Revolución en Egipto: 18 días de ira y de esperanza

Tema: Los grupos de jóvenes egipcios organizados por Internet convocaron las protestas del 25 de enero para defender los restos del Estado moderno, la integridad de la sociedad y el respeto de su derecho a participar efectivamente en la gestión de los asuntos públicos. El éxito de la convocatoria se debió, en gran medida, a la participación masiva de todos los sectores de la sociedad egipcia.

Resumen: La irrupción de las protestas masivas a lo largo y ancho de Egipto en la última semana de enero asombró al mundo y a los propios egipcios. A lo largo de casi tres semanas, las protestas se intensificaron y los manifestantes fueron haciéndose cada vez más fuertes hasta que el régimen se derrumbó. En este análisis se tratarán las causas de las protestas, su naturaleza y forma. También se analizarán los participantes en el movimiento y sus objetivos, y, por último, se examinará la reacción del Estado y las actitudes de las potencias árabes y extranjeras. La conclusión versará sobre la salida de la crisis y el futuro del sistema político egipcio.

Análisis: La irrupción de protestas masivas a lo largo y ancho de Egipto en la última semana de enero asombró al mundo y a los propios egipcios. El movimiento desencadenado el 25 de enero fue organizado y preparado por grupos de jóvenes utilizando modernas redes sociales de comunicación, como Facebook y Twitter. Pero la reacción de los centenares de millares de egipcios y su salida a las calles en ciudades de todo el país fue espontánea, cogiendo a todo el mundo por sorpresa. El movimiento de protesta fue creciendo en proporciones inesperadas durante los días siguientes, hasta llegar a millones de manifestantes el viernes 28, día festivo y de reunión en las mezquitas. A pesar del toque de queda establecido, las manifestaciones no cesaron y continuaron después de la puesta de sol. Éstas siguieron creciendo y el martes 1 de febrero, una semana después del inicio de los acontecimientos, se estimaban ya en ocho millones los egipcios que salieron a las calles pidiendo a toda voz la caída del régimen. El martes siguiente, 8 de febrero, y dos semanas después del inicio de las protestas, más millones salieron a las calles. Ninguna de las desesperadas e ineptas tentativas del poder conseguía apaciguar a la población y los manifestantes terminaron por desbordar la plaza Tahrir, símbolo del movimiento en la capital. Sin perder la paciencia ni la esperanza, emprendieron su marcha hacia el palacio presidencial exasperados por la obstinación e incomprensión del poder hacia las demandas del pueblo. En este punto se derrumbó el régimen: la protesta había desembocado en el principio de una revolución.

Aunque las causas del estallido popular existían de sobra desde mucho tiempo atrás, éste no había llegado a producirse porque todos los canales tradicionales de protesta estaban bien tapados. Los canales más importantes, esto es, los partidos políticos, los sindicatos y los estudiantes de las universidades, estaban sofocados, afiliados al régimen o bajo el control de la “seguridad del Estado” y tenían prohibida toda acción política. A pesar de que las autoridades locales estaban al corriente y seguían de cerca los modernos medios de comunicación, la innovación y el continuo progreso de la tecnología moderna han sobrepasado las capacidades de un Estado cada día más autoritario, incompetente y engreído. La incompetencia del régimen quedó aún más patente en su análisis del movimiento popular y en el tratamiento que le reservó a éste y a sus demandas. El fallo en el análisis no fue, sin embargo, monopolio del régimen egipcio. Las diferentes potencias internacionales, tradicionales aliadas de Mubarak, consideraron el régimen egipcio como un sistema estable y seguro. En consecuencia, cuando éste se tambaleó, vacilaron con él. Su compromiso con la democracia entró en conflicto con sus intereses, pero el colapso del régimen terminó por situarlos del lado de la voluntad popular. Preservar el futuro determinó este cambio en la actitud de las potencias extranjeras. En este sentido, las perspectivas de futuro son prometedoras. Si bien a corto plazo no se pueden excluir problemas de inestabilidad, a largo plazo surgirá un sistema político representativo, donde la distribución de poderes será equilibrada y la rotación asegurada. La determinación del pueblo y la experiencia de la protesta en la calle serán los garantes del surgimiento de este sistema.

Causas de las protestas

Todos los observadores y analistas, especialmente los egipcios, convergían en que la situación política del país era insostenible. Todas las razones para el colapso del sistema político existían sin que nadie pudiera predecir cómo se iba a producir. El omnipotente aparato de seguridad estatal se extendía por todo el país y controlaba toda la vida civil. Su aprobación era necesaria para acceder a puestos de responsabilidad en el gobierno, en los medios de comunicación oficiales y oficiosos, e incluso en el mundo académico. Antes de ser nombrado, todo decano debía ser avalado por la “seguridad” que controlaba, al mismo tiempo, la actividad universitaria y la organización estudiantil única. Igualmente, toda acción política estaba prohibida en la universidad. Mientras tanto, los recursos, la riqueza y la renta del país eran apropiados por una ínfima minoría cercana al poder. Protegido por el aparato de seguridad, el Estado, mediante sus políticas económicas e inmobiliarias, redistribuía la riqueza y la renta en favor de esta minoría. Frente a ella, las clases medias y bajas, aplastadas por férreas políticas neoliberales, sufrían la carestía de la vida, aunada a un deterioro sin precedentes de los servicios públicos de educación, vivienda y sanidad. El Estado no llegaba ni siquiera a desempeñar tareas como la recogida de la basura y la regulación del tráfico, fundamentales para la organización de la vida diaria de los ciudadanos. Si bien se indicaban altas tasas de crecimiento económico, sus frutos eran monopolizados por la minoría, con lo que el desempleo, el subempleo y la pobreza afectaban o amenazaban a la mayoría de la población y las disparidades aumentaron. El resultado es que alrededor del 20% de los egipcios vive bajo la línea de extrema pobreza y el 40% tiene que sobrevivir con menos de dos dólares al día.

Las políticas se diseñaban dentro de un partido que estaba en el poder por la voluntad de sus dirigentes y no por la del pueblo. Este partido había sido regalado al hijo del jefe del Estado, Gamal, para quien se había creado una “comisión de políticas”, donde éstas eran adoptadas para su ulterior aplicación por parte del gobierno. Se podría decir que el país mismo había sido regalado al hijo menor del presidente, a su grupo de amigos y a otros círculos económicos y financieros que se aprovechaban de las riquezas del Estado. No solamente las políticas neoliberales sofocaban a los ciudadanos, sino que la corrupción también los asfixiaba. Además, un plan bien elaborado se aplicaba sistemáticamente para que el hijo heredara el poder de su padre.

Corrupción, plan hereditario y prevalencia del interés privado sobre el público han ido socavando los fundamentos del Estado moderno cuya edificación comenzó en Egipto en el primer cuarto del siglo XIX. El aparato del Estado se ha ido degenerando por las bajas retribuciones y la resultante incompetencia de sus agentes así como de buena parte de los altos cargos políticos. Por su parte, los colegios profesionales eran intervenidos, los sindicatos obreros puestos al servicio del régimen y el país entero vivía en estado de emergencia, equivalente a la ley marcial, desde 1981. Mucho más grave todavía era la manipulación de la justicia con la que se humillaba a la población. Siguiendo esta manipulación, las sentencias de los tribunales que no gustasen a los poderes políticos y económicos no se ejecutaban y si el dictamen concernía una cuestión de alcance económico mayor, como ocurrió el otoño pasado en el caso de la anulación de la venta por parte del Estado de una enorme superficie de tierras para un proyecto inmobiliario, se improvisaba rápidamente una ley para legalizar una transacción declarada ilegal. Esta humillación de la población se alimentó con hechos como el naufragio en el Mar Rojo, en 2007, de un barco cargado negligentemente con más de 1.000 pasajeros humildes con destino a Arabia Saudí, el cual, por interés político, no mereció ni la identificación ni el castigo del responsable.

Es obvio que estas maniobras jurídicas no hubieran sido posibles sin el control absoluto que ejercía el partido en el poder sobre la Asamblea Legislativa. Después de la infame manipulación jurídica mencionada anteriormente, en otoño pasado se convocaron elecciones legislativas. El partido en el poder, en simbiosis completa con el Estado, controlaba los medios de comunicación oficiales y oficiosos, así como las administraciones locales, y sofocaba los partidos políticos que en realidad eran más elementos de adorno de una democracia ficticia, que órganos de un sistema político plural y efectivo. De esta forma, el régimen garantizaba su supremacía en la vida política y parlamentaria. Pero esto no le fue suficiente y se apoyó en los servicios del cuerpo de seguridad del Estado, en las administraciones locales y en grupos de delincuentes que hicieron todo lo necesario para que el partido en el poder controlara el 97% de los escaños de un Parlamento que se pretende pluralista.

Por otra parte, los últimos minutos del año pasado fueron testigo del crimen más abominable que haya conocido el Egipto contemporáneo. Veintitrés ciudadanos de confesión copta fueron asesinados a su salida de misa de una iglesia de Alejandría. Esta masacre había sido el resultado de un clima de tensión confesional que se había ido intensificando hasta desembocar en enfrentamientos cada vez más sangrientos, en particular en el Alto Egipto, sin intervención efectiva del Estado, el cual sólo había accionado mecanismos de conciliación tradicionales. Un clima de tensión que nunca antes se había sentido con tal grado de violencia y de criminalidad y que amenazaba ya con romper definitivamente el tejido social, antaño sólido, del país.

El desempleo, el subempleo y la pobreza incitaron a muchos a manifestarse contra el régimen, respondiendo a la convocatoria de los grupos de jóvenes organizados por Internet. Éstos habían convocado las protestas del 25 de enero para defender los restos del Estado moderno, la integridad de la sociedad y el respeto de su derecho a participar efectivamente en la gestión de los asuntos públicos.

El movimiento de protesta: organización, participación y objetivos

Las redes sociales y las modernas técnicas de comunicación e información fueron utilizadas para desencadenar la protesta del 25 de enero. Durante los últimos años, varios grupos de jóvenes trabajaron conjuntamente para este propósito. Aunque no se ha realizado aún ningún estudio sociológico o político sobre estos grupos, sus discursos, así como las observaciones a raíz de los encuentros con algunos de sus representantes, pueden revelar sus orígenes sociales y sus tendencias políticas. En base a estas observaciones, se pueden sacar varias conclusiones. En primer lugar, los líderes de estos grupos proceden de los segmentos medio y alto de la clase media y sus edades oscilan entre los 20 y los 30 años. Por otra parte, si bien los miembros de los grupos pueden ser estudiantes, sus líderes no lo son. Pero éstos tampoco son desempleados, sino que incluyen ingenieros, informáticos, psicólogos, médicos, artistas de teatro y antropólogos. Esto es, son producto de las universidades egipcias y de algunas de las instituciones académicas extranjeras establecidas en Egipto. Además, la mayoría declara no tener problemas económicos y algunos incluso reconocen gozar de una situación privilegiada con muy buenos puestos de trabajo, incluyendo a un propietario de una pequeña empresa de ciencias y tecnologías de la información. De hecho, uno de los líderes del movimiento, detenido durante 12 días con los ojos vendados por la “seguridad del Estado”, Wael Ghonim, es director de marketing de Google para Oriente Medio.

La iniciativa, organización e innovación de los convocantes de la protesta han sido factores determinantes en el tsunami que arrasó a un régimen que se suponía profundamente arraigado y sólido. Cabe añadir que el éxito sin precedente de las protestas se debe a las masivas olas humanas que respondieron a la convocatoria invadiendo las calles de ciudades por todo el país al grito de “libertad, dignidad y justicia social” y exigiendo el “fin del régimen”. El ejemplo del éxito tunecino también debe haber sido muy significativo a la hora de incitar a la gente a salir a la calle. En realidad, no era ésta la primera vez que los jóvenes convocaban protestas: en la primera vez el éxito había sido relativo y en la segunda, la policía había frustrado las manifestaciones. Sin duda alguna, la estructura de las redes sociales y la multiplicación de sus “células” también han debido incidir positivamente en la efectividad de la convocatoria del 25 de enero. La dinámica del movimiento se encargó de extender esta efectividad en los días y semanas siguientes, aún cuando el poder había cortado el acceso a la red.

En la plaza Tahrir, símbolo del movimiento popular, se manifestaron todas las categorías y clases de la población. Mujeres y hombres, ancianos, adultos, adolescentes y niños, empleados, estudiantes y amas de casa, todos estaban allí. De la alta burguesía al proletariado, la gente expresaba su rechazo al poder. La clase media, con todos sus segmentos, formaba la inmensa mayoría. Lemas sobre el hecho de que libertad y dignidad sólo son posibles mediante la representación verídica de los intereses de todos, eran coreados por los manifestantes que así transmitían ideales de democracia liberal y representativa. Grupos de izquierda estaban igualmente presentes con sus eslóganes de justicia distributiva y social. Asimismo, si bien los islamistas no estaban ausentes, quedó claro su limitado peso relativo. Un espíritu de comunidad, hermandad y armonía reinaba sin ser perturbado por ningún tipo de fricciones.

Los grupos organizadores de la convocatoria plasmaron los objetivos del movimiento 12 días después de su desencadenamiento. Algunos de estos objetivos concernían al propio movimiento, y otros a la transformación del país y su futuro. Entre los primeros figuraban la protección de la integridad física de los manifestantes y la abstención de desfigurar su imagen, el homenaje a los mártires del movimiento, la transmisión de la verdad sobre la revolución en los medios de comunicación egipcios y el despido de sus cargos gubernamentales y partidistas de todos los implicados en los actos violentos perpetrados el 2 de febrero por parte de gamberros (baltaguiya).

En lo que respecta a los objetivos relativos a la transformación del país, éstos comprendían la abolición del estado de emergencia, la enmienda de artículos de la constitución y la garantía de elecciones libres, la disolución de las dos cámaras del Parlamento, la adopción de una nueva constitución, el derecho a votar con el documento de identidad sin necesidad de tarjetas electorales específicas, la garantía del derecho a la libre expresión en todos los medios de comunicación, sin censura ni amenaza de ser perseguidos, y la expulsión de sus cargos oficiales y partidistas de figuras emblemáticas del régimen. Aunque estos últimos objetivos no son suficientes para la creación de un sistema político plural y democrático, van encaminados en esa dirección. La reiteración de estas ideas por líderes del movimiento juvenil al día siguiente del feliz desenlace de los acontecimientos confirma su orientación democrática.

La gestión de la crisis por parte del régimen

La gestión de la crisis por parte del régimen fue calamitosa y desastrosa para sus intereses. Durante los cuatro días siguientes al inicio de las protestas, el 25 de enero, no se produjo intervención alguna por parte de ningún alto cargo responsable, y el presidente no se dirigió al país hasta pasada la medianoche del 28 al 29 de enero. Mubarak intervendría dos veces más, el 1 y el 10 de febrero. En su primera intervención, aunque amenazando a los manifestantes, reconoció a regañadientes la validez del movimiento y reaccionó cambiando el gobierno sin que nadie se lo reclamara. Pero las reacciones de Mubarak siempre llegaron tarde. Por ejemplo, en su última aparición anunció la delegación de sus poderes, con excepción de tres esenciales para la transición, al vicepresidente Soleimán, cosa que debía haber hecho cuando le nombró en el cargo 10 días antes. En su momento, tal delegación habría sido aceptada pero el 10 de febrero ya era demasiado tarde. En esta última intervención, se mostró, además, totalmente ajeno a la realidad: prometía seguir en el poder y castigar a los responsables, cuando la determinación de destituirlo llegaba ya a su ápice.

El gobierno del 31 de enero estaba formado en su mayoría por los mismos ministros del gobierno anterior, si bien salieron todos los “ministros-hombres de negocios” en activo, reconociendo así el error de haberlos introducido y mantenido en el poder desde 2004. Con el bloqueo de las cuentas bancarias de estos ministros y la prohibición de su salida del país, quedaba reconocido que sus superiores habían fallado en el ejercicio de sus funciones. La revelación detallada de la riqueza mal adquirida de estos ministros hizo que la gente se preguntara sobre la explicación de haberlos mantenido en su puesto hasta entonces. La destitución de la cúpula del partido del presidente, patrocinadora de la interpenetración entre gobierno y círculos de negocios, era una prueba adicional de la colusión entre ambos.

Por su parte, el uso desproporcionado de gases lacrimógenos y balas de goma y fuego real causó millares de heridos y centenares de muertos. La desdichada y famosa “batalla de caballos, camellos y carretas” contra los manifestantes pacíficos de la plaza Tahrir fue un verdadero escándalo presenciado por el mundo entero. Los ataques a periodistas extranjeros y el secuestro temporal de algunos de ellos resultaron en una cobertura mediática negativa. Las negociaciones con la oposición emprendidas por el recién nombrado vicepresidente, a instancias del presidente, fueron una pérdida de tiempo y de energía: escogió negociar con partidos inventados por el régimen mismo, que no representan a nadie, y dejó de lado a los verdaderos movimientos políticos y sociales de la escena egipcia.

El régimen cometió otro error garrafal cuando consideró que el tiempo jugaba a su favor, de modo que los manifestantes terminarían por retirarse de las calles y volver a sus quehaceres. Es obvio que el tiempo corrió a favor de los jóvenes. Además, la extensión de la crisis permitió que se sumaran a las manifestaciones de forma creciente refuerzos provenientes de la reserva de 80 millones de ciudadanos egipcios.

Asimismo, dos días antes de la dimisión del presidente, el vicepresidente volvía a cometer otros errores. En una entrevista concedida a una eminente periodista extranjera, observaba que los acontecimientos habían sido fomentados por el exterior. Preguntado, además, sobre la democracia, afirmó tajantemente que el pueblo no estaba preparado para ejercerla. En ambas ocasiones, la periodista intentó ayudar al entrevistado replanteándole las preguntas, pero éste rechazó el puente tendido y se reiteró en sus desafortunadas respuestas.

En realidad, la gestión de la crisis por el régimen es testimonio de sus defectuosos análisis y de la falta de toda visión política de conjunto. Son precisamente estas características del régimen, que se han aplicado tanto en el campo político como económico, interior como exterior, las que denunciaban sus opositores.

La postura de las potencias extranjeras

Las posturas de las grandes y medianas potencias cambiaron continuamente a lo largo de las casi tres semanas de protestas. Esta vacilación se puede entender por la sorpresa que supusieron los acontecimientos. Un régimen considerado sólido y estable se revelaba frágil, incompetente e infectivo. No obstante, el observador puede ser escéptico en cuanto a la capacidad de los servicios diplomáticos de estas potencias y sus análisis de la situación política. También se pueden plantear preguntas sobre el verdadero interés de estas potencias extranjeras en la instauración de la democracia en Egipto. De la confianza manifiesta en la estabilidad y solidez del régimen egipcio, o de un silencio cuyo sentido es el mismo, EEUU y Europa pasaron a una postura más equilibrada entre ambos bandos hasta llegar a expresar posiciones que el régimen consideró como una injerencia en los asuntos internos del país.

Dos factores han determinado las actitudes de EEUU y de Europa: el temor al islam y al islamismo político y la relación de Egipto con Israel, la cual configuraba la estructura de relaciones y el equilibrio de poder en la región de Oriente Medio. La instauración de la democracia y la defensa de los derechos humanos no han sido factores prioritarios para los actores de primer orden en el sistema internacional. Tanto desde Washington como desde diversas capitales europeas se oían expresiones de angustia sobre el posible devenir islamista de Egipto que lo transformaría en un país agresivo y odioso. La adherencia a los valores democráticos sólo emergió de nuevo cuando quedaba cada día más claro que el desenlace de los enfrentamientos se inclinaba en favor de los manifestantes. En consecuencia, las potencias extranjeras terminaron por apresurarse en apostar por el futuro invitando al régimen todavía en el poder a escuchar la voz del pueblo y a entablar un diálogo significativo con él.

En realidad, el movimiento popular egipcio rompía el tradicional molde de la dicotomía entre “ellos” y “nosotros”. “Ellos” tendrían otras preocupaciones que la libertad, la democracia y el progreso económico y social, lo que justifica que “nosotros” les sometamos a “ellos” y a sus problemas a otros criterios diferentes a los nuestros. Dado este molde, se entiende que salir de este marco analítico haya sido arduo para las potencias porque sus consecuencias pueden ser de alcance muy amplio.

Sin embargo, hay que destacar, por otra parte, la gran expectativa y solidaridad con las que los medios de información y sobre todo el público, en particular el europeo, han seguido los acontecimientos de Egipto y el triunfo de los manifestantes. Parecería que vieran la revolución en tierra ajena como la prueba de la capacidad de triunfar de la voluntad humana.

La renuncia de Mubarak y el papel del Ejército

Menos de 24 horas después de la última alocución del presidente Mubarak, su dimisión era anunciada por el vicepresidente en un muy breve comunicado. ¿Qué había sucedido? Varias teorías se barajan. Una de estas teorías hablaría de que el presidente habría sido convencido de anunciar su dimisión el día anterior, en su última alocución, pero el texto del discurso preparado habría sido modificado en el último minuto, supuestamente por el hijo del presidente y supuesto sucesor del mismo, Gamal Mubarak. Sea o no verdad, el anuncio de la renuncia tan sólo un día después de la última tentativa de aferrarse al poder, era otra prueba más del desastroso nivel de la cúpula del poder egipcia. Más aún, la ineptitud de ésta terminó por privar al presidente de un mínimo de dignidad a la hora de dejar su cargo.

En lo que respecta al Ejército, se puede deducir que éste ha intervenido en el último minuto para prevenir enfrentamientos con la población y el derramamiento de sangre. El Ejército había permanecido como espectador del choque de voluntades entre el presidente y el pueblo. Pero también había anunciado solemnemente que no tiraría sobre los manifestantes. Es muy probable que tal negativa a reprimir a los manifestantes la hubiera hecho como medida de prevención, para que no se le pidiera tirar. Pero la neutralidad pasiva ya no era sostenible. Habiendo tomado posición sobre la renuncia al uso de la violencia, junto con el cada día mayor número de manifestantes y su determinación, al Ejército no le quedaba más remedio que pedirle al presidente que se plegara a la voluntad popular. Quedará en el aire la pregunta de si, en el fondo, ésta no habría sido una estrategia premeditada por las Fuerzas Armadas desde el primer día de los acontecimientos pues no parece que hubiese prodigado al presidente consejo alguno durante el período de la crisis. Al contrario, se puede considerar que el Ejército habría dejado que lo hundiera su círculo de asesores junto con su propio hijo, el cual no gozaba de simpatía entre los militares. Como en todo sistema autoritario, éstos últimos estaban acostumbrados solamente a pequeñas y perversas prácticas encaminadas a perpetuar el régimen, pero no así adiestrados ni duchos en términos de política, entendida como la solución de conflictos en el interés del pueblo.

Tras la renuncia de Mubarak, el poder quedó en manos del Consejo Militar Supremo (CMS), quien se apresuró a afirmar que sólo lo sustentaría hasta que se convocaran elecciones. Unos días después, el Consejo disolvió las dos cámaras del Parlamento y formó un nuevo comité para enmendar cinco artículos de la Constitución. La finalidad de estas decisiones era responder a las exigencias de los manifestantes y de la oposición y permitir que se convocaran elecciones parlamentarias y presidenciales lo antes posibles, con un plazo máximo de seis meses para estas últimas. Este programa deja pensar que la democratización en Egipto se hará en dos etapas, pues las medidas anunciadas están lejos de satisfacer todas las demandas de los manifestantes y de la población, cuyo objetivo final es el establecimiento de un sistema plural auténticamente democrático, y que no se realizará con enmiendas a la actual Constitución, de corte profundamente autoritario. Tal sistema requiere la adopción de una nueva Constitución que establezca el equilibrio entre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, y que garantice las libertades de los ciudadanos. Con tal objetivo en mente, se ahorraría un tiempo precioso para el país si se lanzase ahora un proceso constituyente.

Sin embargo, parece que tal proceso constituyente será aplazado hasta la elección de un nuevo presidente. Ante tal panorama, cabe el riesgo de que se oigan voces diciendo que la reforma realizada en esa primera fase es suficiente. En este sentido, la garantía de que el proceso de democratización sea reanudado está en la determinación del pueblo. Los millones que salieron a las calles el viernes 18 de febrero, una semana después de la renuncia de Mubarak, para celebrar la victoria y exigir justicia y democracia, son una prueba de la capacidad de movilización del Movimiento 25 de Enero y de la respuesta del pueblo a ella, ambas intactas y en constante crecimiento.

Conclusión

El desenlace y el futuro

La presión de la calle en los próximos meses impondrá, sin lugar a dudas, que se abran los expedientes de varias leyes profundamente anti-pluralistas y anti-democráticas. Se trata de las leyes sobre partidos políticos, organizaciones no-gubernamentales, prensa y proceso electoral. Sin cambios profundos en estas leyes, las elecciones parlamentarias y presidenciales serían fútiles. Una nueva ley de sindicatos es también necesaria. Esto lo demuestran las huelgas que se han declarado en múltiples sectores en todo el país, ante la ausencia de estructuras y procesos representativos para canalizar reivindicaciones y llegar a entendimientos. La abolición del estado de emergencia, en vigor desde 1981, es otra exigencia de primordial importancia para el movimiento popular. La discusión girará en torno a la fecha en que dicha abolición será declarada. Así, mientras que el movimiento popular la pide de inmediato, el CMS considera que debe permanecer hasta después del período de transición. La lógica de esta actitud es difícil de entender, a menos de que sea motivada por la costumbre de gobernar con una ley de excepción, que demostró ser inútil cuando estalló una verdadera situación de excepción. Por otra parte, las huelgas podrán ser utilizadas como pretexto para el mantenimiento de la ley de emergencia, lo que indica la urgencia de reformar el movimiento sindical y de instaurar un autentico diálogo social.

Sin esperar a la segunda etapa de la construcción del nuevo sistema político, las estructuras y los procesos que emerjan en el primer período deberán afrontar los problemas económicos y sociales del país. La revolución del invierno de 2011 tuvo éxito en derrocar el régimen de Mubarak y en lanzar el proceso de renovación política porque las reivindicaciones políticas, económicas y sociales de las diferentes clases y capas de la sociedad egipcia convergieron. El mantenimiento de la estrecha relación entre estas tres categorías de reivindicaciones, y la alianza entre sus portavoces, son prioridad absoluta para su realización. Abordar los problemas económicos y sociales es la condición sine qua non para el afianzamiento de la democratización política.

La iniciativa, el orden y la determinación que el pueblo egipcio ha mostrado para derrocar el régimen de Mubarak son los únicos instrumentos de los que dispone en el esfuerzo que le espera para la construcción del sistema político plural y democrático que anhela. Este sistema debe resultar en un orden económico y social justo e inclusivo. Este esfuerzo, junto con una capacidad de movilización cada día más ampliada y perfeccionada, es la garantía del éxito final del cometido propuesto al inicio del movimiento. El pueblo vería así la realización de sus derechos e intereses. Más aún, otros pueblos árabes también podrán resultar grandes ganadores siguiendo el modelo que los egipcios les han brindado.

Más allá de los árabes, habiendo seguido con expectativa, solidaridad y esperanza los acontecimientos de la plaza Tahrir, los demás pueblos deberán seguir considerando que lo que ocurra en Egipto será una prueba de la capacidad de los pueblos para hacer triunfar su voluntad y hacer respetar sus derechos humanos.

Por Ibrahim Awad, profesor de Política Pública, School of Global Affairs and Public Policy, Universidad Americana de El Cairo.

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