Reticencias al cambio en Myanmar

Por Pedro Baños Bajo (EL CORREO DIGITAL, 08/05/08):

A la Junta Militar birmana, encabezada por el general Than Shwe, se le complica su permanencia en el poder desde el que somete con mando de hierro a los sufridos habitantes de Myanmar (antigua Birmania) desde 1963. Sus integrantes estarán temerosos de que el terrible desastre provocado por el reciente ciclón, que ha dejado decenas de miles de muertos y desaparecidos, sea un revulsivo contra su opresor régimen militar y la gota que colme el vaso de la paciencia internacional, obligando, finalmente, a la apertura democrática anhelada por amplios sectores de la población. Un nerviosismo al que añadirá tensión la segura agudización de los problemas ya existentes en torno a la creciente carestía de alimentos básicos como el arroz, consecuencia directa de los efectos devastadores de la catástrofe en la agricultura.

Para controlar su propia zozobra, los dictadores intentarán seguir manteniendo la confianza de un Ejército de 450.000 hombres (incluyendo la policía y las milicias populares), base de la fortaleza de su mundialmente desprestigiado régimen, y cuyos efectivos nunca han dudado en emplear para someter a la castigada población. Un Ejército cuyos mandos, que mayoritariamente pertenecen a la predominante etnia birmana, están animados por un fuerte sentimiento nacionalista y por un incondicional apoyo a la Junta Militar. Los generales seguirán teniendo fe en estas fuerzas armadas que, aun disponiendo de 98 carros y 150 aviones de combate, centran su capacidad en la habilidad para el combate en la montaña, el bosque y la selva, y en el empleo de tácticas de guerrilla y contraguerrilla, lo que, unido a la difícil orografía y al hostil ambiente, dificultarían a un invasor llegar a dominar el país. Características especialmente adecuadas para controlar a la población aldea por aldea.

Pero los integrantes de la Junta quizá no las tengan todas consigo al pensar en los fuertes intereses internacionales que convergen sobre su país. Para Pekín, Birmania siempre ha sido parte de sus más dulces sueños geopolíticos, ya que le permite el acceso directo al Océano Índico, una de sus mayores ambiciones expansionistas. Lo que ha conseguido plenamente con la instalación de radares y la construcción de bases navales en la costa birmana, como la establecida en la isla Coco, desde la que controla las actividades de la Armada india. Todo a cambio del apoyo decidido chino a la dictadura militar desde 1978, pasando a ser su principal suministrador de material militar (carros de combate T-69, misiles HN-5, etcétera).

Los intereses económicos de Pekín en la antigua Birmania van desde garantizarse el suministro de arroz de uno de los primeros productores del mundo, a abastecerse de sus ingentes recursos minerales, casi todavía sin explotar (como zinc, plata o tungsteno, del que ya es el cuarto productor mundial). Eso sin descuidar la inmensa riqueza forestal que posee Myanmar, especialmente en la zona fronteriza entre ambos países, una de las de mayor biodiversidad del planeta. De hecho, China ya se ha convertido en el primer socio comercial de Rangún.

En el plano diplomático, China siempre ha garantizado a Birmania el manto protector de su asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, que le permite tener la certeza de que ningún país intervendrá en sus asuntos internos, como pudo comprobar con ocasión de la ‘revolución del azafrán’ el pasado septiembre. Y como vuelve a ocurrir ahora, ya que Pekín no respalda la propuesta de EE UU de que el CSNU inste a la Junta Militar a permitir la participación de grupos opositores en el referéndum sobre la nueva Constitución previsto para el 10 de mayo, que corre el riesgo de no quedar más que en una farsa para dar un aspecto civil a la continuidad del dominio militar.

Asimismo, China va a construir un oleoducto desde el puerto de Sittwe, en Myanmar, hasta Kunming, capital de la provincia china de Yunnan, con la finalidad de no depender del saturado, conflictivo y fácilmente bloqueable estrecho de Malaca, por el que actualmente transita el 70% del crudo que importa Pekín. E invertirá mil millones de dólares en construir un gaseoducto de más de 2.000 kilómetros desde Birmania a su territorio. Las principales petroleras chinas han incrementado notablemente sus intereses económicos en Myanmar, entre los que figuran la extracción de crudo y gas en aguas profundas cercanas a su costa. Otra de las intenciones de China es equilibrar la amenaza que le supone la alianza entre India, EE UU, Japón y Australia, a la que ha llegado a denominar como una ‘mini OTAN’.

Por lo que respecta a India, trata de hacer frente a la presencia de Pekín, por el que se siente cada vez más rodeado, al tiempo que intenta ejercer el dominio del Golfo de Bengala, razón por la que ya controla las islas de Andaman y Nicobar, con capacidad para cortar las rutas en dirección a los principales puertos de Myanmar.

La comunidad internacional, encabezada por EE UU, presta especial atención a Birmania por varios motivos, más o menos confesables. En primer lugar, por contrarrestar la influencia de China en esa parte del mundo. Además, para frenar la exportación de opio, del que es uno de los principales productores mundiales, al igual que de anfetaminas.

De lo que no cabe duda es de que China tiene en sus manos la capacidad de decidir una buena parte de lo que vaya a acontecer en los próximos días en Birmania, tras el referéndum. Su apuesta sería la del apoyo a la perpetuación, sin más, de la dictadura militar. Pero quizá la delicada situación que vive Pekín en el plano internacional, especialmente a consecuencia de los acontecimientos en Tíbet, lleve a los dirigentes chinos a adoptar posturas más proclives al cambio controlado en Myanmar. Sin olvidar que una de las bazas más importantes de la expansión china en países subdesarrollados es precisamente garantizarles el pleno ejercicio de su soberanía, libre de cualquier injerencia externa. Pekín sabe que si cediera ahora la caja de Pandora quedaría abierta, y el siguiente eslabón de su cadena de influencias en quebrarse podría ser Sudán, por su intransigente posición con respecto a Darfur.