Revolución desconocida en India

Por William R. Polk, miembro del Consejo de Planificación Política del Departamento de Estado en la presidencia de John F. Kennedy (LA VANGUARDIA, 02/12/07):

A pesar del énfasis de Gandhi en la no violencia, India es uno de los países más violentos del planeta. La prensa diaria está llena de ataques a comisarías, asesinatos de figuras políticas y un flujo constante de violencia más personal. Un ejemplo típico fue el titular de The Sunday Times indio del 28 de octubre pasado: “Hijo de ex primer ministro estatal asesinado por maoístas”.

Tras esa breve noticia se encuentra una larga tradición de violencia contra el Gobierno indio. Como ha escrito Patwant Singh, el principal crítico social del Gabinete indio: “La aceptación pasiva y la desesperación están cediendo paso a la rabia”.

Esa rabia ha estallado a lo largo de los últimos seis meses en media docena de ataques importantes contra instalaciones y miembros de la policía y el ejército en la región oriental de India; una región que, según The Sunday Times, “se tambalea bajo una miseria extrema”. Si bien es objeto de artículos frecuentes en la prensa india, esta insurgencia resulta desconocida casi por completo fuera del subcontinente. Estando como está el país embarcado en un programa de crecimiento económico acelerado, ¿cuál es el desencadenante de esos ataques?

La respuesta, según los estudios gubernamentales, no es sólo la pobreza extrema de la India rural, donde la enorme mayoría de indios vive con menos de un euro al día. No puede afirmarse que el sufrimiento por sí solo cause la revolución, puesto que la miseria ha sido desde antiguo el destino del campesinado indio, y las hambrunas periódicas mataron a millones de personas a lo largo del siglo XIX.

En 1943, en las postrimerías de la hegemonía británica, una hambruna acabó con la vida de un millón y medio de indios. Lo diferente hoy es que a través de la televisión y el cine, así como las proclamas de los aspirantes a políticos, los campesinos pobres han descubierto la prosperidad de la clase media urbana. El contraste entre su “pobreza extrema” y lo que ven de las vidas de los privilegiados constituye una poderosa propaganda revolucionaria.

Este contraste es lo que aparentemente motiva la amplia y creciente insurgencia de los campesinos desfavorecidos en las regiones orientales y meridionales del subcontinente indio. Ahí, en el poblado de Naxalbari, empezó en 1967 un movimiento revolucionario. Igual que en el caso de insurgencias más famosas (como las de Vietnam, Argelia y Cuba), los inicios fueron demasiado insignificantes para llamar la atención.

En Naxalbari, los ricos terratenientes empleaban ejércitos privados contra los hambrientos aparceros. Presas de la desesperación, los campesinos contraatacaron. La violencia fue aumentando de grado y recibió un difuso barniz político gracias a un individuo autóctono que había leído acerca de la revolución de Mao Tse Tung en China. Sobre esta base son descritos como maoístas los campesinos indios que forman el movimiento naxalita. El naxalismo no es un movimiento unificado ni un partido ideológico, pero los naxalitas sí que comparten una cosa: la rabia contra unas autoridades que, según consideran, los explotan y los matan de hambre.

Como otros movimientos insurgentes, los naxalitas han tomado las armas y glorifican a su pequeño ejército llamándolo Ejército Guerrillero de Liberación Popular. A pesar del nombre, no hay un mando central.

Los ataques son esporádicos y se dirigen sobre todo a crear problemas al Gobierno (en particular a la policía, percibida como el puño armado de los terratenientes) y a aterrorizar a sus enemigos.

Frente a esta agitación, el Ejecutivo ha reaccionado recurriendo ante todo a la fuerza, intentando destruir el movimiento y matar a sus dirigentes. Aunque la policía ha conseguido capturar al fundador del movimiento y a centenares de partidarios, la represión no ha tenido éxito. Los “incidentes” naxalitas han crecido en número y violencia en los últimos años. Con efectivos estimados en unos 15.000 guerrilleros, los naxalitas han llevado a cabo centenares de ataques. En las últimas cifras completas proporcionadas al Parlamento en el 2006, se enumeraban 509 ataques contra comisarías en los que habían muerto 153 funcionarios de policía.

Y, lo que es más importante a largo plazo, los naxalitas han logrado crear una organización unida, el Frente Democrático Revolucionario. Esta nueva coordinación les ha permitido extender sus actividades por toda la India oriental. En la actualidad, su “corredor rojo” incluye más o menos una cuarta parte de India.

De modo más impresionante, han iniciado una nueva fase de su actividad en la que intentan sustituir al Gobierno recaudando impuestos e incluso participando en la construcción de proyectos de irrigación para paliar el hambre y la pobreza de sus seguidores.

Según ha dicho el primer ministro Manmohan Singh a los primeros ministros estatales, “el problema del naxalismo constituye el mayor desafío a la seguridad interna al que se enfrenta nuestro país”. El movimiento naxalita quizá sea el oponente más formidable del impulso hacia el desarrollo económico – que tiene lugar en gran medida a expensas de los pobres-, pero no es en absoluto el único. En realidad, el Gobierno indio considera “terroristas” al menos a otros 23 grupos. Hasta la fecha, a pesar de algunos intentos encaminados a lograr la desmovilización de los guerrilleros, el Gobierno ha recurrido a una política de fuerza contra los naxalitas que, en India como en otras partes, contribuye a extender la agitación, en lugar de atajarla.

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