Retrato de artista despidiéndose

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 17/03/07):

Las palabras nacen, ocupan su lugar mientras crecen, luego se hacen mayores y cambian, y se prestan al tiempo para muchas cosas, y su sentido inicial se va perdiendo hasta que llega un momento en que no es fácil reconocerlas y sirven como metáforas de los asuntos más incomprensibles. E incluso hay palabras que tras un largo ciclo, mueren. Las palabras mueren de olvido. Dicho así parece algo hermoso y como muy sentido pero es un drama que afecta a nuestro ser más íntimo y a las relaciones sociales y a nuestra cultura cotidiana. La metamorfosis de las palabras hasta su fallecimiento por consunción de olvido es un proceso demoledor de nuestra personalidad.

Hace ya muchos años lo escribí al descubrir un día que algunas palabras que para mí tenían un sentido preciso y evocador al mismo tiempo, no significaban nada para otra generación. Lo recuerdo muy bien, porque la palabra que me advirtió fue la de acerico.

Le dije a mi hijo que me acercara un acerico y se quedó mirándome, perplejo. Para mí “el acerico”, esa pequeña almohadilla donde estaban clavadas docenas de alfileres – ¿se habrá muerto ya la palabra alfiler sin que yo me enterara?- formaba parte de mi infancia; igual que mi abuela, igual que la caja de hojadelata de los botones, igual que la pantalonera – que hacía los pantalones cortos; los largos ya eran cosa de sastres, y ambos tenían acericos diferentes-, igual que los jerséis de punto de cruz y las rebecas de entretiempo.

Si hay una palabra que en castellano ha recorrido un ciclo fascinante hasta llegar a la inanidad, cuando no a la estupidez, es la de artista. Referido al pasado lleva implícita un montón de referencias culturales y evoca mundos y personalidades, pero adscrito al presente sólo es aplicable a las folklóricas y a los tíos divertidos. “Una artista” es una señora que se sube a un escenario, y “un artista” es un cachondo muy hábil en el dominio del personal. Me vino a la cabeza cuando me quedé literalmente absorto contemplando el último autorretrato de Tintoretto. Se exhibe en el Museo del Prado madrileño en una de esas exposiciones que exigen un viaje. Dominando la parte central del museo se expone un concentrado de obras de Tintoretto, único en su calidad, no sólo porque desde la de Venecia de 1937 no se había intentado cosa semejante con la obra del veneciano sino porque hay una preocupación especial por que lo expuesto alcance la excelencia o aspire a ella, dejando incluso a un lado lo que pudiera oscurecer el esplendor de la muestra. (Baste decir que si alguien se toma la molestia de trasladarse a la planta baja del Museo del Prado se encontrará con telas de Tintoretto que no han sido incorporadas a la exposición). Entre las maravillas expuestas hay dos autorretratos del pintor cuya contemplación juntos, en la misma secuencia visual, constituyen un privilegio único que caducará el 13 de mayo, cuando la exposición se clausure. Ronda lo imposible que una vez más pudiera mostrarse en vecindad un cuadro que se exhibe en Filadelfia con otro que ya es un ritual clásico del Louvre. Entre los dos trascurre la vida creativa de Jacopo Robusti, conocido como Tintoretto, que nació en Venecia, vivió siempre en Venecia y murió en Venecia a los 75 años.

El primer autorretrato es propiedad hoy del Museo de Filadelfia, tras haber pasado por manos españolas, como una parte importante de la obra de Tintoretto que algunos aristócratas acumularon con obsesión de coleccionistas y que luego sirvieron de suculento beneficio a sus herederos, pero que deja por explicar el por qué de esa inclinación hacia el pintor veneciano en un panorama donde había mucho y bueno donde escoger. El primer autorretrato al que me refiero, pintado según los expertos cuando aún era veinteañero, representa un joven más que arrogante, chulo diríamos hoy, con un aplomo que sostiene la mirada, vuelta la cara hacia el espectador, con un gesto que podría representar al tiempo un carácter hosco y seguro y poco dado a la exhibición, y el pelo en rizos que envuelven desde la oreja hasta la barba. Los ojos implacables en su brillo retador: “éste soy yo y no tengo tiempo que perder”.

Los estudiosos señalan que ese autorretrato es un anti-Tiziano en todo; el color, el sombreado, la pose, el gesto, la profundidad, sobre todo la profundidad, esa mezcla de pincelada y reflexión que otorga a este cuadro una fuerza que intimida. Tiziano era unos cuarenta años mayor que Tintoretto, es decir, que cuando éste pinta su autorretrato veinteañero el viejo maestro ya sobrepasa los sesenta, y es pintor de reyes. ¿Qué quiere decir pintor de reyes? Pues algo muy obvio en el clasista territorio del arte y la pintura. Un pintor de reyes es el rey de los pintores. Hoy sonaría a chiste decir esto, pero estamos en el siglo XVI allí donde todo parece que va a cambiar y donde todo seguirá igual y empeorando. Tintoretto nacido en 1518 o 1519 y muerto en 1594, va a vivir en esa Venecia que es el centro del mundo que se está viniendo abajo, pero donde aún suenan las fanfarrias de las victorias, Lepanto por ejemplo, y la Contrarreforma, Trento está cerca y los casi veinte años que dura el Concilio son los años estelares de la vida del pintor. Y cuando se dice que esas cosas no afectaban a la vida de un artista bastaría el cuadro de Esther ante Asuero – ay, si van ahora ya se lo habrán quitado de la exposición devolviéndoselo a la reina de Inglaterra- que entra de lleno en la polémica entre Lutero, que cuestionaba el libro de Esther, y los contrarreformistas de Trento que lo ensalzaban.

Entre lo más temerario de Tintoretto, y hay mucho en su obra y en su vida, está el hecho de constituirse en el rival de Tiziano, que podría ser su abuelo y ya gozaba del prestigio de un consagrado pintor de reyes, embajador de los poderosos, confidente de los grandes, íntimo de Aretino; el primer publicista de la edad moderna. Parece imposible pero fue cierto, el hijo del tintorero compitió y con éxito. Y aquí tenemos los dos elementos que conforman una personalidad como la de Tintoretto. Primero su condición de artesano y segundo su audacia absoluta, capaz de jugar sucio para superar su inferioridad de casta, de edad y hasta de prestigio. Un artista pintor en la época de que hablamos es un artesano, con un taller y su docena de empleados, pero que al fin y a la postre trabaja con las manos. Y el trabajo manual es un demérito. La ambición de todo artesano pasa por convertirse en funcionario, es decir, pintor de Estado; Tintoretto lo intentará sin éxito. Velázquez, un siglo más tarde, suplicará y se humillará hasta conseguir superar su condición de artesano.

La sociedad en general y la veneciana en particular, una de las más avanzadas, diríamos hoy, si la comparamos a la que regía en el imperio español, tenía muy claras las diferencias entre las elites aristocráticas, los cittadini y los popolari.Y evidentemente un pintor era un individuo especial pero que no alcanzaba a la categoría de los cittadini;empresarios, comerciantes y funcionarios. Esto no es el drama de la pintura, pero si es el drama de los pintores. Porque tienen familia, hijos, herederos, ambiciones, muchachas casaderas, vejeces inquietantes. Era muy diferente la consideración de un escritor, de un hombre de pluma, de poeta, de cronista, o de publicista y pornógrafo como Aretino o de sonetista y arquitecto como Miguel Ángel o de inventor como Leonardo. Se escribe a mano, pero eso no daba la consideración de trabajador manual, y ese matiz de diferencia gozaba de otro predicamento social que hoy nos queda muy lejano y difícil de entender, pero sin el cual no comprenderemos muchas de las inquietudes de un artista.

Jean-Paul Sartre escribirá un brillante artículo dedicado a Tintoretto, el personaje que se convertiría para él en una reiterada obsesión, como creador y como personalidad. Lo tituló El secuestrado de Venecia y al parecer va a ser traducido al fin al castellano. Confío que no sea sólo el texto de 50 páginas que apareció en 1957 y que incluirán los inéditos dedicados al pintor que Sartre fue desparramando a lo largo de su vida, incluso cuando ya casi ciego visitaba el Louvre para intuir, imaginar, ese otro autorretrato conmovedor del Tintoretto viejo – “burlado”, según Sartre- y al que yo he titulado Autorretrato de pintor despidiéndose.

En un libro muy hermoso recientemente aparecido, Vicente Molina Foix hace un repaso a las diferentes miradas literarias que se fijaron en el pintor veneciano. En Tintoretto y los escritores (Galaxia Gutemberg-Círculo de Lectores) hay un compendio de enfoques sobre Tintoretto; entre los que más me han llamado la atención está el de la novelista norteamericana Mary McCarthy, autora hacia la que siento una admiración ilimitada, que tuvo en España escasa fortuna como escritora pero que protagonizó entre nosotros una polémica, yo diría que histórica, sobre el papel de la novela con el malogrado Luis Martín-Santos, autor de Tiempo de silencio.

Ese autorretrato que conmocionó al Sartre ya anciano se puede ver ahora en el Prado sin necesidad de desplazarse a París. Lo pintó hacia 1588, con setenta años, notable longevidad para la época. Para entonces ya lleva más de diez años muerto el competidor Tiziano, otro longevo de excepción que casi alcanzó a ser centenario. Merece la pena detenerse en la agresiva prosa de Sartre evocándolos a los dos en permanente dialéctica, incluso cuando retrata las dos tumbas para explicar las dos consideraciones y las dos valoraciones de Venecia hacia sus dos pintores emblemáticos. Hay en esos ojos como pozos sin fondo, desvaídos en la mirada, cansados, tal tristeza. Y la barba, la única luz auténtica del retrato, esa barba que refleja lo que uno ha vivido y lo que uno ha sufrido. El más sentido y hermoso retrato que un hombre viejo pinta de sí mismo al despedirse. Esto soy; en esto me he quedado.