Revoluciones inacabadas

Recuerdo una conversación sostenida con Julio Caro Baroja en su casa familiar de la calle de Alfonso XII, en el curso de la cual me mostró su extrañeza ante la escasa atención que los historiadores, y en particular los historiadores de inspiración marxista, prestábamos a los cambios en la tecnología. Caro Baroja tenía toda la razón. Por ceñirnos al tema, la historia de las revoluciones contemporáneas es inseparable de la evolución de los transportes y de los medios de comunicación social, por no hablar del armamento en ambas direcciones: la ametralladora y la dinamita.

La reciente secuencia de revueltas árabes viene a probarlo una vez más. Eran todas ellas sociedades sometidas a regímenes dictatoriales, y hasta hace poco una tupida red de vigilancia, más el control de los media y de los teléfonos, bastaba para que literalmente nadie pudiera moverse. Era además un mundo compartimentado en cuanto a la información. Técnicamente la umma no podía existir. Todo esto ha estallado literalmente con la mundialización de las comunicaciones: con Al Yazira al frente. A los cordones sanitarios de aislamiento tradicionales sucede la imagen televisiva cotidiana, difundida las 24 horas, de la movilización frente a la injusticia, y también de la brutalidad de las represiones. Desde enero las televisiones árabes han mantenido el fuego sagrado de la revuelta.

Otro tanto cabe decir de Internet, y en particular de Facebook y de los SMS. De poco valen los cierres informativos en radio, televisión y prensa si los ciudadanos logran crear una red de comunicación paralela, dirigida a la movilización de masas. Ciertamente, solo un sector de la población, eso sí creciente, tiene acceso directo a tales recursos, pero la sociabilidad cubre tal insuficiencia sin dificultades en el mundo árabe, por lo menos, en lo que concierne a la población masculina. Además, el uso de esa red de comunicaciones frente a un poder considerado arbitrario da ya la sensación de libertad, como sucedió para los manifestantes de izquierda en vísperas del 14-M. Posibilidad de libertad y, claro es, posibilidad de manipulación. Escasa en las manifestaciones de Egipto, Libia o Túnez, puesto que estaba ahí la visibilidad de la dictadura y de su orla de corrupción.

Han sido movilizaciones de jóvenes en Túnez o en Egipto, de forma menos clara en Yemen o en Bahréin, donde las formas de oposición latentes se encontraban ya consolidadas. En unas circunstancias económicas difíciles, especialmente precarias en Egipto, la conciencia juvenil se moviliza tanto por la situación del presente como por “motilidad”, es decir, por las expectativas de movilidad social en el futuro, y estas en tales países, aligual que en Argelia o en Marruecos, son abiertamente desfavorables. La movilización se apoya sobre la esperanza de un cambio, del mismo modo que luego puede desvanecerse y dar paso a otras formas de protesta, incluso contra un eventual poder democrático fruto de la revuelta. De momento, las experiencias egipcia y tunecina tienen altas posibilidades de ser resueltas a corto plazo mediante relevos parciales en el interior de unas elites que ya ejercían el poder dentro de las respectivas sociedades. Sería el conocido balance gatopardiano de que todo cambia para que todo siga igual, y sin mejoras económicas mal podrá la democracia acallar la insatisfacción. Movilizaciones antidictatoriales no equivale necesariamente a movilizaciones democráticas.

Lo importante en todo caso es que en el curso del proceso de movilización tuvo lugar, en Siria y en Libia, como en Egipto y en Túnez, un aprendizaje de la libertad. Se ha dicho que entre los manifestantes de la plaza de Tahrir en El Cairo circulaban copias parciales en árabe del libro De la dictadura a la democracia, obra del politólogo gandhiano Gene Sharp, con sus recomendaciones puntuales sobre las tácticas a adoptar en el desarrollo de la lucha no violenta contra un dictador. Pero Sharp insiste en otro aspecto de no menor importancia, y que puede ser el más relevante de cara al futuro: al consolidarse la acción no-violenta, esta es en sí misma generadora de un proceso de liberación, al convencer a los participantes de la necesidad del mismo, incluso al precio de sufrir represiones y la muerte. Es lo que está sucediendo de modo trágicamente ejemplar en Siria, conjugando “la pérdida del miedo y el control de sí mismo”.

Los obstáculos en todo caso están ahí. Octavio Paz proponía una útil distinción entre la revuelta, movilización acéfala contra el poder, la rebelión, con dirección y adversario definidos, y revolución, cambio radical en las relaciones de poder. Los movimientos del mundo árabe son revueltas, también rebeliones en cuanto tienen objetivos definidos sobre la destrucción de un poder personal, pero no lo son al operar como revueltas acéfalas, y, por supuesto, por ahora son prolegómenos de revoluciones sin resultado previsible. Pensemos en las grandes dificultades con que tropezaron los alzados de la Cirenaica para crear algo parecido a un gobierno frente a Gadafi. Esta es una debilidad casi generalizada y anunciadora de fracasos.

Y está el obstáculo principal: la resistencia que puedan oponer las dictaduras de acuerdo con su naturaleza política. Allí donde existían organizaciones larvadas pero actuantes en la sociedad civil, casos de Egipto y Túnez, a pesar de la brutal represión de partida, las grietas del poder autoritario se abrieron. No sucedió lo mismo en los lugares donde las dictaduras constituían “neosultanismos”, regímenes con poder ilimitado en manos del dictador, dispuesto él (o su entorno heredado del padre, en el caso de Bashir al Assar) a ejercer una represión sin límites. Aquí la estrategia de Gene Sharp sirve hasta que tropieza con la barrera de una acción represiva susceptible de arrastrar al país a la guerra civil, como así ha sucedido en Libia. No menos sólidas se han mostrado la teocracia iraní frente al regreso de la revolución verde, buena advertencia para quienes insisten en la angelización sin más del islamismo, y el sultanismo estricto de Arabia Saudí al ejercer la represión en Bahréin. El impulso por la libertad no lleva necesariamente a su consecución, y menos si la voluntad de apoyo de Occidente tiene lugar con tanta inseguridad y en la noche lúgubre que ha vivido desde el punto de vista estratégico Barack Obama.

Por último, ¿revoluciones posislamistas? Sería más preciso hablar de revoluciones a-islamistas. La piedra de toque principal es hasta ahora y será en lo sucesivo Egipto, con unos Hermanos Musulmanes que supieron amoldar su participación a la revuelta, olvidar de momento que “el Corán es su Constitución” e ingresar en el círculo de poder con su tradicional habilidad. Las causas de las revueltas no eran religiosas; ello no significa que el islamismo se haya evaporado de la realidad política.

Por Antonio Elorza, catedrático de Ciencia Política.

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