Revueltas árabes en el 2011

El final del 2010 y el inicio del 2011 han presenciado drásticos cambios en varios países árabes de posibles implicaciones de calado en el plano regional e internacional. Como se informó oportunamente, las manifestaciones y los disturbios comenzaron en Túnez debido al paro, el alza de los precios de la alimentación, la corrupción, la falta de libertad de expresión y el bajo nivel de vida. Las protestas representaron la ola más espectacular de la agitación social y política registrada en Túnez durante tres décadas y acarrearon decenas de muertos y heridos. Estallaron a raíz de la autoinmolación de Mohamed Buazizi el 17 de diciembre y resultaron en la expulsión del presidente Zin el Abidin Ben Ali veintiocho días después, el 15 de enero del 2011, cuando renunció oficialmente al cargo tras huir a Arabia Saudí, finalizando así su mandato de veintitrés años en el poder. Las protestas propiciaron acciones similares en todo el mundo árabe, sobre todo en Egipto, el país más poblado de todo Oriente Medio, y en otros países como Argelia, Jordania y Yemen.

Algunos analistas han apodado “revolución del jazmín” a la revuelta tunecina y “revolución del loto” a la egipcia. Independientemente de las etiquetas, el derrocamiento del presidente y la amplia movilización de cientos de miles de personas corrientes de todo el mundo árabe no tienen precedentes. Es probable que tales revueltas ejerzan un impacto importante no sólo a escala nacional, sino también sobre todo Oriente Medio y sobre las relaciones a largo plazo con las potencias mundiales, en particular la Unión Europea y Estados Unidos. A principios del 2011, esas revueltas se consideran simplemente una realidad “en fase de desarrollo”. En otras palabras, el fuego sigue ardiendo. Exigirá algún tiempo alcanzar una comprensión profunda y cabal de las causas y las consecuencias de estas revueltas.

Sin embargo, reviste importancia aportar una valoración preliminar e indagar el posible rumbo de estas revueltas populares.

Amr Mussa, el secretario general de la Liga Árabe y ex ministro de Asuntos Exteriores de Egipto, inauguró una cumbre económica en Sharm el Sheij (mar Rojo) con una valoración aleccionadora, no sólo sobre las circunstancias tumultuosas en Túnez, sino en toda una región que se extiende de Marruecos al golfo Pérsico. Mussa hizo constar que “el alma árabe está rota debido a la pobreza, el paro y la recesión general”.

El estallido de protestas en todo Oriente Medio se alimenta de las frustraciones que abarcan desde la falta de libertad política a la brutalidad política. Pero tanto en los países devastados por la protesta como en los que se han mantenido pacíficos, existe un denominador común: los gobiernos han potenciado las universidades y la formación de una creciente generación joven sin sentar las bases para que accedan a un puesto de trabajo. A diferencia de Europa, EE. UU. y la mayoría del mundo, el paro en Oriente Medio y el norte de África tiende a aumentar con la formación recibida. Por ejemplo, según un estudio reciente publicado por el Banco Mundial y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo, los licenciados en Egipto representan el 42% de la fuerza de trabajo, pero son el 80% de los parados. Uno de cada siete licenciados universitarios de Egipto, Jordania y Túnez está en el paro, y la cualificación de muchos otros excede el nivel del puesto de trabajo que ocupan.

Las fuerzas gemelas de la formación y la tecnología se han entrelazado para crear una nueva dinámica. La formación ha potenciado sus expectativas ensanchando las perspectivas mundiales. La tecnología – televisión, internet, omnipresentes teléfonos móviles-no sólo ha dotado a los jóvenes con una clara percepción de cómo está cambiando el resto del mundo, sino que también les ha proporcionado los medios para crear un movimiento que ahora está remodelando sus países.

Para complicar aún más la situación socioeconómica, las tasas más elevadas de fertilidad se han registrado durante mucho más tiempo en Oriente Medio que en Asia Oriental o Latinoamérica, lo que se traduce en mucha más fuerza de trabajo que emplear. Mientras tanto, las economías no han crecido apenas lo suficientemente rápido como para absorber estos nuevos trabajadores. Egipto, por ejemplo, necesitaría 9.400.000 puestos de trabajo para emplear a los trabajadores existentes y a quienes entran en el mercado laboral, según calcula el Fondo Monetario Internacional. Ello situaría el crecimiento económico en casi un 10% al año, índice muy superior al promedio del 6% en los últimos años.

Durante décadas, la válvula de seguridad para los parados de la región – incluyendo a los licenciados de Jordania, Egipto, Palestina y otras áreas-consistió en emigrar, bien a los países ricos productores de petróleo, bien a Estados Unidos. Sin embargo, algunos países ricos de la región temieron en los años 1990 y 2000 convertirse en posibles países importadores de disturbios, de modo que sustituyeron los inmigrantes de Oriente Medio por trabajadores asiáticos. Al propio tiempo, la recesión mundial de finales de la década del 2000 motivó que los países occidentales fueran menos receptivos a los trabajadores extranjeros y representó el cierre de una válvula de escape de los potenciales inmigrantes de Oriente Medio.

En respuesta a estas revueltas, los ministros de Asuntos Exteriores de la Unión Europea instaron a las autoridades de Túnez y Egipto a buscar la manera pacífica y constructiva de avanzar sobre la base de un diálogo serio y abierto con todas las fuerzas políticas dispuestas a acatar las normas democráticas y respetar la sociedad civil. El presidente de la Comisión Europea, José Manuel Durão Barroso, declaró: “El diálogo es la única manera de que Túnez y Egipto incorporen cambios que aborden al mismo tiempo el desafío de la democracia y el reto de la estabilidad”.

En Washington, la Administración Obama ha adoptado una postura similar a la de la Unión Europea. Durante décadas, algunos líderes del Medio Oriente plantearon básicamente dos opciones a Estados Unidos: o sus regímenes autocráticos o el fundamentalismo islámico. Como dijo un destacado experto egipcio, “Mubarak logró embaucar a los líderes occidentales y a la clase media egipcia induciéndoles a creer que la única alternativa a su gobierno era un régimen islámico fanático al estilo iraní”. Las revueltas en Túnez y Egipto demuestran que hay otras opciones. En ambos países (y en otros países árabes), los jóvenes formados y en paro encabezan la iniciativa de la demanda de una reforma económica y política esencial.

Por último, las tres potencias no árabes de Oriente Medio (Irán, Turquía e Israel) han reaccionado a las revueltas de manera claramente distinta. El líder supremo iraní, el ayatolá Ali Jamenei, argumentó que las revueltas árabes han sido inspiradas por la revolución iraní y que está surgiendo un nuevo Oriente Medio islámico. Por distintas razones, los líderes turcos han dado apoyo a las revueltas, hecho que parece apuntar que los países árabes deberían librarse de dictadores y seguir el modelo turco (es decir, una forma de democracia islámica). Por otra parte, a los responsables israelíes les ha preocupado el impacto de estas revueltas árabes en el proceso de paz, en especial en los tratados de paz del Estado judío firmados con Egipto y Jordania. El ataque contra el oleoducto que transporta gas natural de Egipto a Israel (y Jordania) a principios de febrero del 2011 ha aumentado aún más preocupación de Israel. Un observador israelí ha resumido la actitud de su país: “Lo que a distancia se vislumbra como un nuevo amanecer puede asomar en la región como los haces de un rayo precursor de una tormenta”.

Por Gawdat Bahgat,  Centro de Estudios Estratégicossobre Oriente Medio y el Sudeste Asiático, National Defense University, Washington. Traducción: JoséMaría Puig de la Bellacasa.

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