¿Revolución o involución?

¿Estamos ante la gran revolución que necesita el mundo árabe para modernizarse? Esa es la pregunta del millón, o billón, que nos hacemos todos. Sin que nadie, incluidos sus protagonistas, sea capaz de contestarla, tal vez por depender de los acontecimientos, aún en el alero. Pero no estaría de más que comenzáramos a analizarlos, para que no vuelvan a sorprendernos. Por lo pronto, hay que dejar sentado qué es una revolución. No un simple alzamiento contra los abusos, sino contra los usos, la definió Ortega. Es decir, un vuelco de los valores y estructuras de una sociedad. La substitución de la soberanía de un autócrata o de una casta privilegiada por la del pueblo. Medidas con tan estricta vara, revoluciones ha habido solo tres: la inglesa, del siglo XVII; la francesa, del XVIII, y la soviética, del XX. Las tres de inspiración occidental. Pues olvidaba decir, siguiendo también a Ortega, que la revolución es hija del idealismo griego. Por eso les cuesta tanto a las demás culturas asimilarla.

El mundo musulmán ha venido viviendo al margen de ella e incluso frente a ella. Sus «revoluciones» han sido siempre hacia atrás: una vuelta a la pureza del islamismo. Y, por si fuera poco, está formado por pueblos de civilizaciones tan antiguas o más que la nuestra —el Egipto de los faraones, el Irán de los persas, el Irak de Babilonia, la Siria de los Omeyas, la Turquía del Imperio Otomano—, reducidas a la condición de colonias por la formidable explosión europea del siglo XIX, lo que les ha creado un fondo de resentimiento. Hoy se han sacudido ese yugo, pero ¿pueden sacudirse el yugo de su pasado? ¿Puede darse en ellos la revolución, un producto occidental, ajeno a sus tradiciones?

Hay tres modelos para este cambio: el español, el de la Europa del Este y el de Irán. Seduce el español, por su suavidad y ausencia de derramamiento de sangre. Pero es el más difícil, al requerir una ancha clase media y un consenso entre las distintas fuerzas políticas para hacer el cambio. Algo que no se da hoy en el mundo árabe, donde la clase media es finísima y el consenso se limita a acabar con lo inmediato anterior, no hacia dónde ir. Tampoco sirve el modelo este-europeo. Aquellos países tienen una incipiente clase media, bien formada, y, sobre todo, ganas de unirse a Europa, a Occidente, cosa más que dudosa en el mundo árabe. En cuanto al modelo iraní, tuvo atractivo en un principio por lo que representaba de derribo de privilegios. Pero la rigidez del régimen islámico le ha ido haciendo perder glamour, sobre todo entre los jóvenes, y todo apunta a que aumentará esa tendencia.

Con lo que volvemos al punto de partida: ¿estamos ante la revolución que necesita el mundo árabe para modernizarse o ante una simple revuelta contra los abusos de sus dirigentes, que puede terminar en fundamentalismo islámico? A todos nos convendría lo primero, para que ese mundo no nos estalle bajo los pies. Lo malo es que una revolución no se reduce, como queda dicho, a corregir abusos, aprobar una nueva constitución y convocar elecciones. Esos pueblos ya han tenido elecciones y constituciones. Y el resultado ha sido gobiernos corruptos o clérigos inquisitoriales. Es mucho más fácil derribar un viejo régimen que levantar uno nuevo sobre la base de la libertad del ciudadano, entre otras cosas porque la libertad de cada uno está condicionada por la libertad de los demás. Un equilibrio inestable que solo se consigue con mucha práctica y más paciencia. Fíjense en lo que nos está costando a los españoles acostumbrarnos a ella, con un nivel económico muy superior al suyo. Sobre todo, cuando se comprueba que democracia no significa automáticamente prosperidad, que puede incluso significar empobrecimiento, al multiplicarse las reivindicaciones sociales y el desorden. La democracia no es barata, ni cómoda ni perfecta, como constatarán pronto las multitudes árabes.

Es una situación tan confusa como inquietante, ya que las dos grandes fuerzas en ese mundo, el ejército y el islamismo, parecen tocadas. La religión venía rigiendo todos los aspectos de su vida, hasta el punto de ser aquella una sociedad religiosa, con los clérigos como guías no solo espirituales, sino también terrenales, mientras los militares representaban, paradójicamente, la sociedad civil, con su cadena independiente de mandos, en estrecho contacto con sus colegas occidentales. Es como la única revolución digna de ese nombre en el mundo musulmán, la de Mustafa Kemal, en Turquía, que el actual gobierno islamista trata de atemperar, bajo la mirada atenta del ejército.

Pero de poco sirve que aquellos militares tengan planes modernizadores si se dejan arrastrar por la corrupción, como ha ocurrido en Egipto, lo que ha traído la presente crisis. Menos mal que no ordenaron disparar contra los manifestantes y obligaron a dimitir a Mubarak, pero ¿qué van a hacer cuando las demandas populares crezcan, las huelgas se multipliquen, las exigencias de castigo para los corruptos se alcen y la prosperidad no llegue? Pues las proclamas brillantes, como la del mariscal Tantauni: «La libertad del ser humano, el imperio de la ley, la fe en el valor de la igualdad, la democracia plural y la justicia social», no dan de comer. Más, pronunciadas por los mismos que apoyaron al régimen derribado. ¿O sigue siendo el mismo? Con el islamismo militante al acecho, listo para aprovechar el natural desencanto y una realidad mucho más sombría de lo imaginado en los gloriosos días de la protesta.

Pero tampoco hay que olvidar la X de todas las coyunturas históricas. Ese elemento inesperado que desbarata todas nuestras predicciones. Solemos basar estas en lo ocurrido en el pasado, que proyectamos al futuro. Pero el futuro se construye con elementos inéditos, que en este caso es la web, la red informática, que hace ocurrir todo en todas partes al mismo tiempo, acelerando los acontecimientos. ¿Qué impacto tiene en lo que está ocurriendo? Sabemos que estuvo en su origen, como detonante y propagadora, pero ¿continuará siéndolo o será apagada por uno de los dos grandes actores del drama, el ejército o el islamismo? No lo sé, ni creo que lo sepa nadie.

Pero que algo se mueve en el mundo musulmán tras siglos de inmovilismo es innegable, y eso solo es ya un acontecimiento histórico. Convendría aprovechar la oportunidad, que puede ser única, para aproximarnos a él, tras haber vivido siempre enfrentados. Para eso necesitamos tener en cuenta tanto los elementos conocidos de la situación como los nuevos que se están produciendo, esperar lo mejor y prepararnos para lo peor. Pero necesitamos sobre todo guiarnos por un principio hasta ahora desconocido en la política exterior: que en el mundo global en que vivimos sus intereses son también los nuestros, a saber, que la paz, el desarrollo y la justicia son un bien común, mientras la guerra, la miseria y la injusticia son las principales causas de nuestros males. Es tan ingenuo creer que la democracia va a florecer de un día para otro en el mundo islámico como cínico pensar que nos basta sustituir un dictador por otro para mantenerlo a raya. Nos interesa que tenga lugar en él una auténtica revolución, y el ejército es el que mejor puede garantizarla. Pero lo menos que podemos exigir a sus mandos es que no sean corruptos, ya que esa no sería una revolución, sino la más antigua e indigna de las contrarrevoluciones.

Es posible que esas masas de gentes nos digan a la postre que no quieren saber nada de nuestra democracia, que prefieren la suya, basada en el Corán, que incluso sigan considerándonos sus enemigos. Pero entonces ya no sería culpa nuestra que sigan viviendo en la miseria, la opresión y el pasado. Sería suya.

Por José María Carrascal, periodista.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *