¿Revolución?

Josep Fontana hace –en La formació d’una identitat– una interesante interpretación de los sucesos de octubre de 1934 en Barcelona. Dice que reducir la historia de lo que pasó entonces en Catalunya a los fets del Sis d’Octubre y al escenario que rodea al palacio de la Generalitat equivale a convertir un proceso revolucionario complejo en un sainete. El marco más extenso del que hay que partir es –a su juicio– el de la Europa de la época, donde se estaba consolidando el avance del fascismo. Así, por ejemplo, en Viena, el canciller Dollfuss ilegalizó el Partido Socialista y declaró partido único al Frente Patriótico, que era una concentración de partidos de derecha creada por él mismo; hecho lo cual, reformó la Constitución en un sentido corporativista. Y debe destacarse la proximidad del líder de la CEDA –Gil Robles– a Dollfuss, lo que explicaría, entre otros factores, la sublevación de la izquierda cuando la CEDA entró en el Gobierno.

Sea como fuere, lo cierto es –añade Fontana– que los socialistas Largo Caballero y Prieto, atemorizados por el reciente triunfo del nazismo en Alemania, estaban preparando un movimiento revolucionario desde diciembre de 1933, poco después del triunfo de la derecha en las recientes elecciones generales del 19 de noviembre de 1933 (227 diputados de derecha –115 de ellos de la CEDA–, 144 de centro y 101 de izquierda). “Que la CEDA va a seguir el mismo procedimiento táctico que las derechas alemanas –decía Largo Caballero– es evidente. Y debemos adelantarnos a los acontecimientos”. Asimismo, las medidas adoptadas por el Gobierno preparaban el clima para una huelga general agraria. No es extraño, por tanto, que al anunciarse el 4 de octubre la entrada en el Gobierno de ministros de la CEDA estallase en Madrid la huelga más general de su historia, que la revolución se manifestase en muchos lugares de Aragón, Galicia, La Mancha, Andalucía, Extremadura, Salamanca, y que tuviese dos escenarios principales: Catalunya y Asturias. En Asturias fue la revolución de la Alianza Obrera, que aglutinaba a socialistas y anarquistas; y en Catalunya, la revolución de la Generalitat, que agrupaba a fuerzas obreras y rabassaires pero sin el concurso de los anarquistas. Los hechos que tuvieron lugar en Barcelona, desde las ocho de la tarde del día 6 hasta la madrugada del 7 son bien conocidos, pero su desarrollo no debe ocultar la importancia de la movilización obrera y, en especial, la amplia participación de la payesía pobre, que combatía por convertirse en propietaria de las tierras que cultivaba.

La historia no se repite pero rima. Por eso tiene sentido preguntarse si el actual movimiento secesionista catalán encabezado por el nacionalismo radical va también acompañado de una protesta revolucionaria protagonizada por otros sectores sociales. Pero, antes de responder a esta pregunta, hay que destacar un hecho trascendente: en Catalunya, desde el 2012, una parte del poder político está en la calle usufructuado por algunas entidades como la ANC y Òmnium Cultural, que han actuado como catalizadores subvencionados de la protesta social.

Dentro de esta protesta social hay un fuerte componente populista, que tiene su origen en la globalización y la hegemonía del capitalismo financiero, dos fenómenos que han provocado un doble efecto: la incapacidad de las instituciones políticas actuales para gestionar los conflictos básicos de distribución de recursos, y la desigualdad cada vez más acentuada entre ganadores y perdedores (excluidos, indignados o no instalados). Se ha dicho que el populismo se manifiesta como una estrategia de movilización basada en una triple contraposición: la de “gente corriente” frente a “élites economicoburocráticas”, la de “propuestas concretas” frente a “principios generales” y la de “modos de vida naturales” (patriotismo, America first…) frente a “proyectos sofisticados” (multilateralismo, multiculturalismo, europeísmo…).

En España, Catalunya incluida, el populismo se nutre de una clase social diversa y transversal (rural, urbana, clases medias, asalariados, funcionarios…) y se organiza en torno a liderazgos fuertemente personalizados. Este populismo tiene en toda España un objetivo explícito: la destrucción del que denomina régimen del 78 y el derrocamiento de la monarquía que lo simboliza para volver a empezar de nuevo en un ejercicio de adanismo espectacular. La preparación artillera de este intento de demolición por derribo ha sido y es la denigración continuada, sistemática y minuciosa de la transición, a la que se niega todo mérito pacificador y sobre la que se concentran los peores denuestos por acomodaticia y continuista.

En Catalunya, una parte de este populismo se ha integrado directa o indirectamente en el movimiento independentista, al que ha contribuido a radicalizar sumándolo de forma implícita a sus objetivos revolucionarios. El símbolo más acabado de esta simbiosis es, posiblemente, el actual Govern de la Generalitat, tan alejado del Govern business friendly que el president Mas quiso formar tiempo ha…, parece que hace ya mil años.

Juan-José López Burniol

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