaticinan una victoria en primera vuelta de la actual presidenta en las elecciones previstas para el mes de octubre del 2011. La oposición aparece fragmentada y desorientada.

¿Qué ha provocado semejante vuelco político en Argentina? Señalamos tres razones fundamentales: la estrategia del Gobierno de optar por un rumbo marcadamente de izquierda y socialmente inclusivo después de los fracasos del 2008 y el 2009; la muerte de Néstor Kirchner, que galvanizó una corriente con fuerte presencia en la política, la cultura y la opinión pública dispuesta a defender su legado; y la impericia de la oposición para consolidar su momento ascendente.

La sorpresiva reacción de un gobierno derrotado en el 2008 fue avanzar con una serie de reformas de evidente sesgo progresista. Primero y fundamental, la nacionalización del sistema de pensiones (hasta ese momento en manos de una inviable administración privada) le permitió al Gobierno consolidar una ampliación masiva de la cobertura de jubilación y obtener nuevos recursos para su política social. La ley de Medios Audiovisuales, aprobada en el 2009, apunta a pluralizar el sistema de medios de comunicación privado – muy concentrado en Argentina-y democratiza la autoridad regulatoria, hoy en manos de un simple representante del Gobierno. La asignación universal por hijo, sancionada también en esos meses del 2009, es la política social más ambiciosa en términos de recursos sobre el PBI en América Latina hoy, e implica un subsidio inédito a las familias de trabajadores pobres no registrados en la seguridad social.

Finalmente, la ley de Matrimonio Igualitario, que posibilita el casamiento entre gais y lesbianas, situó a Argentina en la vanguardia mundial en materia de derechos de las minorías sexuales, beneficiando a un colectivo históricamente relegado en el país. Todas estas medidas implicaron ampliaciones de derechos sociales (a la jubilación y a un ingreso mínimo) y civiles (al matrimonio y a la información plural) tangibles, reconocidos por gran parte de la población.

En segundo lugar, la muerte de Néstor Kirchner revalorizó su lugar en la historia como el presidente que sacó a Argentina de la debacle financiera y social del 2001-2002, y como constructor de la unidad política latinoamericana. En efecto, habiendo recibido un país convulsionado, Néstor Kirchner esencialmente reivindicó la autonomía de la política como expresión de mayorías, enfrentando en el camino de la recuperación económica a sectores poderosos como el Fondo Monetario Internacional, las finanzas y la Iglesia. A nivel internacional, como presidente y luego como secretario general de la Unasur (Unión de Naciones Sudamericanas) el ex presidente cumplió un rol relevante, a veces decisivo, en el bloqueo al Áreade Libre Comercio de las Américas (ALCA) impulsada por Estados Unidos en la región, en contrarrestar intentos de golpe derechistas en Bolivia y Ecuador, y en afianzar las relaciones entre Venezuela y Colombia. La sentida y emocionante despedida del presidente Lula, y el histórico abrazo entre los presidentes de Colombia y Venezuela, Juan Manuel Santos y Hugo Chávez, frente al ataúd en el velorio en Buenos Aires, son testimonio del rol de Néstor Kirchner a nivel continental.

En suma, la muerte del líder evidenció un legado que muchos vieron como trascendente, y como un llamamiento a arropar a la presidenta.

Finalmente, no se puede excluir de este relato la impericia de la oposición política. Las derrotas del kirchnerismo en el 2008-2009 escondieron un hecho que no se ha modificado desde la crisis del 2001 en Argentina: la fragmentación del polo no peronista en el sistema político. La Unión Cívica Radical, el supuesto partido de las clases medias, no termina de hacer pie en los distritos más ricos del país (la capital y porciones de la provincia de Buenos Aires). El peronismo disidente cuenta hoy con más caciques que indios y su alianza con el partido de Macri se hizo trizas. La derecha del PRO y la Coalición Cívica de Elisa Carrió no terminan de ser partidos distritales, restringidos a la ciudad de Buenos Aires. Dada esta fragmentación, no sorprende que la oposición haya sido impotente para imponer alguna de sus iniciativas en la última legislatura.

La presidenta Cristina Kirchner tiene desafíos por delante. Casos de corrupción en determinados funcionarios y de violencia sindical, una inflación en ascenso y un hostigamiento de los medios de comunicación dominantes, verdadera vanguardia de la oposición política. La presidenta ha llamado a un pacto social entre Estado, empresarios y trabajadores para combatir la inflación, que tiene buenas perspectivas, como opción a un plan antiinflacionario recesivo.

La paradoja es que mientras Europa se debate hoy entre ajustes unilaterales, deflación y huelgas, Argentina avanza en un proceso de crecimiento económico, ampliación de derechos, y de confluencia entre actores sociales y económicos, que recupera las tradiciones más civilizadas de las democracias del Viejo Continente.

Sebastián Etchemendy, doctor en Ciencia Política, Univ. de California, Berkeley. Director de la Maestría en Ciencia Política, Univ. Torcuato Di Tella, Buenos Aires.