Retos globales de la OTAN

Por Ivo Daalder, investigador en The Brookings Institution, y James Goldgeier, profesor de Ciencia Política en la George Washington University. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 27/11/06):

¿Pueden reunirse los dirigentes de la alianza militar de más éxito de la historia sin que nadie se dé cuenta? Lo normal sería pensar que no, dado lo que ha ocurrido con otras cumbres anteriores de la OTAN. En 1991, los líderes de la Alianza se reunieron en Roma para aprobar un nuevo Concepto Estratégico por el que guiarse en el mundo posterior a la guerra fría. En 1997, acudieron a Madrid e invitaron a tres países que habían pertenecido al Pacto de Varsovia a unirse a una organización creada inicialmente para defender a sus miembros contra un ataque soviético y de esos mismos países. Dos años después, se reunieron en Washington para celebrar el 50º aniversario de la Alianza y subrayar que seguía teniendo importancia en un momento en el que estaba llevando a cabo la mayor operación militar de su historia en Kosovo.

Esta semana, los responsables de la OTAN vuelven a verse. Sin embargo, en su mayoría parecen deseosos de entrar y salir de Riga, Letonia, sin dejar una gran huella, ni mucho menos un legado. Muchos de los principales líderes asistentes han perdido la confianza de sus ciudadanos, por lo que resulta difícil establecer un programa ambicioso. El Partido Laborista, resucitado hace casi 10 años por Tony Blair, se ha vuelto en contra del primer ministro y ha hecho que tenga que retirarse el próximo verano. Jacques Chirac está en el último tramo de su mandato, y Francia tiene puesta su atención, sobre todo, en la próxima generación de dirigentes brillantes y ambiciosos que luchan entre sí para sucederle. Y George W. Bush ha recibido la mayor paliza política de su carrera a manos de un electorado estadounidense claramente harto de la incompetencia de su Administración en Irak, Nueva Orleans y otros casos. Angela Merkel debe de estar preguntándose si queda alguien con quien trabajar.

La parálisis política interna repercute en lo que puede hacer la OTAN fuera de sus fronteras. Sus dirigentes se enfrentan al espectro del fracaso en la mayor y más importante operación militar de la Alianza, en Afganistán. La OTAN se había propuesto algo muy difícil: estabilizar un país destruido por más de un cuarto de siglo de guerra civil y con un nivel de vida que es el 10º más bajo del mundo. La economía afgana depende enormemente de la producción de opio, su política está paralizada por las profundas divisiones existentes y su seguridad está cada vez menos garantizada ante la insurgencia de las fuerzas talibanes y de Al Qaeda.

La OTAN se hizo cargo de la misión sabiendo que iba a ser difícil y que necesitaría un esfuerzo extraordinario. Pero no ha destinado los medios necesarios para triunfar. Algunos países ni siquiera han aportado los soldados y medios que habían prometido, mientras que otros han establecido tales restricciones a lo que pueden hacer sus tropas y dónde pueden estar desplegadas que su presencia no sirve prácticamente de nada. No obstante, incluso con una dotación completa de soldados y sin “condiciones” nacionales que limiten la actuación de las tropas, la operación seguramente fracasará si los miembros de la Alianza no hacen un esfuerzo mucho mayor. Por desgracia, con Estados Unidos empantanado en Irak y los ejércitos europeos estirados al máximo de sus posibilidades, da la impresión de que la Alianza ha querido abarcar demasiado.

Existe la tentación, en algunos círculos, de creer que la OTAN debería proponerse metas más modestas y volver a centrar sus esfuerzos en la misión original de garantizar la seguridad de Europa. Es muy posible que, aparte de Afganistán, los principales temas de conversación en Riga sean asuntos más cercanos, como las acciones para estabilizar los Balcanes, la mano tendida a vecinos clave como Ucrania y Georgia, y la necesidad de definir la relación entre la OTAN y la Unión Europea.

Éstos son aspectos importantes, pero no abordan verdaderamente los males que aquejan a la Alianza. Son demasiados los miembros de la OTAN que siguen considerándola, ante todo, como una organización de defensa regional y europea. Sin embargo, las amenazas a las que se enfrentan hoy todos sus miembros no son regionales, sino mundiales. Los principales retos que afrontan Europa y Estados Unidos, como el terrorismo, la proliferación de armas y los Estados fallidos, proceden de fuera de la región del Atlántico Norte. Al fin y al cabo, por eso es por lo que la OTAN está en Afganistán.

De modo que, más que pensar en metas más modestas y regionales, lo que tiene que hacer la OTAN es fijarse objetivos más amplios y más globales. Debe elaborar una estrategia que aborde directamente esos retos mundiales. Tiene que desarrollar y obtener unos medios militares que le permitan proyectar su poder a grandes distancias y de forma muy rápida. Y debe mejorar su capacidad colectiva de actuar en todo el mundo, para lo que necesita apoyar la estrategia del presidente Bush de crear una asociación de alcance mundial con otros países democráticos, como Japón, Australia y Corea del Sur. Es más, con el tiempo, habría que invitar a estas democracias de fuera de Europa a que se incorporen a la Alianza como miembros de pleno derecho.

La cumbre de Riga ofrece a los dirigentes de la OTAN la oportunidad de fijar un rumbo nuevo, que convierta el éxito en Afganistán en el primer paso para hacer de la Alianza un actor cada vez más importante en el escenario mundial. Esta transformación costará tiempo -y seguramente una nueva generación de líderes-, pero el esfuerzo debe comenzar por una nueva mentalidad que esté dispuesta a abordar el mundo tal como es, y no como fue en el pasado o como a algunos les gustaría que siguiera siendo.