Retrato de Hamlet con un lapo en la mejilla

Tom Stoppard, sin duda el más importante autor teatral vivo, decía en una reciente entrevista en The Guardian que el conflicto en torno al ‘brexit’ era un asunto “demasiado grande” como para dedicarle una de sus obras. El “tamaño del elefante” resulta, en efecto, imponente pero lo sustancial de lo que se dirime –el margen de las personas para cambiar el rumbo de su destino en base a una ilusión- ya quedó planteado en la función que le catapultó al éxito hace ahora medio siglo.

Nacido en Checoslovaquia, criado en Singapur y la India, Stoppard se declara remainer –o sea que presumiblemente votó contra el ‘brexit’- porque “la fraternidad es buena para nosotros”. Mi propia reacción fue mucho menos flemática. Entre todas las votaciones que he vivido, el resultado que más me ha entristecido no ha sido el de ninguna de las elecciones generales en las que los españoles hemos respaldado a quien no lo merecía, sino el del referéndum del ‘brexit’ que ha llevado a los británicos a abandonar el proyecto europeo.

Cada vez que vuelvo a Londres desde entonces, siento la desazón de lo que percibo como un divorcio incomprensible, desde el punto de vista de la épica democrática del “sangre, sudor y lágrimas”, pero sobre todo como una desgarradora mutilación recíproca del acervo cultural que compartimos.

Es una sensación de amarga impotencia, al comprobar cómo está ya listo el bisturí político que procederá a la amputación, cuando menos simbólica, de todo cuanto de admirable veíamos en el Reino Unido como europeamente nuestro. Y al percibir correlativamente que lo que va a ser malo para nosotros, resultará pésimo para ellos.

Si en medio de la fatalidad se me concediera el último deseo de los condenados, pediría, a modo de cigarrillo literario, que se declarara a Shakespeare patrimonio común de la cultura europea, pues si es cierto que él fue, en palabras de Harold Bloom, el “inventor del género humano”, su hermanamiento biográfico con Cervantes y el consenso de los críticos en atribuir a Hamlet la lectura imaginaria de Montaigne, acotan un espacio en la historia de la civilización. Si, como escribió su contemporáneo John Donne, “todos somos parte del continente”, Shakespeare más que nadie.

Parafraseando a una de sus mejor cinceladas criaturas -el desaforado Falstaff-, el genio e ingenio de Shakespeare no sólo tienen valor inconmensurable por sí mismos, sino también por el genio e ingenio que infunden en los demás. Y eso me devuelve a aquella obra primigenia, Rosencrantz and Guildenstern are dead, con la que Stoppard asombró en el festival de Edimburgo y dejó boquiabierto al crítico, director y productor Kenneth Tynan, hasta el extremo de estrenársela en 1967 en el Old Vic, sede del National Theatre que dirigía sir Laurence Olivier. ¡Qué gloria para un veinteañero!

El mes pasado tuve la suerte de asistir en ese mismo lugar de los hechos, al otro lado del Támesis, a una de las representaciones del cincuentenario de aquel estreno. Y pocas veces he percibido tanto contagio de talento entre la fuente de inspiración, el autor, los actores y unos espectadores que salían de la sala con la sensación pintada en el rostro de ser mejores que al entrar.

El propio título de la función ya supuso un aldabonazo cuando se estrenó. Nos remite a uno de los enigmas de Hamlet. “Rosencrantz y Guildenstern han muerto”, dice el embajador inglés en la última escena, cuando llega al palacio de Elsinor y no encuentra sino cadáveres. Pero no se refiere a ninguno de los cuerpos presentes, sino a los dos amigos de Hamlet, enviados por su padrastro a acompañarle en su viaje-trampa a Inglaterra.

Shakespeare relata someramente que los emisarios eran portadores de una carta, pidiendo la ejecución inmediata de Hamlet, pero que este les dio el cambiazo en alta mar, antes de ser capturado por los piratas que lo devolvieron a Dinamarca. Stoppard recrea la situación, haciendo de Rosencrantz y Guildenstern la representación del hombre corriente sometido a fuerzas incontrolables, en su fatídico recorrido hacia la “muerte seguida de la eternidad”. Es decir hacia “lo peor de los dos mundos”, como apostilla con ácida ironía uno de ellos.

Como a Vladimiro y Estragon o a los protagonistas kafkianos de El Castillo y El Proceso, a Rosencrantz y Guildenstern, Ros y Guil para los amigos, la suerte siempre les es adversa. Lanzan una, dos, diez, veinte, ochenta, hasta noventa y dos veces, una moneda al aire y siempre sale cruz. Ellos mismos lo admiten: “Somos personas insignificantes, no conocemos las interioridades de las cosas, ni las ruedas que mueven el engranaje”. Pero creen tener una misión –entregar la carta- y prenden sus ilusiones en ese desempeño, “hasta que los acontecimientos se hayan desarrollado”.

Tal desarrollo tiene lugar dentro del barco que les lleva a Inglaterra. En su cubierta y sus camarotes se sienten libres para desplazarse, hacer planes y comentar sardónicamente que no tienen “ninguna confianza” en los ingleses. Será demasiado tarde cuando se den cuenta de que han sido víctimas de un engaño, de que la versión final de la carta es a ellos a quienes manda a la horca. Será prácticamente con la soga al cuello cuando lo reconozcan: “Nuestro error fue subirnos a un barco. Claro que podemos movernos, dar vueltas, charlotear, pero nuestro movimiento está contenido en uno mayor que nos arrastra tan inexorablemente como el viento y la corriente”.

Ese barco es el ‘brexit’, haciendo el recorrido inverso desde la isla al continente. Los ingleses creen que van a entregar en Bruselas una carta que les liberará de sus servidumbres, permitiéndoles conservar todas las ventajas de la buena vecindad; y en realidad llevan otra que sólo puede labrarles desgracias. La metáfora perfecta de lo que les espera queda representada por una escena de la obra de Stoppard en la que el propio Hamlet, tras consumar su engaño, emerge detrás de una sombrilla pop, se acerca a la proa del barco, escupe contra el viento y recibe el impacto de su propio lapo en la mejilla.

El gag tiene una fuerza transgresora única que teatraliza –cual si de una elevación al cubo se tratara- el teatro dentro del teatro, mediante el que el hombre de la calle, disfrazado de Ros y Guil, ha podido infiltrarse en un drama de altura. “Es como pintarle un bigote a la Mona Lisa”, ha escrito en sus notas para Penguin el crítico Roger Sales. Pero también tiene un significado político probablemente no buscado por Stoppard: que las tonterías de quien osa escupir contra el viento se pagan con el precio inasumible del ridículo.

El primero que quedó no ya marcado sino noqueado por el salivazo de su irresponsable referéndum –concebido y convocado para dirimir querellas internas de los tories– fue David Cameron. Ahora les toca el turno a Theresa May y a su flamboyante Foreign Secretary Boris Johnson, que triunfarán a corto plazo huyendo hacia adelante en las elecciones anticipadas de junio, pero no conseguirán ni remotamente satisfacer las expectativas de lo que los más listos de la clase llaman un “brexit inteligente”, o sea el mantenimiento del acceso al mercado único sin libre circulación de personas, a cambio de diversas cooperaciones estratégicas.

Con la Merkel, y sus escuderos Juncker y Tusk, ya han topado. El triunfo hoy de Emmanuel Macron, cual nuevo Fortinbras que emerge como paladín regeneracionista en medio de la degollina de los populismos varios y corrupciones diversas que han confluido en las presidenciales francesas, terminará además de disipar la fantasía de la implosión de la Unión Europea, alentada al alimón por Trump y Putin.

Lo que les espera, por el contrario, a los británicos es un proceso de creciente estenosis de su comercio exterior con una zona económica que hasta ahora recibía el 50% de sus exportaciones. El estrechamiento de esa fuente de prosperidad será inexorable porque más inconveniente aún que los aranceles que lastrarán sus productos será, para un país proveedor de los más diversos componentes industriales, su exclusión de todas las mesas regulatorias en las que se fijan los requisitos de homologación, licencias y patentes o cualificaciones profesionales.

Menuda bronca les echarían Churchill y Thatcher a sus cachorros por abandonar el más cercano de los tres círculos de la influencia británica en el mundo –Europa, EEUU, la Commonwealth- a cuenta de cerrarle el paso al ya liquidado Farage, asumiendo su demagógica eurofobia. Churchill fue el primer impulsor de los Estados Unidos de Europa y Thatcher, con los pies en el suelo de sus intereses, pensaba que la mejor forma de boicotear la acumulación de poder por Bruselas era hacerlo desde dentro.

Como se ha visto en sus primeros compases, May afronta una negociación poco menos que condenada al fracaso, en la que cada desencuentro será carne inmediata de tabloide, de forma que el Bild retroalimentará al Sun y viceversa. En ese contexto de creciente enconamiento mutuo, resultará imposible que ocurrencias paliativas como la del inventor de la palabra ‘brexit’, Peter Wilding, que aboga por revitalizar el Área Económica Europea -formada por la UE, más Noruega, Liechtenstein e Islandia- con Inglaterra dentro, lleguen a cuajar. Como él mismo ha escrito de los intentos de crear una política exterior europea, “es como organizar una cena de Navidad para tu mujer, tu ex mujer y tu suegra y creer que quedará alguien para comérsela”.

Por triste que sea reconocerlo, el momento de las cataplasmas ha pasado. La factura del divorcio será alta no sólo en lo estrictamente material, sino también en su intangible político. Las probabilidades de que Escocia abandone el Reino Unido crecerán de forma exponencial, la reunificación de Irlanda, a costa del Ulster, volverá a estar sobre la mesa y hasta España tendrá una oportunidad de conseguir un nuevo estatus para Gibraltar. La propia condición del inglés como lingua franca de la UE quedará en entredicho, según ha observado Juncker.

Menudo pan como unas tortas están haciendo los ingleses cuando ya tienen que invocar sus glorias guerreras, como si el Estrecho estuviera en las Malvinas y una Junta Militar gobernara en Bruselas. Un día se darán cuenta, como les ocurre in artículo mortis a Ros y Guil, de que por mucho que se crean protagonistas de un viaje heroico -en el que han sido embarcados con engaños- si alguien idiosincrático como Hamlet, o institucionalmente representativo como la inquilina de Downing Street, escupe en su nombre contra el curso del progreso y la globalización, serán todos ellos los que tendrán que pasarse la mano por la mejilla.

Stoppard siempre ha evitado la tentación de asumir las interpretaciones políticas de Rosencrantz and Guildenstern are dead y esta vez no iba a ser diferente. Por mucho que rodara la bola de nieve que convertía su obra en un clásico contemporáneo, él se aferraba a que tan solo trata de “lo que les pasa a dos cortesanos en Elsinor”. Ni más ni menos. Sin embargo, en una breve introducción para la edición del cincuentenario, explica que el diagnóstico más certero que ha leído es el de un viejo colega de Fleet Street que asistió al estreno y dijo: “Ya lo sé. Esto va de dos reporteros que tratan de contar una historia que no se sostiene”. Ahí tienen al ‘brexit’.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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